FRANCISCO PAREDES/AGENCIA UNO

Se ha comenzado a instalar un debate en torno a las humanidades en Chile, que incluye diversos temas de interés. Desde luego, han aparecido aspectos relativos al financiamiento de los estudios de posgrado –si se debe privilegiar a las ingenierías o áreas útiles, por ejemplo– y sobre la situación de las disciplinas humanistas en las universidades. Como suele ocurrir, la discusión adopta por momentos cierto tono de reivindicación o contradicción, como si fuera necesario resolver un problema práctico a propósito de las humanidades, que tendrían algún valor, pero que lamentablemente también representan un costo importante. Con ello, volvemos al viejo deporte nacional de dar martillazos al lado del clavo.

Las humanidades tienen una larga tradición en Occidente, desde la paideia griega a la humanitas romana, a lo que se sumó la recepción y tradición del cristianismo. Ello se reflejó en los mejores momentos de la enseñanza, entendida como una manera de perfeccionar al ser humano y no meramente para adquirir ciertos conocimientos. En tiempo presente, podríamos decir que las humanidades adquieren relevancia porque para servir mejor en la sociedad es preciso contar con una sólida formación intelectual, tanto en la educación formal como fuera de ella; además es preciso una transmisión de la cultura humanista en la sociedad, para poner el foco en el ser humano y su desarrollo; todo esto debe tener una correlación en la preocupación real por los problemas sociales y el compromiso personal por contribuir a una sociedad más humana.

Las humanidades, cuyo centro de interés es la persona humana –sus ideas, su trayectoria, sus expresiones más relevantes–, pueden y deben ser parte del mejoramiento global de la sociedad. Su cultivo es una necesidad vital, de cabeza y corazón. Quien se dedica a ellas lo hace por una razón profunda. Seguramente debió responder en su juventud a una pregunta fundamental: ¿para qué vivir?, dejando en segundo o tercer lugar esa preocupación tan repetida como omnipresente, ¿de qué vivir? Lo resumió muy bien el historiador Lucien Febvre en una página memorable, de un discurso que conviene releer cada cierto tiempo: “Me gusta la historia. No sería historiador si no me gustara. Cuando el oficio que se ha elegido es un oficio intelectivo resulta abominable dividir la vida en dos partes, una dedicada al oficio que se desempeña sin amor y la otra reservada a la satisfacción de necesidades profundas. Me gusta la historia y por eso estoy contento al hablaros hoy de lo que me gusta”.

En cualquier caso, me parece que debemos dejar atrás la discusión ridícula sobre el mayor valor de algunas actividades prácticas o medibles sobre otras disciplinas difícilmente cuantificables, como son la literatura y la filosofía, o la historia y la teología, entre otras formas de conocimiento. Es evidente que la sociedad debe ser observada en toda su complejidad y sus problemas deben también enfrentarse desde perspectivas diversas y complementarias.

El problema de Chile hoy no es el pensamiento humanista, sino el materialismo ambiental, es el individualismo frente a los grandes problemas nacionales y la incapacidad de enfrentarlos con auténtica vocación de justicia y sentido de urgencia. Por cierto, también influyen otras circunstancias: la propia falta de convicción, la ausencia de figuras relevantes en el ámbito intelectual, la odiosidad que a veces prima en la discusión pública y la preeminencia de las disciplinas prácticas, que parecen abarcarlo todo, sin equilibrios posibles. Y a eso se añaden otras debilidades institucionales y asuntos prácticos que es necesario considerar. Dicho sea de paso, quienes tenemos una vocación humanista y nos hemos consagrado a la educación y la cultura no pasamos por alto algunos problemas o vicios que emergen por asimilar su desarrollo a las ciencias exactas o por una sobreideologización que tiene muchas expresiones en el mundo entero.

Desde luego, creo que las universidades enfrentan problemas graves en el presente, como el desnivel en el desarrollo de las disciplinas, la falta de creatividad y de pensamiento crítico, algún sectarismo contradictorio con el sentido mismo de las instituciones, la primacía de los papers en desmedro de la formación de jóvenes u otras formas de reflexión, la distancia con las personas que no son parte de la universidad y la lejanía con los sectores más pobres o desfavorecidos, en cuestiones como la transmisión de la cultura y la difusión del pensamiento humanista.

Felizmente, hay algunas señales positivas, algunas en las propias universidades y otras fuera de ellas. Hace unos días pude ver una notable entrevista de Roberto Careaga a Benjamín Labatut, de BTG Talks; semanalmente hay muchas interesantes conversaciones de Cristián Warnken con invitados del mundo de la cultura, la política y otras actividades; varios centros de estudios publican valiosas revistas con ensayos, entrevistas y comentarios de libros; hay diversos foros presenciales o virtuales sobre historia, literatura y otros temas. Sigue existiendo una interesante y permanente actividad relacionada con libros en Chile (en publicación, ferias y presentaciones, la recuperación de algunas figuras por parte de Tanto Monta y otras iniciativas positivas); han aparecido nuevas editoriales “independientes”, como se llaman; existen podcasts y otras tantas formas de comunicación de la cultura. Este lunes 24 de junio se inaugura la iniciativa País Humanista en la Universidad San Sebastián, sin duda una gran noticia en el tema que comentamos. Podemos seguir conservando la esperanza en estos ámbitos.

Quizá exageró Vicente Huidobro cuando afirmó en su “Balance Patriótico”, pero en buena medida dice la verdad:

“Al hablar de Italia decimos: la Italia del Dante, la Italia de Garibaldi, no la Italia de Castagneto, y es que el espirito cuenta y cuenta por sobre todas las cosas, pues sólo el espíritu eleva el nivel de una nación y de sus compatriotas.

Se dice la Francia de Voltaire, de Luis XIV, de Víctor Hugo, la Francia de Pasteur: nadie dice la Francia de Citroën, ni de monsieur Cheron. Nadie dice la España de Pinillos, sino la España de Cervantes. Y Napoleón solo vale más que toda la historia de la Córcega; como Cristóbal Colón vale más que toda la historia de Génova.

El mundo ignorará siempre el nombre de los pequeños politiquillos y comerciantes que vivieron en la época de los grandes hombres. Sólo aquellos que lograron representar el alma nacional llegaron hasta nosotros; de Grecia guardamos en nuestro corazón el nombre de Platón y de Pericles, pero no sabemos quiénes eran sus proveedores de ropa y alimentos”.

Y podríamos agregar a otros: Mistral y Neruda han dado gloria y conocimiento universal a Chile; este 2024 recordamos con emoción el Bicentenario de la Novena Sinfonía de Beethoven; pasa el tiempo y podemos seguir aprendiendo de la muerte de Sócrates o el pensamiento de Cicerón y San Agustín, así como de las parábolas de Jesús, la subcreación de Tolkien y otras tantas cosas “inútiles” que han dado forma a nuestras vidas y sentido a nuestra cultura. En Chile también tenemos una larga y valiosa tradición humanista, que ha tenido a figuras como Juan de Dios Vial Correa, Jorge Millas, Mario Góngora, Armando Roa, Juan de Dios Vial Larraín, la propia Gabriela Mistral, Juan Gómez Millas, Jaime Eyzaguirre y tantos otros que dignifican y dan luz a las humanidades, en sentido amplio.

Una sociedad no se levanta con justicia y libertad sobre la base de tener más ingeniería y menos humanidades, pero tampoco con su homónimo contrario: más Word y menos Excel, como dicen algunos. Eso parece una versión trasnochada de la lucha de clases o de hombres contra mujeres o de tantas otras luchas que se expresan actualmente ahí donde debe existir unidad y colaboración. Si enfrentamos así la situación, nos daremos cuenta que pueden y deben existir –y existen–  médicos, ingenieros y banqueros humanistas, gobernantes y legisladores humanistas, gerentes y obreros humanistas. Chile requiere un conocimiento y comprensión de su historia, un pensamiento más sólido y una verdadera pasión por la poesía; buscar a Dios significa amar al mundo; la música y el arte no son caprichos de millonarios o gustos de tiempo libre, sino manifestaciones de profunda humanidad que nos han de permitir vivir mejor.

De eso se trata a la larga: no de discusiones estériles, sino de un conjunto de factores que permitan vivir adecuadamente a los habitantes de esta tierra, en lo material y lo espiritual. Más humanidades le harían bien a Chile, pero sobre todo más humanismo: una profunda preocupación por la persona, por su calidad de vida, por la posibilidad real de que cada uno pueda vivir su vocación y desarrollar sus talentos.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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