En los últimos días se ha informado que la desinformación y los discursos de odio difundidos en las redes sociales han amplificado la polarización en Bolivia, agravando con mucho la grave crisis social en la que está sumido el vecino país. Cómo botón de ejemplo considérese la publicación de Evo Morales en X. Allí escribió que el Presidente Rodrigo Paz no es boliviano, aunque el mandatario posee doble nacionalidad en tanto es hijo ni más ni menos que del exmandatario Jaime Paz Zamora, exiliado en España, donde nació el actual gobernante, lo que no le impidió afirmar a Morales que “por ser extranjero seguramente odia a los bolivianos”.

Demasiadas veces se analizan las revueltas de la última década como si tuvieran lugar en el contexto de las tecnologías analógicas de la información propias del siglo 20, cuando las redes sociales y los corrosivos efectos de sus algoritmos eran inimaginables. Es así que se siguen entendiendo los estallidos sociales como el resultado de un malestar profundo acumulado en las entrañas de la sociedad, cuando en no pocos casos estas disfrutan de condiciones de vida y niveles de bienestar que las generaciones que las precedieron no gozaron ni por asomo. En los hechos, en esos análisis se asume que los usuarios de las redes sociales -la gran mayoría de los ciudadanos- serían inmunes a la desinformación y a las posverdades a los que son expuestos intensamente a través de ellas, y que, en consecuencia, sus comportamientos serían idénticos a los que se producían cuando esas plataformas digitales no existían.

Pero, obviamente, esto no puede ser así. La interrogante que cabe responder es entonces la siguiente: ¿Cuánto de ese malestar es más bien causado por la acción persistente de los algoritmos y no necesariamente por las circunstancias sociales o materiales que los analistas todavía esgrimen para explicarlo? Aunque por cierto alguna parte suele deberse a esas circunstancias -la desigualdad, la exclusión, los abusos, etc.- se puede dar por seguro que otra no menos relevante ha de ser causada artificialmente, digámoslo así, por la interacción digital convertida en el espacio donde actualmente ocurre la formación de ideas y de opinión sin contrapeso.

La pregunta incómoda que no podemos evitar entre nosotros es esta: ¿Cuánto del estallido social de 2019 pudo deberse a ese impulso artificial de las redes sociales, que amplificaron ad nauseam nociones como las del abuso y la desigualdad hasta convertirlas en realidades insoportables sin que, de hecho, lo fueren? Ese año el país no atravesaba por una situación económica especialmente crítica ni mucho menos. Durante 2019 todas las variables se desenvolvían en el rango de la normalidad. La desigualdad se estaba reduciendo, y la pobreza todavía más. En cambio, lo que se había venido gestando desde la década precedente fue la noción de una sociedad agudamente desigual –“la desigualdad más alta del mundo” se decía repetidamente-, amparada por una “constitución tramposa” que era, como no, la causa principal de nuestros males.

El rol que juegan desde hace un tiempo las redes sociales para amplificar percepciones y convertirlas a su vez en seudorealidades, se ha constituido en uno de los fenómenos más relevantes de la última década. Ninguna sociedad está inmune. Tampoco nosotros. Pero todavía preferimos analizar los procesos sociales con las metodologías del siglo 20 cuando un fenómeno de este nivel de masividad era del todo imprevisible.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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