Si bien la élite en Chile se ha polarizado sustancialmente en estos últimos años, la opinión pública —con la notable excepción de algunas vociferantes redes sociales— sigue siendo bastante más moderada y sensata. La gente quiere que los políticos defiendan posturas claras, digan lo que piensan y digan la verdad. Pero las personas, más que muchos políticos, entienden que el trabajo de un político es ponerse de acuerdo con otros políticos que piensan diferente. Las democracias no se mueren cuando los países se polarizan. Las democracias se mueren cuando los políticos de distintos colores se comportan como soldados en trincheras y son incapaces de construir acuerdos.

En años recientes, la polarización política en Chile ha producido dañinos roces e innecesarios traumas al país. El proceso constituyente se convirtió en el ejemplo de lo desastroso que resulta cuando un sector quiere pasar máquina para sepultar los intereses del otro sector. Los afanes fundacionales a menudo buscan que la mayoría temporal imponga su voluntad sobre potenciales mayorías futuras que piensen distinto. Esa es la lógica de dejar todo amarrado y bien amarrado.

Las dos instancias del proceso constituyente, la Convención Constitucional en la que tuvo una amplia mayoría la izquierda y el Consejo Constitucional donde la derecha tuvo poder absoluto, reflejaron ejemplos perfectos y dolorosos de lo dañino que es cuando un sector político quiere redactar una Constitución partisana en vez de escribir un texto que siente las bases para una democracia flexible que de garantías a todos.

Hoy, cuando las dolorosas memorias del proceso constituyente comienzan a quedar atrás, algunos vuelven a enarbolar la bandera del avanzar sin transar. Alegando que una mayoría votó por el gobierno, algunos radicales de derecha creen que la política consiste en pasar máquina y no tomar en cuenta a los que ahora, temporalmente, constituyen una minoría. Sin entender que esa actitud matonesca sienta un precedente para que los otros actúen de la misma forma agresiva cuando a ellos les toque estar en la mayoría, los que quieren aprovechar su posición de poder temporal terminan debilitando uno de los principios rectores de la democracia, la inclusión de los intereses de las minorías.

En la derecha, aquellos que se oponen a dialogar y construir grandes acuerdos a menudo acusan a la derecha más dialogante como la ‘derechita cobarde’. La razón de fondo está en que esa derecha moderada se sumó, con un incomprensible entusiasmo, al proceso constituyente a fines de 2019.  Pero el problema de la derecha moderada no fue demostrar su voluntad de diálogo para salir de la crisis política del estallido social. El error de la derecha moderada estuvo en haber ignorado flagrantemente las lecciones de la historia de América Latina que nos ha enseñado una y otra vez que los procesos constitucionales fundacionales no llevan a ninguna parte. Siempre es mejor reformar que refundar, especialmente cuando el país no está pasando por una crisis política o económica profunda.

El error de la derecha moderada en Chile en 2019 no fue expresar su voluntad de dialogar y negociar con la oposición. El error fue creer que el camino de la refundación constitucional de Chile era un buen camino. Toda la evidencia mostraba que ese camino sólo nos podía llevar al abismo. Afortunadamente, los chilenos reaccionaron a tiempo antes de dar el salto al vació y votaron por rechazar la propuesta constitucional en septiembre de 2022.

Pero la derecha moderada estaba en lo correcto cuando expresó su voluntad de diálogo durante el estallido social. Nunca es cobarde el que se sienta a dialogar con los adversarios. Son cobardes aquellos que renuncian u olvidan sus valores y principios, apurándose a lograr un acuerdo que, según toda la evidencia disponible, pondrá al país en un mal camino.

Algunos en la derecha republicana —la derechita presumiblemente no cobarde— creen que la voluntad de diálogo es una debilidad. Ellos, al igual que los más radicales en el gobierno de la UP, creen que hay que avanzar sin transar. Afortunadamente el resto del país entiende que se llega más lejos, y sin retrocesos, cuando las reformas tienen bases de apoyo más amplias y permanentes en el tiempo. Aunque la tentación de usar las mayorías temporales para bloquear a mayorías futuras siempre entusiasma a aquellos que sólo piensan en el corto plazo, las democracias más exitosas son las que se construyen sobre acuerdos más amplios y duraderos.

En democracia, siempre resulta más aconsejable ir avanzado con reformas graduales y flexibles que permitan a las distintas mayorías que se forjan en momentos electorales empujar un poco la carrera en su dirección preferida y no anclar el país a un punto que resulte en una camisa de fuerza para futuras mayorías. Si la ‘derechita cobarde’ es la que quiere negociar y la ‘derecha valiente’ es la que quiere avanzar sin transar, entonces es de esperar que el país avance por el camino del diálogo de la derecha moderada y no del enfrentamiento inútil y autodestructivo de los que no entienden que la política y la democracia se construyen sobre el diálogo y la construcción de acuerdos estables y duraderos.

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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1 Comment

  1. Muy de acuerdo con lo planteado. Sin embargo, me permito discrepar en un punto. El mote de «derechita cobarde (y corrupta)» se la ganaron por los acuerdos a los que se dejaban arrastrar por la izquierda. Hay que tener a la vista que al estado actual del país no se llegó de un momento a otro, se llegó por la complicidad de la derecha parlamentaria que durante decadas fue otorgando espacios a la izquierda olvidando los principios básicos con los que se suele identificar a las ideas de la derecha política.

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