La explosión de la inteligencia artificial ha reavivado la discusión sobre el futuro del trabajo, del conocimiento y, con ellos, de las universidades. Las asombrosas posibilidades que abre levantan la cuestión del papel de la institución universitaria en el futuro: ¿cómo habrá de adaptarse y cuál será su aporte específico en las próximas décadas? La pregunta es de la mayor importancia, pero los supuestos desde los que se responde con frecuencia conducen a una universidad mimética, incapaz de auténtica novedad. La universidad contemporánea que quiere estar al día y evitar quedarse abajo de la transformación tecnológica puede, paradójicamente, dinamitar las condiciones para la creatividad más genuina. Puede parecer contraintuitivo, pero mucho depende de la disyuntiva que enfrenta entre la confianza en sí misma y la imitación ansiosa del entorno. Y la irrupción de la IA puede ser el momento oportuno para enfrentar con acierto esa cuestión.
En efecto, la presión que introduce la IA puede resultar saludable y forzar una reflexión sobre la institución universitaria que nos hubiera venido bien hace ya un par de décadas y contribuir a perfilar la universidad renovada que reclaman los nuevos tiempos. Aunque sea tarde, hay una pregunta que vale la pena formular con claridad al interior de las universidades y en la plaza pública, de cara a la función social de esta institución centenaria y su vitalidad en el largo plazo: ¿qué es exactamente eso que en la universidad estamos haciendo juntos? La visión productivista que ha tendido a dominar el panorama internacional y chileno en los últimos años -la idea de que la institución universitaria se orienta fundamentalmente a “producir” profesionales y conocimiento envasado, de acuerdo a estándares externos- ha bloqueado sistemáticamente la pregunta, respondiéndola de antemano desde los criterios de eficiencia propios de la racionalidad técnica. Pero, ¿no nos obliga la IA a cuestionar precisamente ese paradigma? ¿No necesitamos pensar más a fondo en lo específicamente humano que se cultiva en las universidades, como ha invitado a hacer León XIV en Magnifica Humanitas, eso que puede ser potenciado por el desarrollo técnico pero no sustituido por él? ¿No requiere el mismo desafío que plantea la IA a la academia un criterio diverso, no tecnológico, que permita integrarla de modo virtuoso en nuestra práctica?
La IA nos está llevando a confrontarnos con lo auténticamente humano -un “dentro” del que carece la máquina, una capacidad de apertura y transformación personal-, cuyo cultivo no hay que dar en absoluto por descontado en nuestras instituciones. Es desde ahí de donde puede provenir toda novedad, toda aportación inédita. Estudiar, enseñar y aprender en un sentido auténtico requieren de un contexto específico, de ciertas prioridades, relaciones e incentivos que escasamente son compatibles con la visión industrial y productivista del mundo universitario. Lo anterior no implica desconocer la necesidad de atender a ciertos rankings y mediciones, pero sin alterar el orden de los fines y los medios. Si el núcleo de la universidad está en una forma de cultivo del conocimiento mediante un diálogo con otros que es capaz de transformar a las personas que lo practican y potenciar sus talentos hacia formas de creatividad inexploradas, enfocarse fundamentalmente en responder a los criterios del sistema sólo puede frenar el dinamismo propio de la institución universitaria y restringir las condiciones para su aportación propia.
La universidad que incida en el futuro no será la universidad mimética, la que se conciba a sí misma desde la comparación extrínseca con otros, sino la que tenga confianza en sí misma, la que tome conciencia fuerte de su contribución específica frente a la racionalidad técnica y al potencial del algoritmo, aquella que los integre reflexivamente desde su identidad. Será la que se enfoque no tanto en innovar de cara al mercado o los rankings, sino que se oriente decididamente a crear un espacio para un cultivo lento en que es posible la transformación honda de quienes la conforman.
La universidad que imita al entorno, la que en el fondo imita a la máquina y sus operaciones mecánicas de cara a un resultado, se doblega a una lógica ajena y destruye las condiciones para la chispa creativa del espíritu humano y para hacer surgir lo nuevo en su nivel más radical.
Hay pocas tareas más relevantes en las universidades que la reflexión activa sobre cómo favorecer en la práctica ese cultivo, de cara a la sociedad a la que sirven. El reto de la IA está mostrando con más nitidez la necesidad de dejar atrás la universidad mimética, que es infinitamente más conformista y estática que la del espíritu. La verdadera ambición de la universidad parece estar no en la imitación ansiosa del sistema, sino en una vitalidad creativa que la constituya en un auténtico pulmón social.
