El comienzo de este mes ha traído de inmediato numerosos recuerdos sobre el 18 de octubre de 2019, que mayoritariamente fue denominado estallido social, aunque también se han utilizado otras expresiones para describirlo: rebelión o revuelta popular, golpe y revolución son algunas de ellas.
No obstante, y sin perjuicio de lo importante que es tener una denominación adecuada para la mayor crisis de la democracia chilena desde 1990, resulta crucial tratar de entender lo que ocurrió en esas semanas de esperanzas y terror, sus consecuencias para la sociedad y la proyección de esos sucesos.
Asimismo, es necesario conocer las percepciones de la población sobre la revolución de octubre -que es el concepto que me parece más adecuado, como lo manifesté en mi primer artículo sobre el tema, publicado en El Libero el 26 de octubre de 2019– y su evolución a través del tiempo. Después de todo, ha corrido mucha agua bajo el puente y si entonces se dijo que Chile cambió, lo mismo se puede decir ahora de la gente y su visión sobre los acontecimientos.
En este sentido, resulta interesante revisar la última Encuesta CEP 92, de agosto-septiembre de 2024. Ante la consulta sobre las manifestaciones de 2019, el 23% dice que las apoyaron (la cifra era 55% en diciembre de 2019), en tanto el 34% dice que las rechazó (cuando solo el 11% dijo lo mismo un par de meses después de los sucesos). Otra pregunta fue la siguiente: “Considerando todo lo bueno y todo lo malo, ¿usted diría que el estallido social era muy bueno, bueno, regular, malo o muy malo para el país?”. La respuesta también es indicativa: el 17% contestó bueno o muy bueno, el 30% señaló que era regular y el 50% afirmó que malo o muy malo.
Finalmente, estuvo la consulta “En relación con el estallido social, en sus palabras, ¿cuáles cree usted que son las dos principales lecciones para Chile?”. Las respuestas son elocuentes: “Efectos negativos por la violencia” obtuvo 20%, “Poder de movilización”, el 13%; “No hay lecciones” llega al 10%; “Permanencia de la desigualdad”, un 9%, y luego hubo otras respuestas en una pregunta abierta.
¿Por qué ha cambiado tanto la percepción ciudadana? Es evidente que en octubre y noviembre de 2019 hubo gran apoyo a las movilizaciones, lo mismo se pudo percibir en el plebiscito de entrada, cuando el 78% de los votantes se manifestó a favor de una nueva Constitución. Sin embargo, la apreciación actual es diferente, por lo cual es necesario ensayar algunas respuestas que permitan explicar esta evolución. Por lo demás, resulta claro que el desencanto lleva al menos un par de años, es decir, coincide con la llegada a La Moneda del Frente Amplio, el Partido Comunista y el llamado socialismo democrático.
Un primer factor son los resultados económicos y sociales del estallido que, en general, terminaron por deteriorar la calidad de vida de los chilenos y afectarán considerablemente las posibilidades futuras de progreso. En esto la violencia y la destrucción de ciertos sectores del centro de Santiago -y en algunas regiones, por cierto- jugaron un papel decisivo.
En segundo término, está el paso del tiempo y el cambio de perspectivas. Si la revolución de octubre tuvo épica y emociones además de destrucción es porque representaba un futuro mejor, un horizonte esperado, una especie de utopía llena de posibilidades, derechos y dignidad. El paso de los meses demostró que Chile seguía siendo el mismo, que no hay desarrollo fácil y sin trabajo arduo, así como que es posible perder lo ganado con tanto sacrificio.
Un tercer aspecto es la obsesión constituyente que acompañó al proceso, dejando muy atrás las preocupaciones sociales iniciales del estallido de octubre. La decepción generada por los procesos, las derrotas de las propuestas de la Convención y el Consejo, en la práctica, hicieron cambiar las perspectivas de la población. Existe la sensación de años perdidos y preocupación meramente política y no social sobre la situación nacional.
El cuarto tema es, sin duda, el gobierno de Gabriel Boric. “Boric lo va a cambiar todo”, dijo una ilusionada partidaria de la nueva administración en 2022. El problema es que en la hora fría de la revolución las promesas se desvanecen frente a la dura realidad: recoger la basura, procurar que la economía funcione, derrotar la delincuencia y mejorar índices sociales son imperativos en los cuales las promesas vacías pierden sentido. En muchos de esos temas el retroceso es lamentable, con consecuencias desastrosas en muchos ámbitos. El apoyo inicial al gobierno era considerablemente mayor que el que ha seguido teniendo durante la mayor parte de la administración.
Finalmente, no podemos dejar de mencionar la importancia de la perspectiva del tiempo, que modifica parcialmente las percepciones e incluso los pensamientos de las personas. En la primera pregunta eso se percibe claramente: la misma consulta recibe respuestas diferentes, sea por recuerdos borrosos o posturas acomodaticias.
Este octubre de 2024 tendremos muchos debates, foros y programas sobre los sucesos que cambiaron el curso de la historia reciente de Chile. Aparecerán documentales, libros y artículos intentando explicar qué ocurrió y sus consecuencias. Si bien no hay que vivir pegados en el pasado, es preciso tener una visión inteligente y compleja sobre la revolución de octubre de 2019, porque es un hito crucial de nuestra historia, que de alguna manera sigue vivo -es el llamado octubrismo-, considerando además que muchos de los problemas de entonces no sólo están vigentes, sino que se han agravado. Estas son razones más que suficientes para enfatizar la preocupación por el presente y asumir con determinación los desafíos del futuro.

Pienso que la denominación “Revolución de Octubre” dada por Alejandro San Francisco es la más adecuada para describir los luctuosos sucesos de octubre de 2019. No es razonable llamar “estallido social” a la quema de innumerables estaciones del Metro simultáneamente —lo que en cualquier país del mundo desarrollado se llama «terrorismo»— o a una asonada revolucionaria cuyo objetivo era derrocar a un gobernante democráticamente elegido.
Los “manifestantes” de la “primera línea” estuvieron a punto de asaltar el Palacio de La Moneda, riesgo inminente del que fue salvado por la abnegada labor de nuestra benemérita institución Carabineros de Chile.
Lamentablemente, en lugar de ser felicitados por tal cometido, quienes debieron ordenar el uso de la violencia física legítima del Estado y quienes la materializaron —en cumplimiento de su misión constitucional de “dar eficacia al derecho, garantizar el orden público y la seguridad pública interior”— están siendo sometidos a una infame persecución política en sede judicial.
En virtud de tal persecución héroes tales como el comandante Claudio Crespo o el capitán Patricio Maturana han sido sometidos a procesos judiciales tras habérseles imputado delitos manifiestamente infundados. El capitán Maturana fue condenado injustamente a 12 años y 183 días de presidio efectivo por sentencias judiciales absolutamente absurdas y aberrantes, sin haber tenido culpa alguna en el delito imposible que le fue imputado: “haberle disparado una bomba lacrimógena en el rostro” a una persona que participaba en una “manifestación”. Tales sentencias (de primera y segunda instancia, y de casación) obedecen a alucinaciones de mentes retorcidas o afiebradas, y a delirios de odio que constituyen un verdadero elogio o monumento a la estupidez humana.
En cuanto a las consecuencias de la “Revolución de Octubre”, cabría comentar que ella dio origen a la malhadada e ilegítima Convención Constitucional —que adolecía de una nulidad de origen porque fue fruto de la violencia, como lo reconoció el convencional constituyente Fernando Atria: “es innegable que la revuelta de octubre fue el inicio del proceso constituyente”— cuya disparatada propuesta de nueva Constitución, en caso de haber sido aprobada, habría destruido a la nación chilena.
A mi juicio, una de las causas que contribuyó en mayor medida a la “Revolución de Octubre” fue el segundo mandato de la presidente comunista Michelle Bachelet, cuya ley tributaria y sus pésimas medidas económicas desincentivaron la inversión y el crecimiento al que los chilenos nos habíamos acostumbrado.
Adolfo Paúl Latorre
Abogado
Magíster en ciencia política