En 1969 apareció el libro La izquierda en punto muerto. Era un análisis de situación del líder socialista Raúl Ampuero, en momentos en que proliferaban los libros, análisis, revistas, discursos, congresos y un variado registro de publicaciones, en los cuales la izquierda, a través de sus principales dirigentes e intelectuales, procuraba interpretar el presente y preparar el futuro. La misma idea ha vuelto a aparecer en estos últimos meses, como ilustran diversos análisis y comentarios, que no hacen sino constatar una realidad que, en los últimos comicios presidenciales y parlamentarios, se tradujo en una derrota lapidaria para la izquierda, tanto a nivel presidencial como parlamentario.
Me parece que hoy la izquierda está efectivamente “en punto muerto”, como se decía entonces, con escasa capacidad de avance, casi anonadada, tras una década en la que pasó desde una gran actividad y con triunfos históricos, a la situación exactamente inversa, considerando sus derrotas políticas e incluso el alejamiento de los sectores populares y las preocupaciones de la ciudadanía.
Desde el año 2010 en adelante, la izquierda –en sus diferentes expresiones– vivió una época triunfal, durante la cual desarrolló un proyecto político exitoso (el Frente Amplio), el Partido Comunista experimentó un crecimiento impresionante en diferentes ámbitos, llegó dos veces al gobierno (con Michelle Bachelet y con Gabriel Boric), impuso en la agenda el tema del cambio de Constitución, impulsó reformas estructurales a la educación, al sistema electoral y al régimen tributario, e incorporó a numerosos jóvenes a la actividad parlamentaria y dentro del Poder Ejecutivo, además de mostrar cierta vitalidad intelectual y presencia nacional.
Hoy todo es distinto. En la elección presidencial de 2025, la izquierda tuvo un fracaso histórico: su candidata perdió frente al líder del Partido Republicano, José Antonio Kast, quien obtuvo la mayor votación en la historia nacional, con más de siete millones de sufragios. Jeannette Jara, por su parte, llegó al 42%, el porcentaje más bajo de la izquierda/centroizquierda en una segunda vuelta, pero también inferior al obtenido por la Unidad Popular en las parlamentarias de 1973 y al logrado por el general Pinochet en el plebiscito de 1988. En las elecciones de diputados, los partidos de gobierno –agrupados en el pacto Unidad por Chile– obtuvieron 61 diputados, también el peor resultado desde el regreso a la democracia: por ejemplo, el Partido Comunista bajó de 12 a 11 su representación; el Frente Amplio bajó de a 17 miembros en la Cámara Baja (antes los diferentes partidos del conglomerado sumaban 23); el Partido Socialista disminuyó de 13 a 11, lo que resulta ilustrativo de los cambios después de 4 años en el gobierno.
A ello se suma otro factor relevante, cualitativo más que referido a los números: me refiero a la decadencia del Partido Socialista, y del “Socialismo Democrático” en general, que se manifiesta en la ausencia de liderazgos, la indefinición o pobreza ideológica –incomparable con los años iniciales del latinoamericanismo, del marxismo leninismo de los años 60 o de la renovación socialista en la década de 1980–, la pérdida de influencia en las organizaciones sociales y una evidente decadencia en la representación política.
La izquierda tiene desafíos importantes para los próximos años. Algunos resultan complejos, e incluso contraintuitivos. El primero de todos es reinventarse como oposición, considerando las experiencias de 2011 y, sobre todo, de 2019. La revolución de octubre, la violencia aceptada, justificada o aprovechada, la petición de renuncia o las acusaciones constitucionales contra el Presidente de la República fueron experiencias marcadoras. Lo mismo se puede decir del proceso constituyente y su proyecto de refundación. Hoy desde la oposición se requiere, por una parte, estar disponibles para aprobar proyectos de ley del gobierno, que sean relevantes para la ciudadanía, cerrando el paso a cualquier noción de “negar la sal y el agua”, siempre vigente en los grupos más extremos. Obviamente no es fácil definir qué y cuándo, pero se puede apreciar de forma muy clara cuando el obstruccionismo es la regla y existe una oposición intransigente.
El segundo gran desafío de la izquierda es ideológico y emana de las confusiones y contradicciones del último cuarto de siglo. Estamos muy lejos del gobierno del Presidente Ricardo Lagos, el primer socialista en volver a La Moneda después de Salvador Allende. Lagos, en algún momento, afirmó que no había sido marxista y que adscribía a la Tercera Vía, como otros gobernantes contemporáneos: Tony Blair, Gerhard Schroeder, Bill Clinton y Fernando Henrique Cardoso. Si bien la presidenta Michelle Bachelet era distinta, en su primer gobierno actuó en el marco de la Concertación. El gran cambio se produjo en su segunda administración, cuando se incorporó el Partido Comunista a la Nueva Mayoría y la propia Bachelet mostró una orientación diferente. En la última década se ha observado la notoria primacía del Frente Amplio y del Partido Comunista sobre la centroizquierda de la transición y de la democracia desde 1990. ¿Cuál es la visión de Estado, de la sociedad, o del orden político y económico de la izquierda en la actualidad? La última gran propuesta integral al respecto estuvo en el programa de gobierno de Gabriel Boric y luego en el proyecto constituyente de la Convención. Tras ello ha existido cierta evolución y alguna ambigüedad: en la campaña de Jeannette Jara ella y su candidatura se autodefinían como socialdemócrata, progresista y de centroizquierda, lo que representa un cambio significativo, de consecuencias aún inciertas. Si eso fuera verdad, podría interpretarse como una transformación profunda de la izquierda política, aunque lo anterior podría haber sido solo estrategia de campaña.
Finalmente, la izquierda tiene que resolver un problema de hegemonía interna, o al menos de liderazgo y de competencia política, de manera de definir si la centroizquierda seguirá subordinada al frenteamplismo y al Partido Comunista o logrará levantar una fórmula en que su influencia e ideas tengan más relevancia, como ocurrió durante la transición y en los primeros veinte años de la democracia en Chile. Eso no puede resolverse por decreto: probablemente será necesario cuidar los proyectos partidistas propios, las alianzas inmediatas (PS-PPD y PC-Frente Amplio), así como una eventual coalición más amplia, que los incluya a todos y a algunos más. No es necesario hablar todavía de candidaturas, pues cada tiempo tiene su afán. La clave estará dada por el estilo, las propuestas, la capacidad de llegar a acuerdos o de no hacerlo, pero con buenos argumentos y no por mero oposicionismo o intransigencia. Quizá será clave dejar de lado (aunque sea parcialmente) la agenda woke, para concentrarse en grandes temas de interés nacional.
Chile necesita un buen gobierno y también requiere una buena oposición. Para ello es preciso huir de la tentación mediática, de la cuña fácil o del ataque político pequeño. La lucha por el poder no puede estar exenta de ideales, amistad cívica o una visión de largo plazo. La izquierda, podríamos decir, hoy está en punto muerto: un desafío central radica en salir de ahí con sabiduría, talento, capacidad política y en sintonía con las demandas del tiempo histórico.

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