El mundo está cambiando y no hay dudas de eso. El connotado historiador británico, Niall Ferguson, ha hablado de la “Segunda Guerra Fría” entre Estados Unidos y China, impulsada por la confrontación tecnológica, económica y geopolítica. A diferencia de la “primera” Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la que la visión ideológica hacía que cada actor intentase anular al otro, en este nuevo proceso, la interdependencia mutua complejiza y acelera los procesos. Taiwán es uno de los puntos críticos, ya que marcaría el fin de la “Chimérica” integración económica entre ambos.
Sin duda, estamos viviendo un cambio geopolítico de envergadura. El mundo post Segunda Guerra Mundial quedó obsoleto. Las piezas geopolíticas están abandonando la lógica hasta ahora imperante de multilateralismo y cooperación internacional. La era de “los organismos supranacionales”, que fueron tan importantes y exitosos en la segunda mitad del siglo XX, ya no tiene el mismo peso. Si hoy se habla de una “Segunda Guerra Fría” es porque hubo una primera. Nadie puede negar que en esa “Primera” Guerra Fría la lógica bipolar implicaba una simplificación en las relaciones internacionales. Había dos bandos que jugaban un “juego de suma cero”; lo que ganaba uno, lo perdía el otro. La organización de las Naciones Unidas, la OTAN, el Banco Mundial y tantas otras instancias internacionales ayudaron a reestablecer el mundo tras la hecatombe de la guerra y fueron esenciales. Hoy, la lógica no es la misma. Tras el fin de la Unión Soviética, la llamada “caída de los Socialismos Reales” algunos hablaron del “fin de la historia”. Pero, la historia continuó, siempre lo hace. Otros, hablaron de “Choque de Civilizaciones”, que, sin duda, es parte de lo que sí estamos viendo hoy. El mundo multipolar se hizo complejo y obligó a volver a la “Realpolitik” del siglo XIX y en esa lógica, las entidades internacionales pierden valor y parecieran pesar poco o nada. La mirada decimonónica tenía un enfoque político basado en el pragmatismo y el interés nacional, priorizando la realidad, el poder y la seguridad por sobre las ideologías, la moral o la ética. La idea es maximizar la influencia de un Estado en un mundo competitivo. Otto von Bismarck, el canciller prusiano, fue el ejemplo de esta visión. Se centraba en lo posible en lugar de lo ideal o lo moral. La política exterior vista así, se define por la búsqueda de la seguridad y el poder.
De hecho, es el pragmatismo el que fue develando que los organismos internacionales habían perdido su fuerza y vigor, ya que no han podido evitar, ni terminar con las guerras. Eso ya se venía viendo desde hace un tiempo, pero fue la guerra entre Rusia y Ucrania lo dejó completamente en evidencia. En un momento de cambios geopolíticos, que desde el llamado “mundo multipolar”, se pasó a la supuesta pugna entre Estados Unidos, Rusia y China por la primacía mundial. Al poco andar se vio que Rusia no tenía el mismo peso y que su presencia en las ligas mayores respondía a la astucia de Putin. No había una triada, sino una situación bipolar, otra vez. Por eso algunos hablan de “la segunda Guerra fría”. La pugna es hoy entre Estados Unidos y China. Pelean por quien será quien establezca “las reglas del juego” en el mundo del futuro. Esa pugna explica todas las acciones de Estados Unidos hoy. Su gran problema es China y quiere impedir, a toda costa, perder la hegemonía mundial. Aún los chinos invierten en dólares en bonos del tesoro americano y Estados Unidos quiere que siga siendo así. Para eso, y por eso, intervino en Venezuela para, además de terminar con un gobierno tiránico, quitarle la posibilidad de acceso a petróleo más barato a China y Rusia y de paso, evitar que Cuba siga “vegetando”. Es por eso que, la intervención en Irán crecía en sentido geopolítico. No sólo era un gobierno teocrático excluyente de todos y dispuesto a excluir y eliminar a sus enemigos, sino que, además, tenía la posibilidad de lograr armas atómicas, lo que lo hacía un real peligro para todos en el mundo. Era y es el financista de todos los grupos terroristas y desestabilizadores de gobiernos que, además, había decretado como fin eliminar a Israel y su gran socio Estados Unidos. Todo esto ya era suficiente para intervenir, pero era también, el proveedor de hidrocarburos y fuentes energéticas más baratas para China y Rusia.
La idea de Estados Unidos de querer adquirir, comprar Groenlandia viene desde el siglo XIX, de hecho, en 1967 compraron a los rusos Alaska y querían comprar a Dinamarca la isla. Hoy Donald Trump lo reflota por la presencia rusa en el Ártico y porque Xi Jinping ha definido a China como “una nación pre ártica”. Eso implica que hay intereses chinos en lo que podríamos definir como área de influencia americana. Eso explica que Donald Trump re incluya a Putin al escenario internacional, después de haber estado vedado por tanto tiempo. Lo quiere cerca para frenar al gigante asiático.
La nueva lógica implica negociaciones bilaterales cerradas y no más negociaciones multinacionales. Las piezas se están moviendo y los acuerdos serán entre pares, sin la “comunidad internacional”. La gran pregunta es qué hará Europa, ya que parece y se ve como un actor irrelevante. Nos tocó presenciar un cambio de era y aún hay mucho por ver.

Debe ser 1867. Que agrado leer sus comentarios certeros y coherentes. Me motivan a seguir integrando esta red.