Berlín
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Una regularidad curiosa de los países comunistas es la ausencia de la figura de Primera Dama. Prácticamente todas las cónyuges de los grandes líderes permanecieron a lo largo de su vida en un anonimato casi total. No sólo para los medios de comunicación de los países occidentales. También para los propios habitantes de sus países, quienes desconocían los aspectos íntimos y más familiares de sus herméticos dirigentes. 

Por eso, rara vez fueron vistas en público las esposas de Stalin, Jrushov, Brezhnev, Chernienko, Jaruzelski, Ulbricht, Zizkov, Husák, Kadar y así la larguísima lista de jerarcas. Incluso, en un plano más cercano, las innumerables parejas de Fidel Castro, y madres de su cuantiosa prole, ocuparon discretísimos segundos planos. Sólo el infaltable comidillo humano entregaba pizcas de aliño de cuando en cuando.

Las grandes excepciones fueron dos, Elena, la esposa del dictador rumano, Nicolae Ceauscescu, y Margot Feist, la esposa de Erich Honecker, aunque por motivos muy diferentes. La mujer de Ceaucescu fue ungida de cuanto título se le pasara por la cabeza a los aduladores y logógrafos de un régimen megalomaníaco en extremo. Los influencers rumanos de aquellos años crearon un bizarro culto a la personalidad, en especial hacia ella; “primera científica del país”, “doctora honoris causa” en cuanta disciplina se pudiese imaginar, etc. Margot, en cambio, tuvo una vida algo más recatada, dedicándose desde su adolescencia a la política. Fue esa cualidad, la que la unió para siempre a Chile.

Hace exactamente 30 años, en el mes de enero, tomó la calculada decisión de ingresar a nuestra embajada en Moscú, buscando protección. Su país, la RDA, se estaba desintegrando, su ideología era defenestrada y su gran centro geopolítico, la URSS, se había adentrado en un final wagneriano, provocando un cocktail de estruendos que en su mente deben haber resonado como El Ocaso de los Dioses.

Asumiendo su circunstancia con enorme gran sangre fría, convenció a su marido, Erich, que la única solución viable para sobrevivir era acudir a sus viejas amistades chilenas. Este mostraba signos cada vez más agudos de Alzheimer -algo visible desde las festividades de 40 años de la RDA en octubre de 1989- y poco entendía sobre lo que ocurría en el mundo. Miraba perplejo. El cáncer le empezaba a carcomer la existencia de manera acelerada, y no tuvo más que seguir los pasos de la siempre intrépida Margot. 

A los Honecker se les apoyó con intensidad desde Santiago durante su largo peregrinar. Una recepción con cauta alegría le brindaron sus antiguos conocidos en Pudahuel y se radicaron en una apacible calle de la comuna de La Reina. Desde entonces, ella pasó indefectiblemente a ser parte del paisaje político de nuestro país. 

Acá vivió contenta, alejada de los tumultuosos cambios en Europa que le parecían propios del infierno. Con tenacidad soportó las dificultades de crianza de un nieto chileno algo descarriado y mantuvo control sobre las cenizas de su marido, fallecido al poco tiempo de arribar a Santiago. Aquí, reverdeció sus ideas políticas totalitarias al calor de un libro de memorias editado junto a Luis Corvalán, secretario general del PC. En ese texto, La Otra Alemania, y sin ruborizarse, critica el desagradecimiento de los habitantes de la RDA, quienes, a su juicio, no comprendían que el comunismo era un edén sobre el planeta. En una entrevista a un canal alemán fue aún más brusca y sostuvo que, “quienes huían de la RDA pagaron con su vida por hacer tonterías”.

Sin embargo, el airecillo a doble estándar a lo largo de su existencia se percibió con fuerza en estas tierras. Mientras criticaba severamente la reunificación, aceptó la jubilación mensual otorgada por el Estado federal unificado a ella y a su marido. Más curioso aún fue la mantención de sus críticas al capitalismo, de forma paralela a elegir su modelo más extremo -el neoliberalismo chileno- para disfrutar el final de su vida. Por petición propia, hoy descansa en el cementerio privado más grande de Santiago.

Aún más enigmática fue su negativa a irse a Corea del Norte o a Cuba. El régimen de Pyongyang incluso envió un avión a Moscú para recogerlos. Pero no. Margot, con sus cálculos infinitos, prefirió rechazar ambas invitaciones y mantenerse alejada de paraísos comunistas sin apego a su tradición cultural. Eso es muy significativo. Es un buen indicio que, por lo general, la fuerza de la idiosincrasia supera a cualquier otra consideración.

Tras 30 años de su llegada a Chile, vale la pena reflexionar sobre ciertos aspectos de las vicisitudes del matrimonio Honecker después de la caída del comunismo. Estas hacen recordar una película que marcó culturalmente a la RDA, La Leyenda de Paul y Paula (1974), la primera en tocar aspectos existenciales jamás abordados por las autoridades de aquellos regímenes. ¿Pueden existir espacios para la felicidad personal, de pareja, o familiar, en un régimen totalitario?. Por extensión, ¿habrán tenido los Honecker momentos de cierta felicidad tras dejar el poder?

Son dudas analizadas varias veces y con precisión por el pastor evangélico Uwe Holmer, quien accedió a socorrer a los Honecker cuando huían despavoridos y se encontraban literalmente “en situación de calle”. Holmer reaccionó con espíritu cristiano, pese a haber sufrido las inclemencias del edén honeckeriano. A ocho de sus diez hijos se les prohibió el ingreso a la universidad por no pertenecer a las Juventudes Comunistas. El destino quiso que un encuentro fortuito con ellos, cuando se encontraban en peligro de ser linchados por multitudes enardecidas, haya remecido su conciencia.

Resolvió llevarlos a su casa en Lobetal, donde les ofreció alimento y abrigo. Tras varias semanas, los entregó a un general soviético, presente aún en la base militar de Beelitz. “Un cristiano debe sentir alegría en todo momento, y practicar el amor al prójimo, aún en las peores circunstancias”, ha dicho Holmer en las múltiples entrevistas sobre esa impactante conducta. Gracias a él, los Honecker iniciaron su larga travesía hacia Chile. Huelga escarbar más, pero el gesto del pastor Holmer nunca mereció un comentario de la camarada Margot.

Con su decisión de ir a golpear la puerta de nuestra embajada en Moscú, los Honecker pusieron a Chile en el epicentro de asuntos relevantes de la Guerra Fría. Por cierto, no fue la única vez que nuestro país llamó la atención en el mundo por cuestiones políticas, aunque sí la más impensada. Con anterioridad fueron el triunfo y posterior colapso del experimento de Allende.

Ambos contribuyeron al surgimiento tanto del eurocomunismo como al entendimiento de largo plazo entre socialdemócratas y socialcristianos en Europa. En el mismo razonamiento cabe recordar el icónico axioma de Kissinger en el sentido que EE.UU. no puede mirar de manera pasiva cómo un país enfila hacia el comunismo por irresponsabilidad de su propia gente. Sin embargo, la opción de los Honecker por Chile fue la que desató mayor asombro y algo de incredulidad.

Los vaivenes existenciales revelan que Margot no fue una simple esposa de Erich. Sus biógrafos la muestran como una impetuosa militante comunista, desde que cumplió 20 años de edad, alentada por sus padres. Allí hizo rápida carrera como dirigente en su natal ciudad, Halle. En 1950 fue la diputada más joven del parlamento de la RDA. En el fragor partidario conoció a otro dirigente en ascenso, pero 18 años mayor que ella y recién casado con la entonces secretaria general de la Juventudes Comunistas de la RDA, Edith Bauman, con la que había tenido una hija. Ese joven era Erich Honecker. 

El revuelo de la tormentosa doble relación fue grande y a Honecker se le obligó a optar por una de las dos para cumplir con la férrea moral del comunismo de entonces. En 1950, Margot había quedado embarazada de una hija, la misma que en plena juventud setentera, y al calor de la música-protesta, inició un gran lazo familiar con Chile y les dio su único nieto, Roberto.

Entre 1963 y 1989, Margot fue ministra de Educación. Una friolera de 26 años en el cargo. Sus biógrafos aseguran que la relación entre Erich y Margot se quebró a inicios de los 80, por el deseo de él de ir abriendo ciertos espacios en el esquema de la distensión con Occidente. Ella, en cambio, seguía creyendo en la necesidad de destruir el imperialismo. Los hechos mostraron finalmente que el instinto por salvar sus vidas fue más poderoso y huyeron juntos. Reconciliados.

Margot fue una tenaz opositora a las reformas de Gorbachov, a quien no dudó en acusar de traidor. Especial encono tuvo con Raisa Gorbachova, la deslumbrante esposa del último líder soviético, cuya relación con Margaret Thatcher y Nancy Reagan fue clave en el fin de la Guerra Fría.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE. Es autor de “Alemania oriental y América Latina durante la Guerra Fría: trazos geopolíticos y resiliencia cultural” (http://www.scielo.edu.uy/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2301-16292020000100093)

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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