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En el mundo financiero y en el de la tecnología todo sucede a un ritmo vertiginoso; en el ámbito de la ética, la regulación y la gobernanza mundial, las cosas marchan a una velocidad menor. Esa es la sensación que sentimos muchas veces ante la explosión de la Inteligencia Artificial quienes tenemos interés en los asuntos públicos y en el devenir de nuestra sociedad.

Space X recaudó 75.000 millones de dólares en un día (un poco menos que el presupuesto fiscal de un año en Chile) y, al precio de la colocación, su valor bursátil alcanzó a US$ 1,8 billones. Este valor aumentó el día siguiente a más de US$ 2 billones luego del alza del precio de la acción alentado por la esperanza de que Elon Musk lo haga de nuevo y su empresa, que tiene filiales de inteligencia artificial además del negocio espacial, del de conexiones neuronales y X, aumente su valor. Anthropic y Open AI preparan sus propias emisiones de nuevo capital, una prueba de que quienes lideran esta carrera tienen confianza en que seguirá habiendo demanda por la IA.

Pero en medio de este frenesí financiero, muchos grupos pensantes se preguntan adonde nos lleva todo esto. No se trata sólo del bienestar económico medido por el PIB, que pareciera estar destinado a seguir creciendo (Daron Acemoğlu estima que en la próxima década la productividad total de factores aumentará en 0,5 % por la IA). Ni tampoco de la calidad de vida, que podría afectarse negativamente para quienes pierdan su trabajo reemplazado por la IA, o seguir mejorando si conseguimos que la IA haga muchas tareas por nosotros dejándonos más tiempo para hacer otras cosas que nos gustan. Se trata también de cómo la IA cambia nuestra cultura, los hábitos de nuestros jóvenes, su espíritu crítico. Por otra parte, qué riesgos introduce y cuáles son los desafíos éticos que impone.

Por eso es bienvenida la Encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, así como las reflexiones de intelectuales y la sociedad en general sobre el tema. El documento pontificio hace énfasis en su efecto sobre un “orden social justo”, el bien común, la subsidiariedad, la solidaridad, la soberanía de las naciones y la familia entre otras materias. Claro que la Iglesia Católica, si bien puede manifestar preocupación en un catálogo de temas relevantes para mirarlos desde una perspectiva ética, no tiene soluciones prácticas a los problemas que se creen. La ética debe estar muy presente en la discusión sobre IA, ya nos referiremos a ello, pero en esa conversación debe dialogar también con la realidad y ésta nos dice que hay disposición a invertir mucho dinero allí.

En particular a algunos nos inquieta qué va a pasar con educación, con la literatura y otras expresiones artísticas. Da la impresión de que la uniformidad que la IA impone, su tendencia a ofrecer versiones oficiales y políticamente correctas, afectarán negativamente el espíritu crítico y la confrontación de ideas, de adonde emana el conocimiento, la ciencia y la creación artística.

No es descartable tampoco que se acentúen algunas tendencias ya presentes en nuestra sociedad, como la inmediatez, la pereza, la simplificación, el reemplazo de la palabra escrita por las pantallas. ¿Para qué leer, si las respuestas te las dará un video o un podcast? Temamos a una suerte de generalizada reversión a la media, un avance de la mediocridad y un estancamiento de la calidad literaria y el genio artístico. Ya las mediciones de coeficiente intelectual a nivel mundial están mostrando, por primera vez desde que existen registros, una caída en los promedios.

¿Cómo se combaten estos posibles efectos negativos del uso de la IA? Nos atrevemos a enunciar algunos caminos para ello. Hacen falta liderazgos que reivindiquen la discusión de ideas, que practiquen con convicción la honestidad intelectual, no teman a la confrontación de ideas y no acepten la cancelación. Que reemplacen el facilismo del victimismo, la interseccionalidad y otros inventos posmodernos que envejecen mal, por la convicción de que el verdadero avance civilizatorio vendrá dado por la marcha paralela de derechos con deberes, sumando así sus fuerzas y no anulándolas como nos enseñan las leyes de la física.

Hay muchas cuestiones prácticas que atender en esta cuestión, como la regulación a nivel de países y organismos internacionales (en un momento complejo del orden mundial por lo demás), el peligro de fraudes y la protección de datos personales, la filtración de secretos sobre armas químicas o biológicas. En materia económica, los efectos de la digitalización masiva sobre la disponibilidad de energía, las posibilidades de integración vertical de industrias y efectos sobre la competencia.

Todas ellas se pueden resolver con buenas ideas e instituciones, pero sobre todo con liderazgos que pongan una dosis de optimismo y de confianza en las personas, al lado de los temores que aquí hemos enunciado y no se pueden ignorar.

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