Una ministra corriendo escoltada hacia un vehículo, empujada, insultada, con una botella de agua vaciada sobre su cabeza, y el auto partiendo con la puerta abierta. Así, sin matices, terminó la tarde del 8 de abril la visita de la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao, a la Universidad Austral de Chile. Había llegado a inaugurar el año académico, invitada por su rector. Se fue con lesiones en la cabeza y el brazo, y con un insulto étnico –yanacona– resonando a sus espaldas.

El rector Egon Montecinos no hizo lo que debía. No lo digo por la cronología que ha ido entregando, ni por la puerta lateral que alguien abrió desde dentro. Lo digo por algo anterior, y más grave: le faltó estatura para preparar a su universidad para recibir a una ministra. ¿Sabían los estudiantes quién venía? ¿Conocían su historia? ¿Se les contó de dónde venía Ximena Lincolao antes de convertirla en blanco de pancartas?

Porque la historia de esta mujer merece contarse. Ximena Lincolao Pilquian es hija de un vendedor de ferretería y de una dueña de casa de Maipú. Mapuche de apellido, católica de formación, de una familia de clase trabajadora donde no sobraba nada. En 1997, tras concluir que en Chile faltaban oportunidades, emigró a Estados Unidos. Fue profesora de aula, directora de colegios, vice superintendenta distrital de educación en Washington. Cofundó Phone2Action, una plataforma de advocacy digital que llegó a tener como clientes a una cuarta parte del Fortune 100 y levantó más de ochenta millones de dólares en financiamiento, antes de ser adquirida por una compañía mayor. Partió, según ella misma ha contado, con quinientos dólares en el bolsillo. Hoy declara un patrimonio superior a los sesenta millones.

No lo hizo por herencia ni por privilegio. Lo hizo por trabajo. Esa historia -la de una mujer mapuche, de cuna modesta, que se construyó una vida con rigor y capacidad- es exactamente la historia que una universidad debiera poder recibir y escuchar, incluso cuando se está en desacuerdo con el ministerio que hoy encabeza. No hacerlo es algo peor que una falta de educación: es una ausencia de sabiduría.

La ignorancia de su historia no es una anécdota menor: es una cachetada a la formación educativa. Que cien jóvenes universitarios se movilicen contra una ministra sin haberse detenido en una sola línea de su biografía revela menos sobre ella que sobre la universidad que los formó. Hannah Arendt lo escribió hace décadas: el mal rara vez proviene de la perversidad; proviene casi siempre del no-pensar —de no detenerse a considerar quién está enfrente, de tratar al otro como pura consigna.

Y conviene decirlo sin eufemismos: existe una relación directa entre la ignorancia y la violencia que hoy se vive en los estamentos educacionales. No es casualidad que las agresiones más duras -a profesores, a compañeros, a autoridades invitadas- ocurran precisamente allí donde debiera cultivarse lo contrario. Liceos tomados durante meses, clases suspendidas por enfrentamientos, rectores intimidados, un colegio emblemático que lleva años sin funcionar con normalidad. El aula, que fue por siglos el lugar de la deliberación, se ha vuelto un espacio donde el grito reemplaza al argumento y el golpe al estudio. Y no hay misterio en esa secuencia: donde no se enseña a pensar, se enseña a reaccionar; donde no se enseña a leer al otro, se enseña a temerlo o a callarlo. Fernando Savater lo dejó escrito en El valor de educar: educar no es transmitir datos, es formar seres humanos capaces de convivir con quienes piensan distinto. Cuando la educación renuncia a esa tarea -cuando forma técnicos, pero no ciudadanos, cuando entrena para competir, pero no para deliberar- produce exactamente lo que estamos viendo.

Porque la ignorancia es el peor de los males. En una universidad, lo es aún más. Y en una universidad del sur, donde la identidad mapuche se reivindica en discursos casi cada semana, que una ministra mapuche sea increpada con un insulto étnico -yanacona, traidora- obliga a preguntar qué diablos se está enseñando, y qué se está dejando de enseñar.

La violencia ideológica en las universidades chilenas no nació ayer. Vino del movimiento pingüino de 2006 y maduró en 2011, con una generación de dirigentes -Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Karol Cariola, Gabriel Boric- que irrumpió desde las federaciones estudiantiles con banderas legítimas y métodos que ya tensionaban los límites. Boric llegó después a La Moneda sin haberse titulado de abogado. No es su título lo que me interesa juzgar; eso no define por sí solo la capacidad de gobernar. Lo que sí faltó en esa generación fue otra cosa: experiencia laboral fuera de la política, la rutina de pagar cuentas, contratar y despedir, arriesgar capital propio. Estudiaron posgrados, marcharon, ocuparon colegios. Pero ese recorrido está lejos, muy lejos, del de Ximena Lincolao.

Conversando estos días sobre el episodio de Valdivia con el abogado y escritor Guillermo Mímica, llegamos a una conclusión sencilla: quien calla consiente. Hubo condena política transversal al ataque, y eso es rescatable. Pero llama la atención el silencio de quienes más alto suelen alzar la voz: las organizaciones feministas y las organizaciones indigenistas. Las mismas que no dudan en movilizarse ante cualquier agresión contra una mujer, y con más razón si es de origen mapuche. Esta vez, callaron.

Más inquietante todavía es leer declaraciones que empiezan con un no apoyamos la violencia, sin embargo… Ese “sin embargo” lo contamina todo. Porque no explica: relativiza. No condena: justifica. Y en política, justificar la violencia es una forma de habilitarla. Chile ya conoce ese camino, y sabe cómo termina. No se trata sólo de una ministra. Se trata de un principio elemental: la violencia no admite matices. O se rechaza sin condiciones, o se tolera. Y cuando se tolera, se repite.

Se repite, de hecho, con asombrosa velocidad. Apenas ocho días después, el jueves 16, la ministra de Energía Ximena Rincón fue increpada a gritos —“migajera”, “renuncia vieja”— al subir al escenario del Aula Magna de la Universidad Técnica Federico Santa María, en Valparaíso. Ante los insultos, el moderador del acto, tras pedir respeto, ofreció a los estudiantes “un minuto para manifestarse”. Increíble. Lo lógico, en una universidad, es escuchar, reflexionar, tomar nota y preguntar en el espacio destinado a preguntas. Lo lógico es enseñar a disentir sin agredir. No regalar un minuto de rabia como si fuera un punto del programa.

Y no ocurre en un solo lugar: pasa a lo ancho y a lo largo del país. No es un problema de una universidad, ni de una región, ni de un gobierno. Es una erosión compartida de los valores básicos que sostienen la convivencia: el respeto al otro, el orden en los espacios comunes, la diferencia entre protestar y atropellar. La violencia se ha instalado con saña, y el silencio le hace espacio.

Lo que los estudiantes de Valdivia no vieron aquella tarde en Ximena Lincolao -a la trabajadora, a la emprendedora, a la mujer que cruzó un océano con quinientos dólares y volvió convertida en ministra- fue, precisamente, a una persona. Vieron un cargo, un gobierno, una consigna. Y contra eso no se delibera: se grita, se empuja, se moja. Ahí, en esa incapacidad de mirar al otro como otro, está la raíz del problema.

Así entendido el respeto, convendremos que gran parte de los males que sufre nuestra sociedad, y las personas que la conforman, desde los crímenes de violencia de género (por poner el caso de la conducta más grave) hasta las frases injuriosas lanzadas en la red, pasando por las conductas corruptas, son consecuencia de una minusvaloración o falta de respeto al otro, a la sociedad y a uno mismo. (Y no se trata ni se pretende aquí comparar la gravedad de unas y otras.)

Analizando esta cuestión, parece evidente que el respeto, que exige reflexión y conducta deliberativa, está igualmente ligado a la estética. Es fácil comprobar cómo muchas manifestaciones hoy llamadas artísticas eligen el escándalo y adolecen del más mínimo respeto a la estética, entendida esta como orden y expresión de lo bello.

También en las redes sociales se demuestra que la inmediatez del medio facilita la falta de deliberación y de respeto, la ofensa, el escándalo y la irresponsabilidad, no digamos ya cuando el emisor del mensaje se oculta bajo un seudónimo.

Sólo quien entienda la necesidad de respetar a los demás y a sí mismo, de deliberar y reflexionar sobre las consecuencias de sus propios actos, será capaz de extender su reconocimiento y respeto a todo lo que comparte con los otros -la palabra, el espacio público, las instituciones, la vida en común- y, por tanto, conformarse como una persona digna de crédito, y del respeto y reconocimiento de los demás. Nada de esto se improvisa: se enseña, se forma, se cultiva. Y la universidad -esa universidad, cualquier universidad- es uno de los lugares privilegiados donde ese aprendizaje debiera ocurrir. Por eso lo de Valdivia duele tanto.

La clase política entera debe dar el ejemplo. Y aquí, con la franqueza que exige el momento, quisiera hacer un pedido directo al ex Presidente Gabriel Boric. Usted fue dirigente junto a Karol Cariola, hoy senadora, y junto a Camila Vallejo y Giorgio Jackson. Sabe cómo se enciende un movimiento universitario y, más importante, cómo se modera. Un llamado público suyo a la calma, a la prudencia, a recordar que la democracia se construye escuchando al que piensa distinto, tendría un peso que ningún comunicado de ministerio alcanza a tener. Sería un gesto de estadista, no de partido.

La sabiduría no consiste en tener la razón. Consiste en saber cuándo callar para escuchar, y cuándo hablar para contener. En el Aula Magna de Valdivia, ese miércoles, faltó lo primero: faltó la paciencia de escuchar a una mujer cuya biografía bastaba para desarmar más de una consigna. En el país entero, esta semana, está faltando lo segundo: faltan voces con autoridad moral que llamen a detenerse, a bajar el tono, a recordar que la democracia se sostiene con palabras y no con empujones.

Economista. Ex embajadora de Chile en Uruguay

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4 Comments

  1. Deduzco que ud piensa, siente que personas con autoridad moral para hacer un llamado contra y para detener la violencia, serian Boric, Jackson, Vallejos y Cariola, cierto????? Esa es su propuesta y esos son sus idóneo, cierto????????

  2. Es claro que la recomendación de Iris va a aprovechar el hecho que hoy existen estudiantes que escucharían a ese ex-presidente …. Sólo está pidiendo su participación y apoyo su moción, pensando en el gravitación tema que plantea ….

  3. Carlos , sabe que pasa: no lo hizo y no lo haría . Y eso muestra lo que son. Y dan cátedra en el mundo !

    Ellos tienen responsabilidad en todo esto Porque no pasa en argentina ? Lo han pasado pésimo hace mucho , y esta violencia no existe .No la valido nadie . Acá si , en nuestro país.

  4. No concurrido con el Sr Souper. Basta leer con atención esta columna para entender cuál es la propuesta de Iris y a quienes considera o no idóneos.

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