guerra
Credit: U.S. Air Force courtesy photo

En la noche del 12 al 13 de junio, la escalada de violencia en el Medio Oriente se desplazó a un nuevo escenario. A las ya existentes en Gaza, Cisjordania, El Líbano, Siria, Yemen y Sudán del Sur, se agregó ahora la guerra entre dos países que no colindan entre sí, pero tienen una antigua enemistad: Irán e Israel. Y a pesar de que muchas veces el Estado Islámico ha anunciado su rechazo al Estado Judío y anunciado su deseo de destruirlo, esta vez fue Israel el que inició fuertes bombardeos sobre tres sitios en los cuales se supone que Irán realiza su proyecto de enriquecer uranio y desarrollar la tecnología que le permita producir armamento nuclear.

El gobierno iraní intentó responder el ataque, pero evidentemente la mayor parte de sus misiles y drones fueron detenidos por el “Domo de Hierro” de la defensa israelí. A todas luces, Israel estaba prevaleciendo en la confrontación, aunque sufría también algunas bajas y daños por la penetración de algunos proyectiles iraníes. Pero se mantenía la duda sobre si los daños causados en los mayores ataques israelíes podían ser suficientes para impedir la continuación del proyecto iraní de obtener un arma nuclear. Si, como pensaban los expertos en Israel y también en Estados Unidos, las reservas de uranio y las armas iraníes estaban bajo montañas de granito o concreto, para destruir esas barreras y armamentos se requerían bombas mucho mayores que las que Israel estaba usando.

Las armas no nucleares tienen un peso mucho mayor que las nucleares; Israel estaba usando bombas de una tonelada y se requerían bombas de unos diez mil kilos, que además se comprimen en cilindros de menor tamaño, y un solo país las tiene. Desde el inicio de las hostilidades entre Israel e Irán, la pregunta principal era si Estados Unidos cedería a Israel esas bombas de diez toneladas (la GBU.57/B mostrando así su disposición a apoyar a Israel con todo su poder militar. La insistencia de Benjamín Netanyahu se había manifestado en todas las reuniones sostenidas con Trump en los meses recientes, alegando que había llegado la hora de atacar a Irán, antes de que adquiriera la capacidad necesaria para fabricar bombas atómicas. Pero por otro lado la Directora Nacional de Inteligencia de EE.UU., Tulsi Gabbard, informaba al Congreso que no había antecedentes para afirmar que el programa nuclear iraní había llegado a ese punto.

La respuesta de Donald Trump fue, entonces, parcialmente sorpresiva: no le cedió las super bombas a Israel, sino que ordenó a sus Fuerzas Armadas usar esas armas de manera directa, usando aviones subsónicos, que debieron volar casi 40 horas, atacando tres sitios militares en Irán, (las instalaciones de Fordo, Natanz e Isfahán), donde se suponía que se enriquecía el uranio y se construían los artefactos para bombardear a Israel.

Trump rompía así una de sus principales promesas de campaña, al atacar a un país muy lejano de Estados Unidos, que no amenazaba de manera inmediata su seguridad. Lo hacía, además sin informar ni consultar al Congreso, como lo obligan la Constitución y la Ley sobre Poderes de Guerra, a menos de que se trate de una amenaza inminente a la seguridad de Estados Unidos. Tenía su favor, por cierto, dos hechos anteriores. Primero, que todos sus antecesores, Clinton, Bush, Obama, Bush y Biden, habían advertido a Irán que Estados Unidos no aceptaría que desarrollara armas atómicas; pero Trump había descalificado esas amenazas como recursos políticos internos que él nunca usaría. Y segundo, que él mismo, en 2018, en su primera presidencia, se había retirado del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), firmado en 2015 por Irán y seis potencias mundiales: Reino Unido, Francia, China, Rusia, Alemania y Estados Unidos, que buscaba garantizar que el programa nuclear de Irán fuera exclusivamente pacífico, a cambio del levantamiento de sanciones internacionales.

Sin embargo, después de esa denuncia, había mantenido siempre la promesa de no involucrarse en guerras extrañas, que había reiterado con mucha convicción en su campaña presidencial más reciente. Al iniciar esa campaña, en uno de sus primeros discursos, el 6 de enero de 2024, el candidato Trump dijo que devolverlo a la Casa Blanca permitiría «pasar la página para siempre de esos días tontos y estúpidos de guerras interminables. Nunca terminaron». Y repetiría la frase en los meses siguientes, proclamando que era “el primer Presidente que no inició ninguna guerra.”

Naturalmente, una operación victoriosa que el propio Presidente calificó de espectacular inicialmente fue recibida con aplausos en Washington. Desde luego, años de controversias con Irán, que vienen desde la fundación de la “República Islámica” e incluyen el famoso secuestro de la embajada norteamericana en 1980, han convertido a Irán en uno de los enemigos potenciales de Estados Unidos. Pero la reacción no fue tan positiva como el Presidente habría querido. No sólo los demócratas cuestionaron en el Congreso y en la prensa la legalidad de las acciones del Presidente, sino que muchos de sus partidarios del ala radical del MAGA, encabezados por Steve Bannon, ideólogo del movimiento, Tucker Carlson, Charlie Kirk y la congresista Marjorie Taylor Greene, todos defensores acérrimos de Trump, le recordaron antes del bombardeo que un ataque no estaba en el interés de Estados Unidos (“esto no es America First” dijo alguno de ellos) y que estaba abandonando sus promesas de terminar con el intervencionismo. Las críticas se proyectaron también a las encuestas donde el rechazo ha superado largamente la aprobación, dejando a Trump con los peores números de su gobierno. Era de esperar un fuerte rechazo de los electores demócratas y amplia aprobación de republicanos, pero los independientes también rechazaron por dos a uno.

En estas condiciones, el lenguaje del Presidente cambió, de un victorioso líder militar a un promotor de la paz. Proclamando el fin de la “Guerra de los 12 Días”, como la llamó, validó un ataque iraní a una base estadounidense en Qatar, señalando que la base estaba vacía, que no había víctimas y que esto era positivo, porque permitía a Irán reducir sus tensiones. “Quizás Irán pueda ahora avanzar hacia la paz y la armonía en la región, y animaré con entusiasmo a Israel a que haga lo mismo”, agregó.

Israel e Irán no parecieron dispuestos a la tregua y el Presidente los recriminó, severamente en el caso de Israel, con el cual se declaró “desilusionado”. La ronda pacifista concluyó con mensajes en Truth, su sitio personal: “No lancen más más bombas” y “Felicitaciones mundo…  es Hora de la Paz”.

Por cierto, los debates no han terminado y giran aún sobre la magnitud del daño causado a las centrales iraníes, que en su primer anunció el Presidente calificó como “obliteradas” y luego señaló que no habría aún evidencias concluyentes; y sobre las razones que Estados Unidos tuvo para actuar de manera directa.

Pero sin que Israel se declare satisfecho y, al igual que Irán, se acepte el fin de las hostilidades, el episodio no habrá concluido y mucho menos ha concluido la hostilidad entre ambos. El predominio militar y mediático de Estados Unidos y su Presidente no pueden ocultar que la situación en el Medio Oriente se ve cada vez más oscura. Irán e Israel siguen en guerra, Qatar ha protestado, respaldado por la mayoría de los Estados del Golfo, por el ataque en su territorio y el drama de Gaza se va transformando en exterminio.   

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