petro transparencia
Credit: www.presidencia.gov.co/

Una de las noticias más comentadas de los últimos días ha sido el consejo de ministros -equivalente a nuestro consejo de gabinete- protagonizado por el Presidente de Colombia, Gustavo Petro, el pasado martes 4 de febrero. Esta instancia, de forma completamente excepcional, fue transmitida absolutamente en vivo, por televisión y redes sociales, como un intento de mostrar completa transparencia en la toma de decisiones.

Sin embargo, el resultado fue diametralmente opuesto al esperado por el Jefe de Estado: la reunión dejó en evidencia fuertes tensiones dentro del gabinete, incluso con el mismo Petro criticando duramente a sus ministros por el incumplimiento de compromisos (a esta altura, ya no se sabe si el Presidente perdió los estribos, o si estaba esperando un momento para criticar a sus ministros en vivo y en directo, como un acto de despiadada autoridad).

El episodio provocó no pocos agravios: la vicepresidenta Francia Márquez expresó su descontento con la gestión y cuestionó los recientes nombramientos de Laura Sarabia como canciller y Armando Benedetti como jefe de Gabinete, debido a sus antecedentes machistas y sus actitudes polémicas. El director de prosperidad social, Gustavo Bolívar (que también integra el gabinete) también se sumó al coro y dijo que tanto Sarabia como Benedetti deberían ocupar «cargos menos importantes». Fue tanta la repercusión de este muro de los lamentos que, al día siguiente, el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, propuso una renuncia colectiva para reorganizar el gabinete. Mientras, la transmisión seguía en vivo y en directo, como un mal reality político, incluyendo alocuciones del Presidente Petro, quien comparó la cocaína con el whisky, sugiriendo que su ilegalidad responde a un sesgo contra América Latina, y señaló que al comienzo de la revolución se recurría a prostíbulos para reclutar jóvenes comprometidos con la misma.

Raya para la suma, lejos de fortalecer la imagen del Gobierno, la transmisión pública fue un episodio difícil de olvidar, y que deja tres lecciones importantes sobre la comunicación política y la transparencia.

Primero, para un gobernante, no todo es cancha. No se puede convertir en un meme. Petro puede haber tenido nobles intenciones, pero en la práctica, su performance fue lo contrario a lo que quiso hacer. Y debemos entender que, en comunicación de gobierno, no hay que hacer nada si no estamos seguros de que el resultado va a ser positivo. Un jefe de Estado debe medir el impacto de sus acciones y prever las posibles consecuencias antes de tomar decisiones que pueden salirle en contra. La política es escenario de cálculo y estrategia, no una prueba de improvisación.

Segundo, toda acción genera una reacción. Si Petro se puso a retar a sus ministros y esperaba que ellos simplemente agacharan el moño sin más, es que no entiende cómo funciona la psicología social. Sobre todo si hay cámaras; Petro marcó la pauta y expuso a sus ministros a esta suerte de reality caníbal, donde cada uno tenía que salvarse el pellejo. En ese contexto, era previsible que surgieran respuestas airadas y rupturas en el equipo de Gobierno. Como dice el refrán, fue por lana y salió trasquilado.

Tercero, transparencia absoluta no equivale a más y mejor transparencia, ni menos a mejor gestión. Esta es la falacia de la casa de vidrio: creer que hay que mostrarlo todo para que no haya irregularidades. Quienes abogamos por mayor transparencia y probidad, y quienes creemos en el ecosistema de integridad del Estado (lo que por supuesto requiere dotes de transparencia) sabemos que siempre debe haber espacio para la conversación privada, y que no todos los trapos se deben sacar al sol. No entender eso puede provocar una gran crisis. O una ola de memes y tuits.

Ojalá que episodios como este no se repitan en otros países. Gobernar requiere responsabilidad y prudencia con las formas, y lo mínimo es que cualquier Jefe de Estado lo entienda así.

Director de Administración Pública UNAB

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