Con un tono más grave de lo habitual en él -y es que la ocasión lo justificaba- el lunes último Marco Enríquez-Ominami afirmó sin ambages: “Es el peor resultado de la historia de Chile para los valores progresistas”. Por cierto, se refería a la izquierda chilena y a la expresiva derrota que sufrió en la elección presidencial y parlamentaria del fin de semana. “Nunca antes habíamos estado tan abajo” agregó sin el menor intento de minimizar el desastre electoral.

En el trasfondo de la debacle está el grueso error histórico de asumir en la década pasada que al país más desarrollado de América Latina -lo que estaba informado por numerosos indicadores sociales confiables- había que refundarlo, y que la modernización capitalista que dio a Chile los mejores años de la República debía ser interrumpida, cuando no cancelada. Una insensatez política de ese calado, que la nueva izquierda de los jóvenes frenteamplistas enarboló irreflexivamente -a la que sus padres políticos parecieron sumarse alegremente-, no podía terminar bien. La refundación del país que se propusieron como ideario político en la década pasada sufrió un mazazo letal en el plebiscito de 2022.

Ahora la izquierda, que lo hizo suyo desde el movimiento estudiantil en 2011 y que no lo ha dejado atrás del todo ni mucho menos, ha recibido ella misma una profunda herida cuya sanación tomará un tiempo largo. Y es que el relato refundacional se ha desfondado sin remedio. Para peor, la economía requiere con urgencia del empuje de la modernización capitalista, justo lo contrario de lo que soñó la nueva izquierda -que quiso apagarlos de una buena vez y para siempre. Encontrar un nuevo relato político no será tarea fácil y menos cuando se han derrumbado, uno tras otro, los referentes políticos e intelectuales de la izquierda latinoamericana, que nutrieron generosamente a las izquierdas locales de idearios dislocados y revoluciones imposibles.

Poco se ha reparado en el irreparable daño que provocó la realización de la primaria presidencial en el progresismo, eligiendo a una abanderada comunista sólo con un 6% del padrón electoral. ¿Habría pasado al balotaje Jeannette Jara si, como en el caso de la derecha, el sector hubiera usado la primera vuelta para elegir a su candidata de la segunda vuelta? Casi con toda seguridad el voto obligatorio habría entregado un resultado distinto, uno en el que Carolina Tohá con alta probabilidad pudo haber inscrito su nombre en la contienda electoral que se avecina.

En el reverso de la moneda se encuentra la derecha con un resultado que la podría conducir al triunfo más amplio en las elecciones presidenciales desde 1990. Ha gobernado ocho de los treinta y cinco años de democracia ininterrumpida y se apresta a hacerlo por un tercer periodo con un respaldo que no ha tenido gobierno alguno desde la recuperación de la democracia. Pero le tocará gobernar en uno de los momentos más desafiantes y álgidos en mucho tiempo, cuando el crecimiento, la disponibilidad fiscal y la seguridad ciudadana escasean como nunca, después de un periodo de nuestra historia cuando el país y sus grupos medios vislumbraron la meta del desarrollo en el horizonte. La derecha va a requerir de sus mejores talentos para realizar un gobierno exitoso y los va a requerir desde el primer minuto.

Aunque un holgado resultado electoral de José Antonio Kast en segunda vuelta -es lo más probable- sería por lejos el hecho más trascendental del proceso eleccionario en curso, debe prestarse atención a otro que podría proyectarse a poco andar a partir de los resultados del domingo. Si se suma el resultado de Franco Parisi con el de Johannes Kaiser, nos encontramos con un tercio del electorado, uno que bien podría representar el populismo en Chile, ya no en estado germinal, sino que en pleno desarrollo. La diferencia entre Kast y Parisi fue de apenas poco más de un 4%. Este podría ser quizás el hecho político más importante de la elección presidencial de cara al futuro. No estamos lejos del escenario que se ha venido vaticinando ya por algún tiempo entre nosotros. Estamos cerca. No resulta impensable que la segunda vuelta de la elección de 2029 sea entre candidatos derechamente populistas, con Franco Parisi a la cabeza. En su caso, la cuarta podría ser la vencida.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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