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El recuerdo todavía fresco de la inesperada elección de Gabriel Boric como el octavo Presidente de la República desde el retorno de la democracia suele hacernos pensar que algo semejante podría repetirse en la contienda presidencial que tendrá lugar el próximo año. Que fue toda una sorpresa no es algo de lo que se pueda dudar. A un año y cuatro meses de las primarias de noviembre de 2021 -el mismo lapso que resta para las de 2025-, Joaquín Lavín lideraba sostenidamente en las encuestas de opinión pública como el personaje político mejor evaluado del país. Pronto lo alcanzaría en esa posición Daniel Jadue, quien la sostuvo por largos meses. Nadie imaginó entonces que con esa considerable ventaja de conocimiento y apreciación pública ambos terminarían perdiendo sin pena ni gloria en las primarias de julio de 2021. Nunca había sucedido que los políticos mejor posicionados en las encuestas fueran derrotados en una elección presidencial por competidores menos aventajados en esas lides.

Pero no fue la única sorpresa. La segunda vuelta de esa contienda electoral fue la primera en la que los dos grandes bloques políticos de la transición -la centroizquierda y la centroderecha-, que se repartieron alternadamente el poder desde el retorno a la democracia en 1990, no lograrían pasar a la segunda vuelta. Boric, de la nueva izquierda, y Kast, de la derecha sin apellidos, dejaron sin opción a las alianzas que habían dominado por décadas y sin contrapeso la escena política nacional.

Es altamente improbable que vuelva a repetirse una sorpresa de ese calibre en 2025. El contexto en el que se desenvuelve la política ha cambiado profundamente desde que hace apenas tres años Gabriel Boric ganara las primarias de la izquierda. En su momento el Presidente fue el candidato que mejor encarnaba el relato octubrista, que en 2021 todavía parecía animar los espíritus del progresismo y de una mayoría de sus electores. La disyuntiva entre él y Kast iba a ser resuelta claramente a su favor en la segunda vuelta de la elección presidencial.

Pero fue la última victoria del octubrismo antes de chocar duramente con la nueva realidad que se comenzaba a gestar aceleradamente -la contrarrevolución como suele llamarse a la reacción que sucede a un momento revolucionario. La expresiva derrota en el plebiscito de septiembre de 2022, la peor de la izquierda desde el golpe militar al decir de algunos de sus más agudos pensadores, fue la expresión de un drástico cambio en las coordenadas del mapa político. Ya nada es como fue hasta antes de ese histórico referéndum.

Tanto es así que la nueva izquierda, triunfante en diciembre de 2021 y en la elección de la Convención Constitucional, no dispone actualmente de liderazgos suficientemente competitivos como para asegurar triunfos en las próximas elecciones municipales -con la probable excepción del alcalde Vodanovic-, ni mucho menos para pasar a la segunda vuelta de la elección presidencial en 2025. Asoman las posibles candidaturas de Michelle Bachelet, de Carolina Tohá, incluso de Mario Marcel (auspiciado ni más ni menos que por Camilo Escalona), pero ninguna de la nueva izquierda con posibilidades de dar una sorpresa semejante a la de 2021. 

El voto, que volvió a ser obligatorio en el plebiscito de 2022 y para todas las elecciones (excepto las primarias) a partir de 2023, es también un factor distintivo de la política actual en comparación con la que imperaba hasta hace tres años, cuando el voto voluntario solía entregar participaciones inferiores al 50% del padrón electoral (fue del 55,5% en la elección de diciembre de 2021). Aunque los extranjeros fueran eximidos de la obligación de votar en la próxima contienda presidencial -lo sabremos prontamente-, es seguro que con los 4.620.471 votos que capturó el Presidente Boric en 2021 no alcanzaría ni de cerca para resultar elegido como el próximo gobernante del país. 

Por su parte, la aguda inseguridad ciudadana, que se ha tomado la agenda política por sobre toda otra consideración, contribuye a diferenciar el momento actual de aquel cuando, no hace tanto tiempo, la violencia fue aceptada, o por lo menos relativizada, por la mayoría de los chilenos -era lo que indicaban las encuestas después del estallido social-, y todavía no generaba el amplio rechazo que concita en la actualidad.

Finalmente, está el gobierno y su gobernante como significativos factores distintivos, no sólo porque esta vez no es un mandatario de centroderecha con una baja apreciación pública como la de Sebastián Piñera en 2021 el que irá de salida, sino que uno de izquierda similarmente poco apreciado en las encuestas, al mando de un gobierno de muy pocas luces. La alternancia, resultado de las últimas cuatro elecciones, tiene una vez más el camino sobradamente despejado para hacerse realidad el próximo año.

O, dicho de otra forma, la probabilidad de que ocurra algo distinto, esto es, que sea elegido un gobierno de izquierda como continuidad del actual, es muy baja. La sorpresa de un candidato que con menos de un tercio de los votos del padrón electoral sea elegido para gobernar el país no tiene cómo repetirse. La próxima elección presidencial asoma mucho menos incierta que la última vez.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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