La democracia tiene una prueba de fuego que no se rinde en las urnas, sino en la capacidad de reconocer la legitimidad del adversario cuando este triunfa. La reciente victoria de José Antonio Kast en Chile ha servido para arrancar la careta democrática de ciertos líderes de la izquierda latinoamericana. Lo que hemos presenciado en las últimas horas no es diplomacia, ni siquiera es crítica política: es una rabieta ideológica que cruza la línea de la intromisión y el insulto barato.

El caso más patológico es el de Gustavo Petro. El mandatario colombiano, incapaz de gestionar la violencia en su propio territorio, ha decidido proyectar sus fantasmas sobre Chile. Tildar al Presidente electo de «nazi», acusarlo de estar coludido con el narcotráfico y hablar de «genocidio» no solo es una banalización inaceptable de la historia, sino una falta de respeto a los millones de chilenos que, en un ejercicio libre y soberano, eligieron una alternativa distinta a la suya. Petro olvida que cuando se insulta a un Presidente electo por una mayoría contundente, no se ofende a una persona, se ofende a la soberanía de una nación.

No menos delirante es la actitud de Nicolás Maduro. El responsable del mayor éxodo migratorio de la historia del continente y de crímenes de lesa humanidad documentados, tenga la audacia de amenazar con un «cuidadito» al futuro mandatario de Chile, es el colmo del cinismo. Maduro, quien ha empobrecido y expulsado a su pueblo, pretende ahora dictar pautas morales sobre el trato a los migrantes, utilizando un lenguaje de matonaje inaceptable.

Lo paradójico es que esta verborrea agresiva ha obligado incluso al gobierno de Gabriel Boric a salir en defensa de la institucionalidad chilena enviando notas de protesta. Que la actual administración tenga que recordarles a sus propios «aliados» continentales que Chile es un país soberano, demuestra el nivel de desconexión y fanatismo que impera en el vecindario.

La izquierda regional ha demostrado que su tolerancia dura exactamente lo mismo que su hegemonía. Para ellos, la alternancia en el poder solo es válida si ganan los suyos; si gana la derecha, automáticamente es «fascismo», «muerte» o «barbarie». Esta narrativa, diseñada para deslegitimar al adversario, es peligrosa. Chile ha decidido un cambio de rumbo, priorizando el orden y la seguridad. A Petro, Maduro y compañía les convendría recordar que el respeto al derecho ajeno es la paz, y que los chilenos no aceptamos lecciones de democracia de quienes tienen sus propias casas en ruinas.

Ingeniero Civil Industrial en Tecnologías de la Información y Director Escuela de Gobierno Universidad Nacional Andrés Bello

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