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En estos días se han escrito páginas excelentes sobre la Encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV. Imposible abarcar las profundas y amplias reflexiones que en cada lector suscita este texto de singular belleza. Su protagonista es el ser humano, su dignidad y el bien común, hoy amenazados por su propia soberbia como en la torre de Babel bíblica, ese espacio donde el hombre, temiendo su dispersión, desafió su designio en una sola lengua, tecnología y dirección. La torre no es sólo la imagen del paradigma tecnocrático globalizado, sino también el enfrentamiento y distancia entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla.

El Pontífice denuncia el desorden mundial prevaleciente, el debilitamiento de la ética y su reemplazo por la competencia hacia el poder. Frente a esta realidad, propone el ejemplo de Nehemías y la construcción participativa del muro de Jerusalén. En este mensaje sobre el momento actual, por cierto, más profundo que mi limitada comprensión, trataré de centrar estas líneas.

Su visión del orden internacional descansa en las enseñanzas de la Iglesia recordando, en primer lugar, los discursos radiofónicos de Pío XII durante la II Guerra Mundial donde alentaba a la creación de un sistema basado en el reconocimiento de la dignidad humana, la justicia, la paz y advertía que fundar el derecho en el interés o la fuerza para beneficio de los poderosos socavaba la confianza entre los países. Pío XII identificaba, ya entonces, que los desequilibrios económicos eran un factor que alimentaba los conflictos.

En el Concilio Vaticano II, Juan XXIII señaló que el orden debía tener como base la verdad, la libertad, los derechos humanos como lengua común e instituciones y relaciones entre los pueblos inspiradas en la dignidad de cada individuo. Juan Pablo II destacó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 como uno de los esfuerzos más relevantes para resaltar la dignidad humana universal como ideal compartido, una de las más altas expresiones de la conciencia y piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad.

Esta dimensión se encuentra amenazada por la subordinación del hombre a la técnica, la concentración de ésta en pocas manos, su falta de control y gobernanza, la ausencia de diálogo entre quienes la desarrollan y sus usuarios. Paralelamente, crecen las desigualdades y las fracturas sociales entre los pueblos y se abren camino lógicas de confrontación y de agresividad que vienen acompañadas de una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de la política internacional, mientras se erosionan aquellos criterios éticos que habían limitado su uso. El fenómeno se une al surgimiento de actores armados no estatales que transforman el conflicto como modo de vida, fuente de poder y beneficio para algunos.

Frente a estos desafíos, León XIV propone una lógica de encuentro y diálogo que pasa por “desarmar” la IA, es decir, sustraerla de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar, sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio para consolidar una ventaja geopolítica sobre todos los demás, o romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Ante ello, se debe reforzar un sistema multilateral, hoy en crisis, debilitado por limitaciones estructurales y por la falta de una voluntad compartida para apoyarlo, reformarlo y reconocer su autoridad moral.

La globalización surgida de la caída del muro fue principalmente económica y no propuso una arquitectura política para el diálogo y la paz. Hoy provoca reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas. Así, vivimos en un multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro, y no un auténtico multilateralismo. Se construyen identidades colectivas contra un enemigo y la fuerza del derecho internacional es sustituida por el derecho del más fuerte.

La construcción de la paz pasó a un segundo plano. La competencia por el poder desplazó a la cooperación para el desarrollo, al desarme, la prevención de conflictos y al fomento de la confianza mutua. Se debilitaron también los logros del derecho humanitario, el principio de proporcionalidad como respuesta a la agresión, el acceso al agua, a los alimentos y bienes esenciales, el respeto por la vida de civiles y de niños, los cuales pasaron a ser ingenuas reminiscencias del pasado. Regresamos a la lógica del equilibrio armado, la disuasión y el aumento del gasto militar como única respuesta a un futuro incierto o a amenazas percibidas, mientras el costo recae sobre los más pobres que ven reducirse los recursos destinados a salud, educación y servicios sociales.

En este ambiente nihilismo y pragmatismo se entrelazan. Se normalizan los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios. Estos se unen a un economicismo irracional, mientras la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos.

Sin embargo, es la política y no la economía la que debe orientarnos hacia el bien común, aquel que promueva el desarrollo y supere el asistencialismo. La prosperidad que construya y fortalezca la paz implica dotarnos de un cuerpo institucional de fraternidad y considerar al otro un aliado en la construcción de la Casa común. León XIV propone cinco vías: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo, y relanzar el diálogo y el multilateralismo. Algunas atañen directamente a la vida internacional.

El realismo sano y auténtico evita el idealismo político y el cinismo, pero no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. Se une al relanzamiento del diálogo o la cultura de la negociación. Este es el instrumento insustituible para restablecer confianzas ante las comunicaciones impulsivas, las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo. El diálogo es con todos, incluidos los interlocutores más incómodos o que no se estiman legítimos para negociar, utilizando hasta el extremo la humildad y la paciencia para recuperar los más tenues signos de buena voluntad de las partes en conflicto. En paralelo, hace falta una diplomacia capaz de operar en el ciberespacio, que negocie reglas sobre el uso de las tecnologías digitales y proteja a los civiles de violencias invisibles pero reales.

La ONU y el sistema político internacional requieren de reformas ante la crisis de convicciones y de valores que afectan los fundamentos éticos de la vida de las naciones y dificultan el multilateralismo para el bien común. Sin embargo, son fundamentales para apoyar el diálogo entre los estados, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo de los pueblos, la protección de los más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación. A través de ellas el mundo puede tratar de reducir las desigualdades, defender los derechos de los refugiados y las minorías, liberar recursos para la promoción humana y proteger la Casa común.

Eché de menos que esta bella y magnífica Encíclica, imperfectamente expuesta en estas líneas, fue ignorada en un interesante Seminario sobre Política Exterior en la Universidad Católica de Chile.

Embajador, ex Subsecretario de Relaciones Exteriores

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