Un intercambio de opiniones por la prensa estos días ha puesto el foco sobre un fenómeno emergente: el de los jóvenes profesionales que se van de Chile porque el país no responde a sus expectativas. No son los que se trasladan por estudios o un trabajo temporal, sino quienes se plantean emigrar definitivamente porque les parece que las condiciones económicas y políticas del país no se alinean con sus propios proyectos. La ilusión noventera del “jaguar de América Latina” se ha resquebrajado y, desde la lógica del consumidor experto, no habría vuelta que darle: la racionalidad está en irse. Quienes toman esta decisión lo dicen sin tapujos, con la ingenuidad de pensar que no le deben nada a nadie. Y sin percibir las consecuencias de volver la espalda a toda deuda.
Ante este fenómeno cabe hacer, obviamente, infinitas distinciones. Hay quienes dejan sus países por guerras, por estar expuestos a ser detenidos ilegalmente en lugares como Cuba o Venezuela, o porque está en juego su sobrevivencia y la de sus familias. Todos conocemos a muchos que, por motivos profesionales, políticos, económicos o familiares se han trasladado a otros lugares, muchas veces indefinida o definitivamente. Nuestro propio país se ha construido en buena medida a partir de la inmigración y el mestizaje con españoles, árabes, italianos o alemanes que hicieron aquí sus vidas y de Chile, algo suyo. Pero hay un abismo entre irse del propio país con dolor y hacerlo con desdén, entre saberse en deuda y quejarse como cliente insatisfecho. El problema no es tanto la migración, sino esa extraña relación con lo dado.
De todos modos, es difícil culpar a quienes hoy tienen treinta años de ese desapego. ¿Quién les habló de la deuda? Si piensan que se han hecho solos, que sus talentos son mérito propio y que es el país el que les debe a ellos es porque muchas cosas han fallado. Si la crisis de la educación en Chile no los toca, ni los jóvenes en riesgo de entrar en el narco, ni la degradación política, ni la miseria que aún existe… no es sólo por su propia indolencia. Un joven abogado me decía estos días: el problema son los ídolos. La fama, la carrera, la plata, la pinta… ¿Cómo llegaron a convertirse, para esta generación, en horizonte?
Vuelvo a la cuestión de la deuda. En principio no nos gustan las deudas: nos gusta ser autónomos, libres, no deberle nada a nadie. Nos hemos construido una especie de dis-sociedad para garantizar ante todo la tranquilidad y el disfrute privados, la total independencia. La pregunta es qué efectos tiene la resistencia a reconocer la deuda, la dependencia, el hecho ineludible de estar hechos de otros, de quienes nos acompañan y nos han precedido. No nos gusta la deuda porque nos parece pura carga, pero ¿y si en este caso, contra toda lógica contable, no fuera sólo un pasivo?
Vale la pena imaginar en qué se convierte la vida desde la negación de la deuda, desde la huida privada al primer mundo o la permanencia inerte. Quizás una existencia en apariencia satisfecha, aunque en el fondo solitaria, al final no pueda ser otra cosa que tedio, aburrimiento, indiferencia. Tal vez haya más vida en abrirse a un mundo imperfecto, en quedarse en un país en crisis para mejorarlo, en trabajar para volverlo habitable. Reconocer la deuda haría que deje de ser un pasivo y pueda volverse proyecto, impulso, creación.

Quizás no es mala idea, que los débiles de carácter, pusilanimes, desleales, que no le han ganado a nadie, se vayan, con esas características no les va a ir muy bien. Y nos quedamos con las inmigraciones buenas de venezolanos y otras nacionalidades, muy educados, hablan bien, viven bien y sus hijos serán chilenos….no es mal negocio
No todos los jóvenes que se van son mal agradecidos. Ellos estudiaron gracias al esfuerzo de sus padres en colegios privados y fueron a buenas universidades. Hay muchos también de la educación pública de antes que lograron ser los mejores alumnos. Ellos mismo se esforzaron al máximo para ser los mejores. Si ellos eligen un mejor futuro en un país mas civilizado que no cae cada ciertos años en el comunismo y donde ellos pueden alcanzar su máximo potencial, yo estoy 100% de acuerdo con ellos.