Algunos en la derecha parecen creer que el camino para llegar a La Moneda en marzo de 2026 pasa por copiar el mensaje y el estilo del Presidente argentino Javier Milei. Otros llevan años tratando de emular a Donald Trump y su movimiento Make America Great Again. No pocos últimamente se han entusiasmado con el estilo y prioridades del mandatario salvadoreño Nayib Bukele. Aunque siempre es bueno pedir prestadas las ideas ganadoras y atractivas, la realidad de Chile hoy es muy distante a las realidades que existían en Argentina, Estados Unidos y El Salvador cuando Milei, Trump y Bukele ganaron sus respectivas elecciones.
Si la derecha chilena no presenta una propuesta diseñada específicamente para la realidad de Chile de hoy, bien pudiera ser que la izquierda se anote, en diciembre de 2025, su séptima victoria en las nueve elecciones que se habrán realizado para entonces en Chile desde el retorno de la democracia.
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En un mundo cada vez más interconectado, los políticos de todos los países miran con atención las fórmulas ganadoras que capturan el interés de la comunidad internacional. La victoria de Javier Milei en la contienda presidencial de Argentina a fines de 2024 llevó a muchos políticos de derecha en otras partes a resaltar la libertad como el centro de su mensaje y a enarbolar las banderas de combate a la casta gobernante como una forma de atraer el apoyo de un electorado descontento con las elites. La victoria reciente de Trump en Estados Unidos, por segunda vez (y ahora de forma incuestionable y categórica) ha llevado a muchos otros políticos a adoptar discursos claramente antagónicos y ofensivos hacia sus adversarios. Si atacar y demonizar a sus rivales le sirvió a Trump para canalizar el descontento popular y convertirlo en la energía detrás de su campaña, muchos candidatos en otros países buscan repetir la hazaña usando una estrategia similar. Después de que ganara con facilidad un segundo periodo (pese a la prohibición constitucional de reelección inmediata), la estrategia de mano dura contra la delincuencia que privilegió Nayib Bukele se ha popularizado también como una plataforma que muchos políticos de derecha buscan replicar en sus países para ganar elecciones.
Chile no ha sido la excepción. Pero es evidente que la realidad de Chile no es la misma que la Argentina, Estados Unidos o El Salvador. La estrategia de prometer más neoliberalismo no va a funcionar en Chile porque el modelo económico chileno es marcadamente neoliberal. Es cierto que es menos neoliberal que antes, pero la molestia de los chilenos con el statu quo se extiende también a algunas de las externalidades negativas del neoliberalismo. Hacer campaña para profundizar el neoliberalismo no pareciera ser una estrategia muy atractiva en un país en que la gente quiere una sociedad más balanceada entre los derechos de los consumidores y los derechos de los ciudadanos.
De la misma forma, el discurso del Make Chile Great Again no es la mejor carta de presentación de la derecha. La gran mayoría de los chilenos no quiere volver a los años de Pinochet o de Piñera. Si alguien pudiera tener motivos para enarbolar la bandera del MAGA chileno sería un candidato de la Concertación. La gente nostálgica del pasado recuerda las dos décadas de gobiernos concertacionistas como el momento de gloria de Chile. Un candidato de derecha no va a ganar prometiendo el retorno de la Concertación.
El discurso de mano dura tiene más llegada con los chilenos. La creciente delincuencia y lo fácil que resulta conectar la mayor presencia de delincuentes con la inmigración ilegal alimenta el discurso nativista y de odio hacia los inmigrantes. Pero los inmigrantes que llegan a Chile en su mayoría hablan español y son étnica y culturalmente más parecidos a los chilenos que los inmigrantes que llegan a Estados Unidos y que Trump ha convertido en el cuco para asustar a los ciudadanos estadounidenses.
Es cierto que los chilenos, al igual que los argentinos, estadounidenses y salvadoreños están descontentos con sus élites y con el statu quo. También soplan vientos de cambio en Chile. Pero para aprovechar las condiciones favorables que tiene hoy la oposición de cara a las próximas elecciones, hay que saber entender ese descontento y frustración popular.
La gente quiere castigar a las élites, no quiere que las élites ofrezcan una receta de mejor tecnocracia para sacar al país del estancamiento. La gente quiere más mano dura, pero no quiere el retorno de los patrones de fundo ni del autoritarismo militar. La gente quiere que el país cambie de rumbo, pero no quieren elegir a un profeta excéntrico que nos lleve de regreso al neoliberalismo desregulado y sin contrapeso estatal. Para la realidad argentina, el discurso a favor del libre mercado de Milei hizo sentido. Para la realidad estadounidense, el discurso proteccionista e incluso aislacionista de Trump resonó con la gente.
En Chile, para ganar en 2025, la derecha deberá presentar una propuesta que responda a las necesidades actuales del país. El proyecto de cambio que deberá presentar la derecha deberá ser, parafraseando una vieja frase de la política chilena, con empanadas y vino tinto. Las condiciones están dadas para una victoria de la oposición, pero para ganar, la derecha deberá evitar ser una imitación de fórmulas exitosas en otros países y deberá articular un mensaje que haga sentido a los chilenos que están descontentos con el statu quo y molestos con las élites.

Los chilenos ya no quieren ni empanadas ni vino tinto, quieren líderes que sean honestos y amigables con la gente y entiendan sus problemas agobiantes. No quieren pomadas milagrosas porque no existen. Tanto la derecha como la izquierda tradicionales saben que el próximo gobierno la tendrá enormemente difícil,. Porque ? el odio ideológico es como el perro de hortelano.