Chile cerró el 2023 muy mal económicamente, e incluso peor de lo que se había anticipado. No hubo crecimiento económico, ni siquiera fue el 0% que alguna vez se mencionó, sino que hubo un menos 0,2%. ¡Qué lejos estamos de aquel Chile que por décadas se caracterizó por un progreso económico y social sostenido, con resultados positivos desde una perspectiva histórica y en comparación con otros países de América Latina! Las cosas han cambiado: el país ha vivido una decadencia más o menos sostenida, y está instalado en una penosa mediocridad y con resultados negativos que están a la vista.

Es evidente que un tema como este puede ser considerado importante o marginal, pero hay demasiados antecedentes para comprender que un crecimiento económico alto y sostenido es crucial para el progreso social, para la calidad de vida de las personas y las mejores oportunidades. Los números de la planilla Excel o de los gráficos no son relevantes en sí, sino en cuanto contribuyen a que las personas y las familias vivan mejor. Históricamente fue una de las razones que permitió la disminución sostenida de la pobreza. Veamos los datos del 2023 y su relevancia en una perspectiva comparada.

Para comenzar, Chile tuvo el crecimiento negativo que hemos mencionado, que solo le permitió superar a Argentina y a Haití en América Latina. Si se analizan los dos primeros años de gobierno –desde el 11 de marzo, al asumir el mando, hasta el 31 de diciembre del segundo año– de todas las administraciones, desde 1990 en adelante, la comparación muestra resultados desalentadores: Patricio Aylwin tuvo un 5,6%; Eduardo Frei un 8,5%, Ricardo Lagos un 3,8%, Michelle Bachelet un 5,5% en su primer período, Sebastián Piñera un 6,3% en su primer gobierno, Bachelet II un 1,9% y Piñera II un 2,2%. En el caso del presidente Gabriel Boric la cifra se empina en un 0,6%, lo que lleva a tener el peor resultado desde el regreso a la democracia (datos en El Mercurio, 2 de febrero de 2024).

La explicación del ministro Mario Marcel puede ser verdadera, pero tiene algo de conformista y no enfrenta el problema en su justa dimensión. A su juicio existió una “variación levemente negativa que es consistente con lo que hemos venido señalando en cuanto a que el 2023 fue un año en que la economía tuvo un ajuste muy profundo que permitió reducir drásticamente la inflación, pero que sin embargo no se tradujo en una recesión, menos en una recesión seria que muchas veces se anticipó”. Casi un éxito.

Por cierto, el resultado está muy lejos de las aspiraciones que tenía el propio conglomerado de gobierno antes de comenzar su mandato. En octubre de 2021, en una entrevista con Tomás Mosciatti al candidato presidencial Gabriel Boric –que se puede consultar a través de Youtube–, el líder del Frente Amplio se refirió a las expectativas de crecimiento económico para su gobierno. La respuesta fue la siguiente: “Yo no tengo una bola de cristal, pero tengo absolutamente claro de que el crecimiento es tremendamente importante para poder distribuir de mejor manera la riqueza. Nosotros esperamos retomar ritmos de crecimiento como ojalá los que se tuvieron en la década del 90, pero con otro modelo de desarrollo”. Si bien no quiso precisar la cifra, porque con ello lo juzgarían, finalmente el candidato Boric sostuvo: “Ojalá podamos tener un crecimiento en los primeros años por sobre los 3,5 puntos”. Como hemos visto, eso estuvo lejos de cumplirse en los primeros dos años de gobierno.

Como suele ocurrir en estos casos, esta mala noticia viene acompañada de otras de distinto calibre. Una buena: se trata del control de la inflación, que era un problema nacional, que afectaba particularmente a quienes viven de su trabajo y que mes a mes veían subir los precios de los productos, en un proceso que parecía no tener detención. Otra mala: el fisco pagó más de U$3.000 millones en 2023 por los intereses por aumento de la deuda pública, superando el 1% del PIB y con una tendencia al alza para los próximos cinco años. A estas alturas resulta claro que el Estado está gastando más de lo que corresponde –lo que, sin duda, requiere un ajuste y una seria evaluación del malgasto de recursos– y que sus ingresos son menos de lo que estima necesitar. Esto último, cuando Chile crecía al 5, 6 o 7%, tenía una solución bastante rápida y generosa: producto de ese mismo crecimiento del PIB, el Estado recibía más recursos cada año, lo cual podía ser utilizado en beneficio efectivo de quienes más lo necesitan y de los requerimientos más urgentes de los chilenos.

Sería un error culpar de todo al gobierno del presidente Gabriel Boric, aunque no cabe duda que un sector de la izquierda ha despreciado el crecimiento económico como factor relevante en el desarrollo nacional o simplemente lo ha interpretado como un elemento que contribuye a la desigualdad.

Precisamente esta semana el presidente Ricardo Lagos ha anunciado su retiro de la política, después de haber sido el primer gobernante socialista después de Salvador Allende. Lagos desarrolló un gobierno –se requiere un análisis más complejo, ciertamente – que podría ser calificado de exitoso en diversos planos. Uno de sus lemas de campaña era “crecer con igualdad”, lo que ilustra un medio y una aspiración. El resultado fue un crecimiento efectivo e importante de la economía, con el cual se cerró el largo ciclo iniciado en 1984, además de una disminución en el coeficiente Gini.

Tras ello, por diferentes razones, las preocupaciones nacionales dejaron de lado o no priorizaron el crecimiento económico y se concentraron en otros aspectos, muchas veces más declarativos que reales, otras veces muy discutibles como políticas públicas justas. El resultado, desgraciadamente, está a la vista y sus efectos se pueden apreciar en ámbitos tan distintos como la falta de dinamismo en la economía, la escasa creación de empleos, el estancamiento de los salarios y otras tantas formas de empantanamiento. Se podrán decir muchas cosas, pero estamos frente a un requisito sine qua non del progreso social de Chile, y si ello no se entiende y no se pone en práctica, el resultado será la peor calidad de vida de los chilenos, como es posible apreciar desde hace algunos años a esta parte.

Chile requiere de manera urgente un pacto por el crecimiento económico y otro gran pacto social para enfrentar los graves problemas sociales existentes. Se puede argumentar que la política no está en su mejor momento, pero eso no es excusa. Si hace un siglo atrás Vicente Huidobro pudo exclamar, irónico, que no hay derecho a tener decadencia sin haber tenido apogeo, hoy la cosa es exactamente el revés: es muy triste experimentar la decadencia después de años de esperanza, crecimiento y progreso. Felizmente, tenemos la posibilidad de elegir, aunque nos estemos acostumbrando a las noticias tristes, malas y decadentes.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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