Hace una semana me permití anticipar el desenlace de la situación creada por el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán: negociaciones, restricciones al programa nuclear iraní y, con suerte, un acuerdo que, en lo sustantivo, no diferirá demasiado de aquello que ya estaba sobre la mesa antes de que comenzaran a caer los misiles. Cuando escribo esto, apenas días después de anunciado el “cese al fuego”, todas las miradas -y las esperanzas- se dirigen hacia Islamabad, donde el día de ayer debieron reabrirse las negociaciones interrumpidas por el ataque norteamericano. Hay que reconocer que las esperanzas no abundan y quizás tampoco las intenciones de alcanzar efectivamente la paz -los iraníes tienen el antecedente de que ya en dos ocasiones previas, negociaciones análogas fueron interrumpidas por ataques norteamericanos- pero, como quiera que sea, todo indica que el resultado más probable de esta negociación o de alguna futura -ahora o en los meses o años por venir- será ese. Es decir, exactamente el tipo de arreglo que ya se discutía antes de que Washington decidiera que la diplomacia necesitaba un pequeño empujón… en forma de bombardeos.
Una situación a la que hay que agregar un elemento que roza lo grotesco. La demostración de fuerza destinada a debilitar o a eliminar un régimen que cuenta con una antipatía generalizada en el mundo -incluida la mía- como es el iraní de los ayatolas, ha terminado, en los hechos, por fortalecerlo. Nada cohesiona más a un régimen cuestionado que una amenaza externa tangible. Nada legitima más un poder interno que la capacidad de resistir el ataque de una superpotencia. Y el resultado está a la vista: el régimen de los ayatolas no solo sobrevive, sino que emerge con un renovado capital político interno y regional. Ha probado su capacidad de resistir, le ha puesto los nervios de punta a Donald Trump a juzgar por la calidad y cantidad de improperios y groserías que éste llegó a gritar al mundo y, ahora, negocia desde una posición que no tenía antes del conflicto. Una posición que incluye la posibilidad de que imponga algún tipo de gravamen sobre el tránsito de buques petroleros por el estrecho de Ormuz, con lo que el costo de la operación militar no sólo no será asumido por quienes la decidieron, sino que podría ser traspasado a los consumidores de petróleo del planeta, entre ellos, por cierto, las chilenas y chilenos.
Frente a esa realidad, la única pregunta que cabe hacer es: si un marco de acuerdo ya existía, si las partes estaban -aunque fuera a regañadientes- sentadas a la mesa, ¿qué necesidad había de una acción militar que ha dejado miles de muertos, ciudades devastadas, economías desestabilizadas y una región entera al borde del abismo? ¿Quién responde por ese daño? La respuesta, por supuesto, no está en el derecho internacional. No puede estarlo, porque ese derecho, en su versión efectiva y operativa, simplemente no existe cuando se trata de potencias. Existe como retórica, como aspiración, hasta cierto punto como estructura o quizás decorado institucional, pero no como límite real. No hay tribunal al que acudir, no hay instancia que juzgue, no hay sanción que temer. Las Naciones Unidas, como tantas veces, han cumplido con lamentar, exhortar… y confirmar con su impotencia que la única norma verdaderamente vigente es la que dictan quienes tienen la capacidad de imponerla.
Puede ser, como muchos repiten, que la experiencia no es más que la demostración de una forma dura, incluso brutal, pero eficaz de negociar. Una forma que define el estilo del actual Presidente de los Estados Unidos y que él incluso describió en un libro (Trump: The Art of the Deal, coescrito con Tony Schwartz, Random House, 1987); libro que, según la información disponible, vendió más de un millón de ejemplares. Que ese es el estilo de negociación del Presidente de los Estados Unidos de América parece ser un hecho, pues lo ha demostrado en las horas y días que siguieron al cese al fuego lanzando nuevas andanadas de insultos y amenazas a sus enemigos. Y si es así, entonces la conclusión es aún más inquietante que la crítica inicial. Porque significaría que hemos normalizado la idea de que la violencia no es un fracaso de la política, sino una herramienta legítima de la negociación. Que bombardear es una forma de persuadir. Que destruir es un modo de convencer. Y eso no puede sino entenderse como un retroceso civilizatorio de proporciones abrumadoras.
No es la primera vez que debo recordar desde este espacio la escena relatada por Tucídides en el Libro V de sus Crónicas de las Guerras del Peloponeso, cuando los emisarios de Atenas explican a los habitantes de Milo que la justicia sólo opera entre iguales, y que, en el mundo real, “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Han pasado siglos desde entonces, pero la frase conserva una vigencia inquietante y las declaraciones del Presidente estadounidense no ayudan precisamente a disipar esa impresión. Amenazar con “hacerlos retroceder a la Edad de Piedra” o insinuar que “una civilización entera va a desaparecer” no es sólo una hipérbole desafortunada; es la verbalización descarnada de una lógica de poder que se sitúa por encima de cualquier límite jurídico o moral. Es la afirmación -casi sin pudor- de que existe la capacidad, y quizás la disposición, de borrar del mapa no sólo a un adversario político, sino a una cultura milenaria. Una civilización que, debemos recordar, hunde sus raíces en la antigua Persia desde mucho antes de que existiera aquello que hoy llamamos Occidente. Una civilización que ha dejado huellas indelebles en la historia humana: lugares como Persépolis, Pasargada o Susa no son simples coordenadas geográficas, sino testimonios materiales de una continuidad cultural que ha sobrevivido a imperios, invasiones y transformaciones profundas y que hoy no son patrimonio de quien desee destruirla como argumento en una negociación: son patrimonio de toda la humanidad.
En ese contexto, el “cese al fuego” debería hacernos pensar. No es el triunfo del derecho ni de la institucionalidad internacional. Es, en el mejor de los casos, una pausa en la aplicación de la fuerza y, en el peor, la consolidación de una lógica en la que la fuerza, la destrucción y el caos provocado conscientemente, precede, condiciona y define cualquier acuerdo.
Esa situación va más allá de la mera imposición sin sanción de la voluntad de los más fuertes y la pregunta que plantea es si será visto en el futuro sólo como un exceso puntual, propio del carácter de quien hoy gobierna a una superpotencia, o como la confirmación de una horrible tendencia.

Desgraciadamente todos los análisis expuestos en este medio, tienen el problema que se desvían, pierden el norte criticando a Trump, por ser disperso, imprevisible, grosero, tosco, etc, etc, pero es tanta esa pasión que pierden el norte. En RRII no hay amigos, compadres ni menos relaciones carnales, brutalidad dicha por un pdte argentino. Solo hay intereses que pueden ser convergentes o divergentes. Nada se dice que la ONU se perdió e incluso se prostituyo en una maraña de zánganos qué ganan mucho y hacen poco. Su norte era la paz mundial, hoy incursionan en salud, educación, migraciones, economía, familia….y el mundo se incendia…. Nada se dice de la invasión de Putin y Rusia a Ucrania, del abuso de China con su pueblo sin cumplir normas laborales, agredir al Tibet y Mongolia, amenazar a Taiwan…..El mundo siempre ha sido y será así, rige la ley del más fuerte. Demos gracias qué este imperio es el menos malo que ha habido para los valores de la libertad y democracia.