confianza

La confianza, ese ingrediente indispensable para el desarrollo social y económico en las naciones que practican la democracia, ha devenido en uno de los bienes más escasos que existen actualmente en Chile. Hace ya años que, golpeada por un escándalo tras otro, por un desengaño tras otro, por una chapuza tras otra, viene decayendo sin pausa entre nosotros. Pocas sociedades democráticas exhiben los paupérrimos niveles de confianza que se verifican en nuestro país.

Se trata no sólo de un recurso imprescindible para el desarrollo de las organizaciones, instituciones y empresas, sino que sobre todo para el funcionamiento de la propia democracia. Cuando la desconfianza lo invade todo, penetrando hasta los más profundos intersticios de la trama social, la anomia se apodera de los ciudadanos y los márgenes de acción y maniobra de los líderes democráticos, también ellos expuestos a la desconfianza generalizada, se reducen peligrosamente.

Después de un muy mal año, el 2023, que la vio mermar hasta alcanzar niveles críticos, en lo que va de éste -apenas una veintena de días- lo poco que quedaba de confianza se ha casi esfumado en algunos sectores. Las principales instituciones, con la notable excepción de las policías (y, desde luego, bomberos), han visto decaer hasta la insignificancia la confianza que depositan en ellas los ciudadanos. A algunas, como el sistema político, ya casi no les queda nada. Y lo que es peor, la democracia, que en el mundo está experimentando una preocupante crisis, ha comenzado aquí a acumular un descrédito creciente.

Estamos entonces ante una situación grave que desafía a todos los líderes y autoridades, antes que a ellos mismos los arrastre inexorablemente el tsunami de la desconfianza. Todas las iniciativas y acciones debieran ser evaluadas, antes de su implementación, en función del potencial de creación -o destrucción- de confianza que pueden generar. Habrá que decir que en muchos casos este ejercicio resulta del todo trivial, por lo que ponerlo en práctica no presenta un esfuerzo mayor.

Un ejemplo paradigmático se puede encontrar en los encuentros organizados por Pablo Zalaquett que se han conocido recientemente, y con amplia publicidad, entre ministros y ejecutivos de empresas privadas, es decir, entre reguladores y regulados. Su resultado previsible -¿se podía esperar otro?- ha terminado destruyendo confianza, con efectos negativos que podrían ser perdurables. Más allá de las disposiciones legales que regulan reuniones de esta naturaleza, un mínimo test de creación o destrucción de confianza habría mostrado la inconveniencia de llevarlas a cabo.

Lo cierto es que la amenaza de la anomia -cuando las instituciones que entregan sentido se vuelven inoperantes- acecha a la vuelta del camino. Todos quienes detentan cargos de responsabilidad en los cuales se ejerce la autoridad, debieran actuar con particular esmero respecto a esta materia. No son tiempos para dejar estas cosas libradas a la evaluación subjetiva, ni mucho menos a la liviandad que todavía parece estar imperando. El cumplimiento escrupuloso del marco normativo es la forma inequívoca de proceder, sobre todo cuando la confianza comienza a escasear peligrosamente entre nosotros.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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1 Comment

  1. Concuerdo con que la recuperación de la confianza es la primerísima prioridad.
    ¡El Consejo para la Transparencia no puede sesionar por falta de integrantes!

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