El ex Presidente Gabriel Boric ha realizado una autocrítica de su mandato que cabe valorar sin reservas. Su reconocimiento respecto de los retiros de fondos de las cuentas de ahorro previsional -fue “un gran error” según sus propias palabras- cobra importancia de cara a los intentos de un cuarto retiro que suelen resonar de cuando en cuando en los pasillos del Parlamento. No es frecuente que un ex gobernante se pronuncie con semejante claridad respecto a los yerros de su mandato y que hasta exprese arrepentimiento por ello. Es una rareza que ninguno de sus antecesores practicó con tanta crudeza, entre otras cosas porque no incurrieron en desatinos de ese calado.
Con todo, fue una autocrítica que no se refirió al aspecto principal que dio vida a la llamada nueva izquierda y, por consecuencia, al gobierno que encabezó Boric: la refundación de Chile. Se trata de un yerro de proporciones extraordinarias en el que incurrió una generación de jóvenes políticos, supuestamente la más educada de nuestra historia republicana, cuando se propuso ni más ni menos que refundar la nación más desarrollada de América Latina, aquella que exhibía inequívocamente los mejores indicadores sociales de la Región.
Sigue siendo un misterio cómo fue que esa generación, que creció en el Chile que por primera vez en su historia se puso a las puertas del desarrollo, donde disminuía la pobreza como en ninguna parte de América Latina, y donde había emergido la clase media más extendida del continente como proporción de la población, aspiró a la tabla rasa de la retroexcavadora (aunque esta funesta imagen fue puesta en circulación por un político de la Concertación, el entonces diputado del PPD Jaime Quintana). Ese grueso error político fue el que finalmente le pasó la cuenta electoral más elevada a la izquierda en más de medio siglo: en el plebiscito de septiembre de 2022, cuando el proyecto refundacional fue rechazado por amplio margen, y en la elección presidencial de diciembre pasado.
La refundación tenía base en dos ideas disparatadas: la superación del capitalismo y la sepultura del neoliberalismo. En los hechos implicaba la interrupción de la modernización capitalista que había puesto a Chile a la cabeza de las naciones más prósperas de América Latina. Este fue el principal despropósito de quienes, ignorando la abundante evidencia sobre el progreso del país, se propusieron hacer borrón y cuenta nueva.
Nada de esto asomó en la autocrítica del ex Presidente Boric. Y es que reconocerlo tendría una inevitable consecuencia identitaria. Es sobre la base de un anticapitalismo a ultranza que se forjó la identidad política del Frente Amplio. La modernización capitalista fue el blanco móvil por excelencia de la naciente nueva izquierda. Todo indica que, después de todo, lo sigue siendo.
Y, sin embargo, si la autocrítica de Boric alcanzara esa profundidad quizás el sector político que lidera dejaría definitivamente atrás la aspiración refundacional que lo animó en la década pasada, que fue la que lo llevó a gobernar en La Moneda -un logro político de proporciones- pero que fue también la causa de sus históricas derrotas del último tiempo. Pero, sobre todo, sería reconocer que la de septiembre de 2022 no fue una batalla perdida en el contexto de una guerra que la izquierda todavía podría seguir dando, sino que la clausura de un proyecto político que el país rechaza abiertamente. Mucho ganaría el país si el fantasma refundacional fuera, este sí, sepultado definitivamente en una tumba.

Dios lo quiera
Boric nuevamente ha declarado ser socialista y no hemos visto que se retracte de estar a la izquierda del Partido Comunista.
Es una sombra para el desarrollo del país la popularidad que hoy tiene Boric y se perfila como un candidato válido para el 2029. Es algo no entendible.