Kundera

Este 1 de abril, Milan Kundera, ese icónico disidente del comunismo -que nunca quiso serlo- habría cumplido 95 años de edad. Murió en el exilio francés. Un exilio obligado y auto-asumido. Kundera, junto a Václav Havel y al ruso Aleksander Solzhenitsyn, son claves para entender aspectos muy importantes, y a la vez menos conocidos, de la Guerra Fría.

Importantes, porque no todo fue carrera armamentista, conspiraciones o juegos de espías. Tampoco una disputa tecnológica por conquistar el espacio. La Guerra Fría fue algo más que un perpetuo temor al apocalipsis nuclear.

Uno de esos aspectos fue el auge y declive de las ideas comunistas. En dicha línea, los tres fueron fundamentales. Coincidían en que la desilusión con aquella forma de ver el mundo no ocurrió por disconformidades teóricas, sino por observaciones directas en Europa, Asia, África y en América Latina.

También coincidieron en su diagnóstico respecto al lugar donde se produce el impacto más negativo de aquellos regímenes. De manera unívoca subrayaron el espacio personal. La asfixia colectivizante y el afán de buscar el igualitarismo absoluto generan en las personas una sensación espiritualmente empobrecedora. Algo así como estar viviendo en pecado.

Solzhenitsyn lanzó grandes luces humanistas sobre esas áreas terriblemente oscuras del totalitarismo. Describió la cotidianeidad en sus campos de concentración. Archipiélago Gulag y Un día en la vida de Ivan Denisovich constituyen el núcleo de su obra. Tras partir al exilio, quedó asombrado -lo mismo que Bukovski (el canjeado por Luis Corvalán)- con la cantidad tan numerosa de personas que hacían de “tontos útiles”. Eso conducirá a un retorno a los nacionalismos, advirtió. El problema ruso al final del siglo XX y Alerta a Occidente forman el otro gran núcleo de su obra. Havel, por su lado, demostró cómo la sensibilidad artística puede conectar con los desafíos políticos y con las demandas de una nación deseosa de libertad. Ingresó a la historia como símbolo del sentido común ciudadano.

Kundera fue el polo opuesto. Especialmente de Havel. Quizás por eso nunca congeniaron. Incluso, se negó a volver a su natal República Checa una vez caído el comunismo. A diferencia de Havel no disfrutaba de los grandes escenarios. Prefería que sus obras hablasen por él. Por eso, negó ser disidente.

Sin embargo, se convirtió en un excepcional diseccionador del comunismo y en un europeo fragmentado.

Su novela La Broma es un esclarecedor texto de lo irreconciliable que es el humor en las sociedades totalitarias. El leninismo en todas sus variantes aborrece la ironía. Por eso, los llamó agelastas (los que no saben reír). En esa novela, Kundera relata cómo a su joven protagonista, a quien llama Ludvik, se le ocurre hacer una broma sencilla y envía un mensaje por correo a su novia Marketa. En el texto, hace ironías políticas sobre los cerebros radiantes que -consciente o inconscientemente promueven el totalitarismo, y cita a Trotsky. Se desencadena lo inevitable. Su carta es leída por las autoridades, se le expulsa de la universidad y sus compañeros y vecinos, ante el peligro que representa su sola presencia, le retiran el saludo. Comienza así a hundirse en una sucesión de dimes y diretes procesales kafkianos. Termina condenado a trabajar en unas minas de uranio. Allí descubre que para sobrevivir adecuadamente con los agelastas se debe recurrir al cinismo extremo y cotidiano. Todo es mentira; todos saben que se debe mentir para sobrevivir. Gobernantes y gobernados.

La situación personal y profesional de Kundera se hizo insostenible después de la invasión militar de 1968. La “gobernanza” autónoma checa, con claros trazos liberales y que afloraba con fuerza, no se condecía con la realidad geopolítica mundial. Tampoco con la ideología imperante en Europa oriental. Brezhnev estimó necesario cambiar la mani militari y reemplazarla por otra “gobernanza”. Más ad hoc. Por eso le llamaron “normalización”.  

Esa misma medicina habían aplicado en la década previa en Hungría. Y también, aunque de forma aislada, en la Alemania oriental y en Polonia. Fueron episodios que Kundera denominó fragmentación del Viejo Continente. Plasmó sus opiniones un texto magistral. Un Occidente secuestrado. La tragedia de Europa central. Todo fue trágico, decía. No se trató de un cambio brusco de la clase gobernante; de unos apparatschiks por otros más dóciles. No. Las invasiones militares se decidieron cuando los guardianes de la verdad leninista estimaron que las liberalizaciones estaban terminando con el principio básico y sagrado de aquellos regímenes, cual es acabar con la individualidad.

En ese texto, Kundera va aún más lejos. Sostiene que “no es Rusia, sino el comunismo, el que priva a las naciones de su esencia, y del cual, por cierto, el pueblo ruso es su primera víctima” (p. 48). Además, advierte, ante esa sorprendente cantidad de elementos periféricos y fisgones que tiene el comunismo. “Se trata de una ideología “profundamente anacional y antinacional” (p.49).

Eligió Francia para su exilio obligado. Quería observar de cerca la fragmentación europea. Desde allí produjo otras novelas notables. En la misma línea de las anteriores, pero con resonancia mundial. La insoportable levedad del ser fue quizás su obra emblemática.

Ahí, y en varias otras, insistió en alertar sobre los efectos de las ideas totalitarias y sus formas más sutiles de dominio. Hablaba de socialismo kitsch para referirse a excesos no directamente relacionados con la represión policial, sino con las formas vulgares de los apparatschiks. Esas cuestiones mundanas, donde tratan de expresar superioridad cultural sobre el resto de los mortales.

En otras palabras. Así como Marx pretendía haber descubierto leyes científicas de la sociedad humana y Lenin desarrolló los métodos de aplicación, la aplicación posterior de esa ideología incluyó la evocación de principios estéticos y morales. Kundera alerta que casi por regla lo hacen de manera rústica y grosera. El socialismo kitsch sentimentaliza el poder a través de la demagogia.

En más de alguna observación apuntó a Elena, la esposa de Nicolae Ceauscescu en Rumania como uno de los más grandes símbolos de lo kitsch. Como se sabe, el régimen la elevó a la categoría de primera científica del país. La maquinaria diplomática del régimen solicitaba en el extranjero que le otorgasen doctorados honoris causa y que le hicieran reconocimientos académicos. Elena Ceauscescu representaba un igualitarismo falso y un avance científico inexistente. A Elena Ceascescu se le adjudicaba la autoría de miles de textos de ciencia, que, obviamente, no escribió. No sólo no era ingeniera química, como decía la biografía oficial, sino que jamás terminó carrera alguna. Socialismo kitsch.

Aunque en América Latina se hablan otros dialectos del leninismo, esta observación kunderiana es plenamente visible. ¿No es acaso eso lo que se observa en Nicaragua con Rosario Murillo? Un régimen sostenido en una represión policial inaudita, pero también en una brujería chabacana. ¿No se repite eso en las recientes descalificaciones de Maduro a Pepe Mujica, rayanas en una vulgaridad inconcebible?. Ya lo había demostrado el propio Chávez cuando en 2007 denostó al entonces Secretario General de la OEA con palabras de una zafiedad y ordinariez nunca antes vista. Socialismo kitsch.

Kundera no fue un novelista sencillo. Para entender sus observaciones es necesario recurrir a más de una novela y a más de una conferencia. Se mantuvo lejos de los medios de prensa. Consultado hace años en un seminario organizado por Letras Libres, contestó sobre este punto: “1) El entrevistador te hace preguntas que le interesan a él, pero que no te interesan a ti; 2) de tus respuestas, sólo utiliza las que le convienen; 3) las traduce a su vocabulario, a su forma de pensar”.

No cabe duda que fue la némesis de Havel. El ex Presidente checo era más político que otra cosa. Un disidente extrovertido. Un estadista gozador del cosmopolismo. Siempre buscando algún escenario.

El novelista no-disidente tenía 94 años de edad cuando falleció en Francia en julio del año pasado.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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2 Comments

  1. Deduzco que, en nuestro país, tambien algunos recientemente encumbrados al poder practican el socialismo kitsch, aunque últimamente han estado de capa caída.

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