Como periodista con base en Lima, me correspondió reportear la Guerra de Centroamérica, con epicentro en Nicaragua y ramales en Honduras y Costa Rica. Deambulé, así, entre la frustración de quienes esperaban que la revolución que derrocó a Anastasio Somoza II se institucionalizara democráticamente y la fuerza de quienes querían convertirla en una segunda Cuba. Pocos preveían que, tras una serie de elecciones poco ortodoxas, el proceso daría una vuelta en U, para volver al punto de partida. Hoy sabemos que Daniel Ortega, el comandante que se impuso a sus pares e impares, se ha convertido en un dictador tan implacable como Somoza II, al que contribuyera a derrocar en 1979. Lo que sigue es una memoria reporteril e interpretativa de los inicios de esta fascinante historia.
9 «fidelitos»
En julio de 1979, previendo la rendición de la Guardia Nacional y la renuncia del dictador Anastasio “Tacho” Somoza -hijo de Anastasio I-, el presidente de los EE.UU., Jimmy Carter, promovió una ayuda sustancial a Nicaragua. El plan era apoyar a las élites liberal-conservadoras, preservar la parte menos contaminada del ejército somocista e influir en el “sector moderado» del guerrillero Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Objetivo: institucionalizar democráticamente el país e impedir una “segunda Cuba”
Fue una rectificación tardía de la política norteamericana de rechazo apriorístico a Fidel Castro, iniciada, en 1959, por el vicepresidente Richard Nixon. Ante tal rechazo, el líder cubano había buscado la sombrilla soviética y se había convertido en un gobernante absoluto, vitalicio y en parte frustrado. Esto porque sus “focos guerrilleros”, a escala continental, estaban derrotados y en el boliviano había muerto incluso el “Che” Guevara.
Sin embargo, veinte años después reverdecía en Nicaragua una siembra de jóvenes castristas aguerridos, liderados por Tomás Borge y los hermanos Daniel y Humberto Ortega. A esa altura Castro los había unificado con otros dos grupos radicales y con Edén Pastora, francotirador famoso, más conocido como “Comandante Cero”. Eso era el FSLN.
Con una dirección a cargo de nueve “fidelitos” -como los llamaban en Managua-, autopromovidos como “comandantes”, el FSLN contaba con pocos civiles en activo. El más notorio era Sergio Ramírez Mercado, joven intelectual y marxista-gramsciano, quien solía terminar sus discursos con un sonoro “Patria libre o morir”. Por cierto, sonaba muy parecido al lema castrista “Patria o muerte”.
La opción, entonces, ya no era la utopía de Carter. Los jóvenes del FSLN estaban dispuestos a gobernar hasta envejecer, pues “no rifarían el poder”, como decía su lema interno. La única incógnita era si seguirían liderados por un colectivo de clones de Castro o si el tiempo decantaría un líder máximo entre ellos.
Gran tema internacional
Desde entonces Nicaragua estuvo en la gran noticia internacional, pues reponía el hasta entonces fracasado modelo castrista. En mis análisis para la revista Caretas expuse su desarrollo en cuatro etapas:
1) Asimilación ideológica del patriota histórico nacional. Así como el cubano José Martí se convirtió en precursor del neocomunismo de Castro, César Augusto Sandino mutaría en el precursor del neocastrismo nicaragüense.
2) Rechazo a priori de una buena relación con los EE.UU., por su sistemático apoyo a la dinastía Somoza. Los “nicas” solían recordar que, para Theodore Roosevelt, el primer Anastasio “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.
3) Refundación del ejército, con base en los guerrilleros triunfantes y el rechazo a los “profesionales» de la Guardia Nacional.
4) Designación de una “Junta de Reconstrucción Nacional”, que integraba a un comandante guerrillero (Daniel Ortega), un sandinista civil (Sergio Ramírez), un rector universitario con militancia sandinista oculta (Moises Hassan) y dos notables con talante democrático reconocido: Violeta Chamorro, viuda de un periodista y empresario asesinado por sicarios de Somoza, y Alfonso Robelo, empresario y líder de un partido antisomocista. Esta Junta, inspirada en el “moderado” primer gobierno de Cuba revolucionaria, daría confianza en un futuro cercano de elecciones competitivas… mientras las tres etapas previas se consolidaban.
En resumidas cuenta, era una Junta placebo.
En Lima con Violeta
Poco duró la cuarta etapa. Pronto Violeta Chamorro renunció a la Junta, Robelo se exilió en Costa Rica y el famoso Edén Pastora desertó del FSLN para combatirlo. En paralelo, Humberto Ortega, a la sazón jefe del nuevo ejército, daría el puntillazo a la castrificación de Nicaragua. El 23 de junio de 1981, en discurso ante una asamblea de oficiales y milicianos, declaró que política sandinista estaba guiada por “la doctrina científica de la revolución marxista-leninista”.
A esa altura del proceso -hoy novelado por un Sergio Ramírez perseguido y exiliado- pude entrevistar en Lima a Violeta y a su hijo Pedro Joaquín Chamorro. Ambos elogiaron la transición pacífica a la democracia peruana, conducida por el general Francisco Morales Bermúdez, pero fueron cautelosos sobre su propia y frustrada experiencia nacional. La excepción fue la respuesta de Pedro Joaquín a mi pregunta sobre el rol de Cuba en su país. La respondió con precisión de buen periodista: “Existe asesoría cubana en los ministerios más importantes y en el Ejército. En el sector de las comunicaciones hay mucho cubano. Su presencia exagerada ha provocado reacciones adversas de nicaragüenses que se sienten heridos en su nacionalismo”.
Ya era un hecho. Si Carter no pudo impedir una segunda Cuba, el irrepetible Castro sí pudo clonar su revolución.
42 años después
Tan fascinante proceso captó el interés máximo de nuestro director Enrique Zileri. Ahí mismo comenzó a fraguar un reportaje presencial, con gran despliegue fotográfico, sobre la que ya comenzaba a conocerse como “la guerra de Centroamérica”.
Así fue como en Caretas del 2 de mayo de 1983 apareció la siguiente y escueta información: “El Comandante Cero habría iniciado acciones armadas contra el gobierno sandinista, ayer domingo 1° de mayo. Un equipo integrado por José Rodríguez Elizondo y Fernando Yovera viajó a Managua esperando el Día D.”
Aquello cuajó en un reportaje serial de 15 días tensos, en Nicaragua, Honduras y Costa Rica. Allí fotografiamos e interrogamos a los más contrastados actores del conflictivo proceso nicaragüense. Si hay tiempo y buena memoria actualizaremos su recuerdo, pero advirtiendo que su historia no ha terminado. Es que, tras 42 agitados años, Somoza murió asesinado en el exilio, se esfumaron ocho de los nueve comandantes y el que quedó, Daniel Ortega, los reemplazó por Rosario Murillo, su esotérica y extravagante esposa.
Con dicha pareja en el dormitorio de mando, cualquier atisbo de democracia hoy es ilusorio, pues ambos adoptaron la pésima costumbre de encarcelar a sus opositores más importantes. Siete candidatos presidenciales están tras las rejas y, entre ellos, vaya simbolismo, Christiane, hija de Violeta Chamorro.
Por eso, Ortega podrá seguir con su mala imitación de Castro y, seguro, espera morir en el poder. Pero su imagen ahora se identifica con la del último Somoza, el oprobioso dictador a quien el FSLN derrotara al inicio de esta memoria.
El efecto ha sido inevitable: tras las recientes “elecciones” entre comillas, no hay gobiernos ni políticos democráticos dispuestos a reconocer, explícitamente, que los Ortega-Murillo son los legítimos gobernantes de Nicaragua.
