¿Por qué en el cosmos hacemos milagros, mientras que en la vida cotidiana no garantizamos en ocasiones lo más imprescindible?
Mijail Gorbachov. La Habana, 1989.
Mijail Sergevitch Gorbachov no pudo pasar agosto, EL mes mortífero según nuestro folclor. Aunque en la cultura de las rr.ss. sea sólo una nota de pie de página –“último líder de la Unión Soviética”-, para cualquier analista senior fue uno de los estadistas más importantes del siglo XX. Para mí fue el “líder de La Mancha” y no por su lunar de sangre en la calva, sino por el talante quijotesco que tuvo su andadura.
Por eso, tras su desaparición imagino un escenario celeste, como el descrito por Oscar Wilde, desde el cual Jesús ordena a su ángel más transversalizado: “ve a la tierra y tráeme el alma del político que mejor haya entendido lo que yo dije”. Dicho ángel, que de veras era pluralista, vuela directo a su objetivo y le trae el alma fresca de Gorbachov. Un ángel conservador protesta, persignándose. “Es un alma comunista y atea”, dice. Pero Jesús, parafraseando al Dios Padre de El Príncipe Feliz, lo corta en seco: “Has elegido perfectamente” dice a su ángel primero.
Salvar a todos
Que me excusen los doctrinarios de la política o la religión, pero sólo así, parabólicamente, me explico la asombrosa performance de Gorbachoven esta tierra. Es que allí donde sus predecesores ponían como frontera de sus acciones el interés de su Partido Comunista y el poder global de su imperio, él, con inspiración salvífica, llevó su liderazgo más allá de esos límites. Incluso más allá de la intocable nomenclatura del marxismo-leninismo.
Enarbolando un “nuevo pensamiento”, con base en la transparencia operativa (glasnost) y la reestructuración (perestroika) de la Unión Soviética, recondujo la estrategia y las políticas de su superpotencia, para hacerla coincidir con el interés global de propios y extraños.
En lo interno, ese vuelco reconocía prioridad a los derechos más humanos de los humanos, aunque ello significara quemar los dogmas ideológicos que había adorado. Esto es, aunque debiera enfrentar los intereses creados de la burocracia soviética y terminar con el monopolio político de su propio partido. En lo internacional, aquello implicaba renunciar a las baladronadas de sus predecesores y asumir que el equilibrio del terror -la amenaza de una guerra termonuclear- marcaba un límite objetivo para la teoría de la lucha de clases. “Por primera vez surge un interés humano común, real y no especulativo, para salvar a la humanidad del desastre”, reza un párrafo clave de su libro Perestroika. Mi mensaje a Rusia y al mundo entero.
Ojo: no era simple buenismo desinformado. En modo misterioso, era una versión laica y remasterizada del “amaos los unos a los otros”.
La confianza y sus peligros
El nuevo pensamiento gorbachoviano expresaba una transición pacífica inédita: desde el totalitarismo, con partido único, economía central planificada, superdesarrollo militar y subdesarrollo civil, hacia una democracia con pluralismo político, economía social de mercado y equilibrio civil-militar. Se escribe fácil pero, de hecho, era la cuadratura del círculo. En lo principal porque significaba iniciar una revolución nueva, liderando un partido cuyos 20 millones de militantes eran operadores y beneficiarios de una revolución vieja.
La historia dejaría en claro (tristemente) que Gorbachov sobreconfió en el poder de su cargo y en la racionalidad de su proyecto. Sobre lo primero, porque sabía que, con la sola excepción de Nikita Jruschov, los sumos jerarcas soviéticos morían en el poder. Sobre lo segundo, porque creía que los descontentos con su destino ya no aceptaban que instalar gente en el espacio fuera una buena excusa para malvivir en la tierra. O porque pensaba, quizás, que la quejumbre del homo sovieticus era de tan alta intensidad, que sensibilizaría a la mayoría de los disciplinados militantes.
Decodificando, Gorbachov subestimó la fuerza del orgullo imperial y el calado religioso de ese aforismo militante según el cual “prefiero estará equivocado dentro del partido que tener la razón en su contra”. Como ejemplo de su confianza laica, léase el siguiente párrafo del discurso que pronunciara en 1990, ante el XXVIII Congreso del Partido: “Ha pasado para siempre la época en que se podía recibir del Comité Central una especie de mandato para dirigir el distrito, la ciudad, la provincia y la república y estar en el puesto hasta dar el último suspiro, al margen de cómo se dirigieran las cosas y de lo que la gente pensara de cada uno”.
La prosaica realidad le confirmaría que en política no hay un “para siempre” y que, por modestos que sean, los privilegios de los operadores políticos pesan un montón. Entre 1986 y 1991 el líder debió enfrentar la tragedia nuclear de Chernobil, la separación de Ucrania y otros Estados de la Unión, la caída del muro de Berlín, sabotajes internos y conspiración de militares.
La secuela culminaría con un puntillazo feroz: un golpe de Estado imperfecto, pero que terminó sacándolo del poder y condenándolo al exilio interior.
Éxito en el exterior
Si Gorbachov no fue profeta en su tierra, fuera de ella su éxito fue espectacular.
De inicio hubo desconfianza. Ya Jrushov había proclamado una política de “deshielo” con Occidente, que terminó con la crisis de los misiles de 1962 y un conato de guerra nuclear. El nuevo líder ofrecía una política de calidez novedosa e invocaba “la vida espiritual de nuestro pueblo”, pero no renunciaba a Lenin sino que lo reinterpretaba.
Ergo, a los líderes de Occidente les costaba creer que algo bueno podía venir desde el “imperio del mal”, como había definido a la Unión Soviética el presidente norteamericano Ronald Reagan. Les parecía imposible que un jefe comunista pudiera trasladar los 80 o más tomos de las obras de Marx, Engels y Lenin, desde los altares a las bibliotecas.
Fue la diplomacia personal de Gorbachov la que le abrió las puertas. Apoyado en su bella e intelectual esposa Raisa, en su proyecto humanista sin dogmas y en trajes de buen corte con corbata al tono, conquistó rápido el afecto de los líderes europeos. Un rol especial jugó su franco diálogo con el Papa Juan Pablo II y con la muy conservadora Margaret Thatcher. “Con este hombre se puede hacer negocios”, confidenció la Dama de Hierro al muy conservador presidente Reagan, su amigo personal y político, quien tomó ese endoso como palabra divina.
Fue el inicio de una bella amistad. Pronto el soviético se convirtió en “Gorby” para el norteamericano y éste en “Ronnie”, para Gorbachov. Tras 40 años de Guerra Fría -con despilfarrante Guerra de las Galaxias incluida-, un jefe comunista iniciaba un paseo triunfal en el corazón del mundo capitalista, conquistaba una portada en la revista Time, era bendecido por un Papa polaco y obtenía el Premio Nobel de la Paz. En cuanto a trabajo real, ambos flamantes amigos ponían firmaban acuerdos estratégicos para liquidar arsenales nucleares, forjar una “casa común” en Europa y así aliviar la colapsada economía soviética.
En 2009, desde su dacha moscovita, un nostálgico Gorbachov recordaría así esa fantástica relación: “Un dinosaurio y un bolchevique llegaron a acuerdos históricos, porque algunas cosas deben estar sobre las convicciones ideológicas”.
Balance agridulce
El Líder de la Mancha murió entre discutido y vilipendiado en su tierra, pero sentó las bases necesarias para que su población se liberara del totalitarismo y para que el mundo disfrutara el fin de la Guerra Fría.
Para ese efecto demolió la sagrada tesis de la dictadura de su partido y desactivó cuatro dogmas funcionales: 1) La lucha de clases en interés de la clase obrera cedió el paso al interés común de la humanidad. 2) La coexistencia pacífica como método para llegar al socialismo sin guerra mutó en la coexistencia pacífica para evitar la guerra aunque no se llegue al socialismo. 3) El intervencionismo en “defensa de la patria socialista” (doctrina Brezhnev) cedió el paso a la autonomía política de los países del campo socialista. 4) El repudio teórico a la Tesis de la Convergencia con el Capitalismo cayó ante la liberación fáctica de los mercados.
Aquello no fue el fin de la historia pues, como hemos dicho, el “para siempre” no existe. Pero, por tres décadas, los humanos se percibieron a salvo del apocalipsis termonuclear. Que no es poco decir.
Entremedio -y así lo entiende nada menos que Henry Kissinger- los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN contribuyeron a la interrupción de esa noble certeza. Primero, porque los sucesores de Reagan no asumieron que Gorbachov fue un visionario patriota ruso. Luego, porque vieron la implosión soviética como una victoria definitiva de Occidente. Como efecto en desarrollo, hoy la Rusia de Putin trata de “recuperar” Ucrania, al costo eventual de una catástrofe mundial de tercera generación.
Eso no quita mérito a la increíble quijotada de Gorbachov. Sólo confirma que si no hay totalitarismo que dure cien años, tampoco hay sabiduría política que dure para siempre.
José Rodríguez Elizondo, Periodista, escritor y Premio Nacional de Humanidades 2021.
