La situación de Ucrania, país clave para la estabilidad europea, se ha tornado crítica en la medida en que la paciencia estratégica rusa se está acabando ante la creciente influencia occidental en Kiev. Para Rusia la situación ucraniana debe modificarse a su favor prontamente; si no, teme la expansión de la OTAN hacia sus fronteras. La expansión de la organización militar occidental, heredada de la Guerra Fría, resulta ya intolerable para una Rusia que, si bien goza de un territorio enorme, a lo largo de los siglos se ha sentido amenazada desde el extranjero.

Frente al inédito despliegue militar ruso cerca de las fronteras ucranianas, Occidente ha tomado dos caminos: uno comandado por los Estados Unidos y el mundo anglosajón; el otro, liderado por Francia dentro de la Unión Europea. Mientras los primeros han tomado una postura alarmista, de inminente quiebre de la seguridad europea, los segundos siguen con su tradición diplomática de diálogo con Rusia, en pos de construir un orden europeo estable y autosuficiente.

En este escenario de alta tensión euroatlántica, surge la figura del presidente francés que, siguiendo la tradición gaullista, persigue una política exterior autónoma, con una Europa que recobre su protagonismo en la escena internacional. Macron viajó a Moscú y después a Kiev, en una diplomacia presidencial que busca la desescalada del conflicto y, de paso, la configuración de un nuevo orden europeo.

La reunión entre Macron y Putin duró más de 5 horas, mientras que la con el líder ucraniano, Volodymyr Zelenski, alrededor de la mitad de ese tiempo. O sea, se dialoga más con el adversario, con el interlocutor principal de esta historia europea, para lograr -en palabras de Macron- el inicio de un proceso que, si bien no tiene plazos ni un camino claro, permite por lo menos distender a las partes involucradas y que tanto rusos como ucranianos se vuelvan a sentar en la misma mesa.

Toda esta complejidad diplomática tiene lecciones que dar para nuestra región y Chile en particular. La crisis migratoria en el norte chileno tiene muchas aristas y explicaciones, pero queda sumamente claro que el casi inexistente diálogo con Bolivia se ha traducido en una nula cooperación boliviana en este delicado asunto. Y, por cierto, más de 40 años sin relaciones diplomáticas no salen gratis. En más, por acción u omisión, desde La Paz nos recuerdan que hay aún asuntos pendientes en la agenda bilateral.

Pero también en el plano interno la actitud de Macron nos da lecciones. El conflicto histórico en la llamada Macrozona Sur es un ejemplo también de la crónica falta de diálogo político. El presidente francés nos indica que con los adversarios hay que hablar el doble de tiempo, con paciencia y dedicación para hallar nuevas soluciones a viejos problemas. Y tanto en el caso de Bolivia como con el conflicto mapuche, son problemas heredados desde el siglo XIX. Entonces ya es hora de crear las condiciones para que fluya más el diálogo, por complejo que sea, y menos el histerismo alarmista, siguiendo el estilo y visión  política de largo plazo del presidente de una potencia nuclear que también apuesta por un mundo más multipolar; en donde no todo se reduzca a la confrontación sino-americana y sus consecuencias globales.

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