Tratando de dilucidar las causas de lo que observamos hoy en los escolares descubrí que, exactamente después de que se declarara la pandemia por Covid, escribí un artículo que trataba acerca del impacto en la salud mental que tendrían las medidas de aislamiento y distanciamiento social a todo nivel en nuestra sociedad. En especial porque veníamos ya tambaleando como resultado del estallido social y porque previo a este ya teníamos resultados de varios estudios que señalaban la mala calidad de la salud mental de los chilenos, las altísimas tasas de consumos de marihuana en escolares y el aumento de los suicidios adolescentes, el consumo de medicamentos para dormir, para la atención, la concentración y la ansiedad. Suma y sigue.

Me referí también en esa oportunidad a “la otra pandemia”, la de los trastornos de salud mental y violencia intrafamiliar (VIF) producto del encierro, y sugerí que la reincorporación a clases fuese paulatina, que se tomaran al menos dos semanas con talleres de media jornada entre los alumnos para hablar y tratar lo ocurrido durante el encierro. Las enfermedades, muertes, miedos, angustias propias de la incertidumbre que todos vivimos en esa época. Pero que comenzaran antes con actividades similares los profesores.

¿Qué ocurrió que hechos tan previsibles no se observaron antes de la incorporación al colegio? Yo no inventé nada nuevo, es el simple y sencillo ejercicio de tomar datos fidedignos y analizarlos llegando a conclusiones que podrían habernos evitado el tremendo malestar en el que se encuentran los escolares en este momento. 

Por último y no por esto menos importante, los estudios pre pandemia respecto del uso indiscriminado de tablets y dispositivos electrónicos en el cerebro de los NNA en pleno desarrollo entregaban datos sorprendentes de las alteraciones conductuales, el descontrol de impulsos y la alteración en los circuitos cerebrales que su excesivo uso produce. 

Resultó que todas las campañas que se realizaron para visibilizar este problema y que rápidamente se transformaría en un problema de salud pública, quedaron totalmente suspendidos. El teletrabajo y las clases virtuales echaron por tierra todo lo construido porque era la única forma de seguir impartiendo clases.

Este es un factor detonante de conductas agresivas, tal como los señala el Doctor en Neurociencias Michele Desmurget en forma brillante en su libro “La fábrica de cretinos digitales” (2020).       

Entonces, tenemos violencia por el estallido social e incertidumbre, miedo y angustia por la pandemia. Encierro, aumento del consumo de alcohol y de los índices de VIF, clases virtuales aburridas, complejas de seguir y poco accesibles para muchos. Falta de socialización en etapas claves como la preadolescencia y adolescencia. Padres y profesores estresados (referentes directos de NNA) y uso indiscriminado de la tecnología.

Toda esta suma de factores son razones más que suficientes como para prever que el ingreso al colegio sería complejo. ¿Dónde están quienes debiesen tomar las decisiones basados en evidencias y no solo en el sentido común? No bastaba con los protocolos del Ministerio de Salud para prevenir el Covid. Una muestra más de que el bienestar socioemocional es de mínimo interés para las autoridades. 

A mi juicio esto es negligencia. Es la gran falla al desconocer la importancia de las emociones en el aprendizaje e insistir solo en lo académico. Es una hipótesis validada y confiable: sin emoción no hay aprendizaje. 

*Jacqueline Deutsch es psicóloga.

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