Hace tres décadas dejó de existir la Unión Soviética, un suceso que en general transcurrió de manera pacífica, sin intervención militar externa y que, desde el punto de vista político, fue del todo imprevisto. Nadie en el planeta, ni las elites ni los ciudadanos, imaginaron un acontecimiento de tal envergadura. Numerosas generaciones quedaron estupefactas.

Su repentina disolución dejó numerosas preguntas en el aire, las cuales en el transcurso de los años han sido abordadas desde distintas disciplinas y perspectivas. Sin embargo, las dudas centrales siguen sin respuestas convincentes.

¿Fue el fracaso de una alternativa consensuada al capitalismo?, ¿o el anquilosamiento de una gerontocracia imposibilitada de atender las demandas de las generaciones más jóvenes?, ¿o la incapacidad de abordar los desafíos tecnológicos de la guerra de las galaxias impuestos por Ronald Reagan?, ¿o simplemente la elite soviética optó por un salto al vacío al convencerse de la obsolescencia natural de su régimen?

Kissinger cuenta que el asesor de Gorbachov, Gennadi Arbatov, en las semanas previas a la desaparición de la URSS, y cuando su colapso parecía inminente, le comentó: “les vamos a infligir el mayor de los daños jamás pensado… los dejaremos sin enemigo”. Justamente en esa gran singularidad radica el impacto mundial de su abrupta desaparición. No había antecedentes de una superpotencia abandonando por voluntad propia la disputa por la supremacía. Se temió que la pulverización de uno de los ejes de la Guerra Fría pudiera provocar graves desequilibrios globales.

Por lo tanto, la excepcionalidad del colapso soviético invita a reflexionar acerca de esos momentos cruciales y definitivos, cuando un Estado avanza hacia al abismo y se abre a la posibilidad del suicidio. O, como dicen los astrónomos, cuando se produce su colapso gravitacional.

Se trata de un ejercicio nada fácil. Quizás por cierta apatía intelectual, esta conjetura es poco querida en los estudios internacionales. Muchos de los cultores de la disciplina prefieren refugiarse en la idea que los Estados caen en crisis interminables y pueden proclamar default mil veces, pero nunca quiebran. Sin embargo, el fin de la Guerra Fría arrastró también al suicidio a Yugoslavia (a través de una violencia interétnica inaudita) y a Checoslovaquia (mediante una transición pactada hasta en los más ínfimos detalles).

En tales colapsos gravitacionales se observan al menos tres elementos. Por un lado, la disolución de esa amalgama llamada identidad cultural, impidiendo visualizar un futuro en común (incluso para afrontar las crisis). Por otro, la autopercepción de ser inviable económicamente. Y, por último, la destrucción de las habilidades necesarias para mantener la cohesión por parte de la elite dirigente.

Ivan Krastev es probablemente el principal politólogo detrás de la hipótesis del suicidio de la URSS. Gran discípulo de Ralf Dahrendorf y actual director del Centro de Estrategias Liberales, rechaza la extendida idea del triunfo del liberalismo por sobre el comunismo. Sostiene que “el comunismo optó por el suicidio de los Estados que gobernaba como un gesto desesperación, al sentirse fuera de la historia”. La Guerra Fría -dice Krastev- fue para el comunismo un eterno dilema existencial, donde se incubaron los tres elementos señalados (La Luz que se Apaga, Debate).

Es hoy evidente que la elite alrededor de Gorbachov constató la inexistencia de una identidad común, pese al relato oficial durante 70 años, concluyó, además, que el modelo igualitarista no podía proveer los bienes apetecidos por las generaciones más jóvenes. En consecuencia, un futuro compartible se terminó evaporando.

De esta manera, el 25 de diciembre de 1991, se le puso lápida a esa experiencia histórica llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviética, y cada uno de sus estados miembros inició un camino autónomo y complejo, lleno de sorpresas e imprevistos. En ocho de las quince ex repúblicas estallaron sangrientas guerras. Otras seis repúblicas proclamaron su independencia de facto ante la indiferencia del resto del mundo (salvo Nicaragua, que reconoció a Abjasia y a Osetia del Norte -uno de los hechos más bizarros de los últimos años). Se desataron, en definitiva, procesos tumultuosos, que derivaron en un espacio geopolítico dominado por explosiones nacionalistas. Ese caleidoscopio con toda clase de configuraciones estatales fue la mejor confirmación que la URSS era un simple agregado de naciones amalgamadas por una ideología feble y gelatinosa.

El colapso soviético, al igual que el del austro-húngaro a inicios de siglo 20, cambió el mapa político mundial. Se inició un tránsito por vías enteramente nuevas. Rusia, por ejemplo, cuyos habitantes habían olvidado hasta la propia bandera de antes de la época soviética (asunto documentado incluso en fotografías oficiales con gruesos errores de colores y diseño), procedió a desmantelar el comunismo a la brevedad. Lo hizo de la mano de Boris Yeltsin, trasladando luego la fuente de poder a Vladimir Putin. Este aplicó mano dura e introdujo políticas emocionales capaces de movilizar a su población, consolidando una democracia iliberal, que no sólo revirtió el peligro de mayores fragmentaciones, si no que hizo de la iliberalidad una ruta mucho más imaginable que antes. Con los años, Rusia ha recuperado cierto status internacional, especialmente por sus poderosas capacidades tecnológicas, espaciales y militares.

Otro impacto impensado fue la acelerada introducción de la democracia liberal al estilo occidental en las naciones bálticas. Fue una de ellas, Estonia, con su temprana Declaración de Soberanía a fines de 1988, la que inició el histórico desmembramiento soviético. Hoy las tres, especialmente Estonia, se han convertido en potencias tecnológicas en el área de la computación y mantienen muy estrechos lazos militares con EEUU y la OTAN. En tanto, Bielorrusia, el pequeño país de los rusos blancos, es una especie de fósil viviente; una mini-URSS con los símbolos y aparatos represivos de antaño. A su vez, Ucrania, pese a su acendrado nacionalismo, no logra aún resolver las cuestiones centrales de Krastev -identidad cultural, viabilidad económica y cohesión de sus elites-, generando una ya larga inestabilidad con sus vecinos rusos.

De forma simultánea, en la antigua Asia soviética han surgido diversos Estados, con demarcaciones limítrofes imprecisas y conflictivas, generando sociedades caóticas. Algunos han alcanzado solidez económica gracias a sus riquezas petroleras y otros se han sumido en la pobreza, transformándose en polvorines. Sin embargo, en unos y otros, predominan dinastías familiares excéntricas y megalomaníacas. Trazos de aquella vida fueron retratados en el film Borat.

Transcurridos treinta años de tan excepcional suceso, las grandes preguntas sobre el suicidio soviético siguen inquietando. Sin embargo, se puede coincidir con Krastev en que los Estados -grandes, medianos o pequeños- gozarán de buena salud y enfrentarán sus problemas y crisis, siempre y cuando sus habitantes mantengan la idea de una identidad común, se sientan viables económicamente, sus elites mantengan la cohesión. En definitiva, cuando sientan que el futuro es una tarea a compartir.

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