Me sorprendió la liviandad de Elisa Loncón cuando calificó de “error” y asunto “personal” el fraude de Rodrigo Rojas. Después de todo, ella no es una convencional cualquiera sino la presidenta de la Convención, ni está hablando de un hijo de vecino sorprendido en una travesura, sino de uno de los máximos símbolos del estallido, que ganó una elección disfrazado de enfermo de cáncer y víctima del capitalismo.
No es un error, sino un caso de implicancias para nuestra democracia, cuando en una crisis profunda de confianza, uno de los héroes de la “primera línea”, que justificaba la violencia en las desigualdades que lo afectaban, resultó ser un impostor. No es un error porque actuó premeditada y fríamente para defraudar la fe pública y la de 18 mil electores que votaron por el enfermo de cáncer, excluido del sistema de salud y endeudado para pagar costosas clínicas que salvaran su vida; porque, además, falseó su declaración de intereses (un instrumento público, no cualquier papel que se firme voluntariamente); y porque recibió millonarios donativos para pagar los gastos de su tratamiento.
Es un hecho político -y de magnitud- cuando el impostor formó parte de la Lista del Pueblo, la organización de “independientes” que en dos meses acumula un prontuario que no imaginaría ni el más talentoso cineasta. Y cuyos organizadores pasaron de darle lecciones a los partidos políticos a revelarse como autores y cómplices de delitos varios. Y es un hecho político cuando la elección de Rojas contribuyó a consolidar una mayoría en la Convención que exige la liberación de delincuentes, amordazar a quienes disentimos de su interpretación de la historia e imponer una visión ideológica totalitaria.
Si todo lo anterior es delicado y probablemente se confirmen varios delitos, lo es más que la izquierda radical persista en acusar una campaña de desprestigio de la Convención y en sostener al autor de un fraude como un héroe. Una convencional reclamaba en Twitter que “se siente el acoso”, que se busca en cuentas de banco y en todo lo que pueda accederse con el rut, mientras otra aseguraba que “el engaño de Rojas Vade responde a un sistema capitalista que entrega nuestra seguridad social al mercado”. Quiere decir que no distinguen lo verdadero de lo falso, que aspiran a una justicia popular que castigue a unos y sea condescendiente con otros, según de donde vengan; y que se sienten parte de una casta liberada de las normas de transparencia y del escrutinio de la opinión pública, a los que se someten todas las autoridades de una democracia que se precie de tal.
Rojas Vade me recordó a Enric Marco, el español que se hizo pasar por héroe republicano y sobreviviente de un campo nazi, magistralmente retratado por Javier Cercas en El Impostor. Con el paso de las décadas y los homenajes (y suculentas subvenciones), Marco justificaba ante su conciencia el engaño: era el representante de las verdaderas víctimas del fascismo, aunque lo suyo fuera ficción.
Por más esfuerzos que siga haciendo la fracción más desnortada de la Convención, desde luego que lo de Rojas no es un error y, mucho menos, personal. Es un hecho político, que deja al descubierto a los falsos profetas que venían a sanar nuestra democracia, a cancelar la República y sus símbolos, a condenar treinta años de progreso, amparados en un diagnóstico también falso de Chile; y a escribir una Constitución que dejara atrás para siempre la opresión y el abuso.
