Las respuestas prácticas a los problemas contemporáneos en tiempos de caos epistemológico y de una transformación acelerada de nuestros estilos de vidas, fuentes de poder y pugnas geopolíticas, nos evidencia la necesidad de reencontrarnos con los fundamentos de las normas imperativas, razón de ser de la política y contenidos que permitan pretender dar respuesta a nuestros problemas en sociedad. El insulto solo es un engaño cuando no tengo argumentos.

Somos testigos de la reedición de acontecimientos cruentos, de persecuciones (por religión, raza, ideología, etc.), y la normalización en la criminalización de las personas migrantes, pero a la vez escuchamos cada vez menos propuestas para responder racionalmente a los problemas de seguridad y demás en nuestra sociedad.

Lo que se escucha, y se está haciendo costumbre, son insultos a los adversarios. El Presidente Milei es buen ejemplo.

“Una sociedad justa puede ser realizada solamente en el respeto de la dignidad trascendente de la persona humana. Esta representa el fin último de la sociedad, que está a ella ordenada” (Concilio Vaticano II, 1966).  En ese mismo sentido, cabe recordar a Walter Benjamin, quien a través de su concepto de aura nos transmitió la necesidad de conectar y reconocer la naturaleza de las cosas. ¿El ruido de los insultos nos permite aquello?

La estrategia de denostación al adversario la definiremos como la manifestación irrepetible de una lejanía, un extravío de la búsqueda de camino compartido.

Sólo en esa búsqueda exhibimos la capacidad que tenemos de reconocer la esencia de lo que observamos. La política tiene su razón de ser, y en los tiempos buenos, ella ha encontrado su sentido en la articulación de acciones tendiente a respetarnos en nuestra dignidad humana. Ello había sido homologado a la legitimidad del sistema democrático que hoy se insulta cada vez que los contenidos, visiones de mundo e ideología son reemplazados por insultos.

Ojalá sea una moda de mal gusto pasajera la del insulto, y volvamos a darnos espacio para interactuar como un nosotros. Como personas.

Bejamin nos advierte que en medio de una sociedad de masas (como la actual) podemos inclinarnos a adueñarnos de lo observado, crear nuestra imagen de sociedad, en este caso hacer del insulto nuestra estrategia, lo que –en nuestra interpretación– podría, según la evidencia en la expresión política, encaminarnos hacia la anomia y el irrespeto como formas normalizadas de relacionarnos en la esfera pública.

Ojo con ello. Esperemos no sea contagioso, sin embargo, seamos conscientes de que Milei no es una excepción. Muchos están optando por ingresar al “debate público” a través de la discordia y la descalificación.

El arte de la política es otra esfera más de nuestras vidas que se inclina hacia feísmo, expresión que pareciera ya ser una característica de nuestros tiempos. Al momento de interactuar con nuestro devenir, esperemos no sea tarde para inclinamos a erradicar el insulto como arma política.

Director de Derecho Público y Sociedad USS

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