humanismo

Sorprendente la magnitud de la polémica que desató mi colega el economista Sebastián Edwards, al plantear limitar las becas para estudios de postgrado fuera de Chile en humanidades por algunos años. Conté 22 artículos, cartas o columnas al revisar la primera página de búsqueda de Google, sin incluir las de varios de los más leídos columnistas del fin de semana ni cartas al director. Todas muy críticas. ¿Se justifica?

Tal vez este debate es representativo de cómo debatimos en Chile y mostró si necesitamos hacer algo con los estudios y la enseñanza que estamos impartiendo hoy tanto de las humanidades como de las ciencias, o de ambas. Veamos.

Algunas características que observo del debate.

Primero, surge de inmediato una batalla sobre “¿quién tiene la razón?”. El que “tiene razón” gana, el otro pierde. ¿No vemos otras maneras de entrar en un discusión o conversación?   Segundo, no se cita completo ni siquiera el planteamiento básico del “oponente” (o diferente). Edwards escribió una columna entera explicando su postura en La Tercera Domingo, y casi ninguno de los 20 textos se refiere a ella. ¿Cuántos de los principales críticos la habrán leído?  Tercero, se tergiversa o al menos exagera la postura del “contrario”. Uno llega a decir que “el economista Edwards propuso eliminar su financiamiento durante diez años” (de las humanidades, ¡no las becas!). Cuarto, atribuimos o asociamos al opuesto con características descalificatorias. Por ejemplo, en otro texto con la quema de libros por los nazis y Pinochet. Cinco, las atribuciones, asignación de intenciones o descalificaciones suelen ser de carácter ideológicas. Una columna se tituló “El rechazo ideológico a las humanidades”. Y seis, entre los planeamientos opuestos al del proponente, casi ninguno los argumenta sobre la base de evidencia factual, o sea, hechos, datos, experiencias comparadas, precedentes históricos, etc.  A lo más, haciendo referencia a algún autor de renombre, un clásico o académico.

Algunos podrán considerar que exagero. Tal vez. Revise usted con atención los textos que están en Google y juzgue por sí mismo. Pero ¿no les parece que la mayoría de las seis características mencionadas aquí sobre el modo en que debatimos (y no sólo en Chile) son muy frecuentes en muchos ámbitos, como política, educación, leyes, medio ambiente, economía, relaciones de familia, etc.? Me parece que detrás de todo esto hay una formación de nosotros como personas que “saben cómo las cosas son” y busca demostrar que el otro está equivocado. No de personas que interpretan lo que observan, opinan y fundamentan, aceptando como legítimas las de otros. Me temo que esto viene de cómo nos siguen enseñando tanto humanismo como ciencias. Eso está obsoleto y sus consecuencias nefastas están cada vez más a la vista en el mundo y la convivencia humana.

¿Cuál será el origen de este hábito cultural tan arraigado? Lo que he logrado aprender de este tema, que me ha intrigado por mucho tiempo, es que tiene una raíz histórica de miles de años que ya cumplió su ciclo. Habría venido de una escuela filosófica griega particular -la metafísica- al predominar sobre la escuela ontológica. Esto marcó el desarrollo del conocimiento en Occidente, tanto humanista como científico. Simplificando mucho, es lo que dio origen al racionalismo excesivo (y exclusivo) que inconscientemente domina en nuestra cultura todavía hoy. Lo expresado tan brillantemente por Descartes: “Pienso, luego existo (soy)”.

Pero lo más interesante es que desde la vertiente científica también se fue apreciando lo incompleto de esa interpretación de la forma de conocer y de ser o hacernos humanos. Así se pasó desde Newton a la Física cuántica, y a preguntarse por la influencia del observador y la objetividad.

No pretendo seguir ese camino explicativo, sino volver al debate del humanismo de la mano de los grandes aportes de un científico chileno: Humberto Maturana. Él, desde la biología, hace presente el rol olvidado del lenguaje, las emociones y el cuerpo en el desarrollo del conocimiento (humanista y científico), en la vida humana misma y, sobre todo, en la convivencia social. Ver en particular su libro “Emociones y lenguaje en educación y política”, escrito en pleno período de búsqueda de salidas desde la dictadura que gobernaba Chile en 1988.

Maturana nos habría dicho sobre este debate de hoy que nos falta considerar que todo esto se da sobre la base de cierta emocionalidad precisa de cada participante, (observador) de la cual no somos habitualmente conscientes. Y en el lenguaje y el cuerpo, los tres conectados muy específicamente. Es a través de sensaciones del cuerpo que se relacionan y también se determina el pensar según la emoción en que se está. Y viceversa: el pensar, decir y escribir de uno gatilla en sí mismo y en otras emociones que pueden ser de rechazo, rabia, negación, cancelación (o afecto, solidaridad, cercanía), según cómo sea o esté en el momento la persona que habla y el que escucha.

Y esto es lo que estaría pasando en debates como el gatillado por Edwards, con las personas que viven en el mundo del humanismo, la academia o el mero interés general por el desarrollo humano. Lo mismo nos pasa a todos en política, etc. Por eso al final estamos hablando de modos de convivencia, como dice Maturana.

Y de consciencia personal, agregaría, en el sentido, de tener capacidad de darnos cuenta. El punto central: no estamos conscientes de lo mencionado aquí. Personalmente reconozco que no he sido consciente de esto la mayor parte de mi vida; desde hace pocos años empiezo a hacerme consciente de ello, y mucho después de estudiar y de haber creído comprender esto racionalmente en clases con el propio Maturana.

En nuestras escuelas, tanto de humanidades como científicas, aprendemos de nuestros profesores no sólo conocimientos sino emocionalidades.

En Economía de la Universidad Católica también aprendí a sentirme superior. Lo que necesitamos no es menos humanidades ni más ciencias, sino otras basadas en una consciencia plena de las emociones desde las cuales estamos actuando en tiempo real. En mayor consciencia de cómo funciona nuestra mente y los límites de la razón. De cómo gestionarlas también con vistas a la convivencia que queremos tener. Hacia allá hoy se puede avanzar.

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