Gorbachov, de la broma a la insignificancia

No logró adivinar que su ruptura con el pasado soviético provocaría un colapso total del Estado multinacional, que se abriría la compuerta a grandes tsunamis étnicos y que todos sus esfuerzos serían inútiles.

Aunque “De la broma a la insignificancia” se llama una serie televisiva sobre Milan Kundera (Filmin, 2021), su título se ajusta con plenitud a la vida política del ahora extinto Mijail Gorbachov. El primer y último presidente la Unión Soviética, no sólo era un completo desconocido cuando fue entronizado, tanto para la población soviética como para los gobiernos occidentales, sino, además, un auténtico “mozalbete” dentro de la gerontocracia soviética. Su nominación en 1985 pareció una broma.

Nadie podría contradecir que en su designación hubo un sinfín de asuntos del todo ajenos a la tradición soviética. Su juventud, su bagaje cultural, sus ademanes, su verbo, su esposa Raisa, su vestir, su actitud ante los problemas mundiales y ante la propia realidad soviética. Nada calzaba con su imprevisto ascenso al máximo cargo de la URSS, el de secretario general del Partido Comunista. No es un misterio que el Kremlin estuvo habitado desde 1917 por figuras grises, toscas, bruscas, enigmáticas y temibles.

Lenin y Stalin tuvieron un comportamiento sanguinario. Afianzaron su poder mediante crueles asesinatos y masivas deportaciones. Khrushov ejerció el poder con aire campechano, sumamente cazurro, pero también excesivamente tosco. El 12 de octubre de 1960 se sacó un zapato en el podio de la Asamblea General de la ONU y golpeó el taburete ante los ojos asombrados de los representantes de todo el mundo. Brezhnev inauguró una etapa de tedioso burocratismo interno y sadismo con los opositores, a quienes encerraba en hospitales siquiátricos. Fue brutal con los países aliados al advertirles que gozaban de soberanía limitada. Andropov fue un dirigente impenetrable y lejano, lleno de enfermedades y que asumió en el otoño de su vida. Chernienko fue sólo un esclerótico apparatschik, fiel reflejo del estado de senilismo en que se había adentrado la ideología y el régimen.

Al fallecer este último, la URSS duraba ya seis décadas. Se había dotado de un sistema de gobierno marcado por un hermetismo paranoico. Sin la menor fisura. Era una mole inmune a los cambios, con líderes inescrutables, reproduciéndose en una cadena interminable. El Moscú de aquellos años parecía no deparar novedades. Por extensión, la Guerra Fría era vista como un estado de cosas casi ad infinitum.

En tal situación, nada hacía presagiar la sorpresa gigante que deparaba el Politburó el 11 de marzo de 1985. Como diría N. Taleb, emergió sobre el horizonte moscovita un gigantesco cisne negro. El nuevo secretario general ya no sería más un decrépito bolchevique, sino un vigoroso abogado de 53 años. Atrás quedaba el aburrimiento de los habitantes y el letargo político del régimen. Parecía una broma.

La primera señal de los profundos cambios que traía en mente Gorbachov, fue la designación de un contemporáneo suyo al frente de la cancillería, Edvard Schevardnadze. Ello implicó el desplazamiento de Andrei Gromiko -conocido como Mr. Niet- el ministro de Relaciones Exteriores que llevaba ya casi 30 años en esa función y era un fiel representante del anquilosado régimen. Schevardnadze llevó a cabo el desmantelamiento de la Guerra Fría.

Una segunda señal, más poderosa que la anterior, fue el diagnóstico público de la economía y la sociedad heredada. Gorbachov habló del estancamiento y de la falta de transparencia. Se propuso enmendar ambos problemas y anunció dos procesos cuya denominación se convirtieron en las palabras más famosas del ruso, perestroika y glasnost.

Sin embargo, Gorbachov no logró adivinar que su ruptura con el pasado soviético provocaría un colapso total del Estado multinacional, que se abriría la compuerta a grandes tsunamis étnicos y que todos sus esfuerzos serían inútiles. En una mezcla de dolor y candor, comprendió que ni las reformas económicas pro-mercado ni la transparencia son compatibles con un régimen dominado por el comunismo. La experiencia de Gorbachov fue la más clara y meridiana ratificación de algo muy difícil de asimilar en las llamadas ideas progresistas; democracia y comunismo son sencillamente excluyentes. No sólo en cuestiones conceptuales, sino ante todo en la praxis política.

En consecuencia, el carismático líder desató miles de fantasmas imposibles de dominar. Por un lado, la economía se sumió en un torbellino caótico, donde las empresas debieron aprender a competir sin tener a mano lo que hoy se denomina un “ecosistema” adecuado: leyes, normas, cultura organizacional, fiscalización, incentivos, afecto por el riego.

Por otro lado, la vida política vivió una especie de explosión atómica doméstica al no estar preparada para un régimen de libertades. Eso explica por qué el retorno a la democracia y a una economía de mercado fue más fácil en República Checa, Polonia, Hungría y en la República Democrática Alemana. Todas esas sociedades habían tenido experiencias previas, aunque breves, con la idea de libertades.

Finalmente, y lo que terminó siendo fatal para el gran reformador, su proyecto fue tan alabado en Occidente, que se hizo indigerible para la nueva elite rusa, que empezaba a formarse. “I like Gorbachov, we can do business together”, fueron las palabras prodigadas por Margaret Thatcher apenas lo conoció. El eco de tales elogios, extensivo a su esposa Raisa, terminó siendo ominoso para el futuro de las reformas y la imagen del propio Gorbachov ante sus conciudadanos. Los abrazos con R. Reagan y los rápidos acuerdos de limitación de armas estratégicas, particularmente en la cumbre de Islandia, ayudaron a tal deterioro. La gorbimanía desatada en Occidente fue muy mal vista por los rusos.

Pese a todo, resulta innegable que con él se inauguró una etapa muy atractiva de la historia política mundial. Llena de dinamismo e ideas nuevas. El mundo comenzó a hacerse efectivamente global y hubo un cruce de culturas -una especie de mutuo descubrimiento- que puso la lápida final a la Guerra Fría.

Esta semana en que el gran reformador ha fallecido, uno de los grandes recuerdos corresponde a su enorme aporte a la paz mundial. Visto desde la democracia liberal, el clímax de aquello fue su negativa a usar la fuerza, tal como lo hicieron los chinos en Tiananmen, por ejemplo. Optó por el respeto a la autodeterminación de bálticos, georgianos y otras naciones, incómodas tanto con la ideología como con el “poder de los soviets”.

De su legado, grandes dudas quedan flotando y pertenecen a la especulación. ¿Se habría evitado el colapso soviético aplicando mano dura a las fuerzas centrífugas? ¿Por qué no es tan valorado su gesto humanitario, enormemente genuino, de no aplicar violencia? Si todos aseguran que la violencia corroe el alma, ¿por qué entonces la figura de Gorbachov es tan desdichada justamente por haberla evitado? . Grandes paradojas de su existencia.

En su obituario se reitera mil veces la palabra fracaso, pues, efectivamente, representa a un político ambivalente, decidido a liberar fantasmas, pero incapaz de controlarlos posteriormente. Por eso, no hay partidos, ni think tanks, ni grupos de amigos que rescaten y proyecten su obra. Tampoco se gestó una línea intelectual dentro de los estudios internacionales que examine su manera de ver el mundo. Tal constatación se vuelve particularmente dolorosa cuando se re-visitan las entrevistas concedidas después de jubilar. En ellas reitera que su gran motivación existencial terminó siendo, en definitiva, su amor por Raisa.

Gorbachov, visto inicialmente como una broma, terminó en la insignificancia.

Iván Witker, Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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