En su primera cadena nacional, apenas un mes después de asumir el Gobierno, el Presidente Kast anunció el llamado proyecto de reconstrucción que ingresará al Congreso en los próximos días. Después de más de una década de sufrir los efectos de reformas socialistas, de tener un Estado capturado por mentalidades adversas al emprendimiento y de un creciente desorden en las cuentas fiscales que hipotecan nuestro futuro, el país pudo escuchar un mensaje claro, sin ambigüedades, que anuncia la voluntad de volver a colocarnos en la senda del progreso que viene con el crecimiento.
Qué rápido olvidamos que la mejor política social es el empleo, que el crecimiento es el único camino al desarrollo y que sólo los pocos países que han logrado alcanzar esa meta, han podido superar la pobreza y ofrecer verdaderas condiciones de dignidad a todos sus habitantes. El discurso perseverante y uniforme del estatismo llevó a muchos chilenos -y tal parece a la mayoría de nuestros periodistas- a creer que el progreso de las personas viene del Estado; que, en la práctica, el objetivo de la economía sería generar recaudación tributaria y que la riqueza circula en un juego de suma cero, donde la única expectativa de progreso para las personas sería estirar la mano para recibir algún subsidio.
No hay que ser capaz de adivinar el futuro para saber que la discusión se centrará en los mitos y la mirada con anteojeras de siempre. Que bajar los impuestos es “favorecer a los ricos”, que el crecimiento no compensa la baja en las tasas impositivas y, por supuesto, no faltará el que afirme que no hay ninguna medida que favorezca a la clase media.
La primera pregunta que tenemos que hacernos es si queremos que Chile vuelva a crecer y si la respuesta es afirmativa, está claro que tenemos que hacer algo diferente; porque, como dijo Einstein, la locura consiste en seguir haciendo lo mismo y esperar resultados distintos. La receta de los impuestos altos, de la burocracia populosa y populista, del paternalismo estatal, no funcionó. El país se estancó, el desempleo estructural es grave -hace años que el académico David Bravo nos advirtió de la crisis en esta materia- y alto, las inversiones cayeron en picada, salvo las del crimen organizado que han ido sostenidamente al alza.
El crecimiento no compensa la recaudación cuando caen las tasas de impuestos, pero esa es sólo una parte de la ecuación. La otra es que una cantidad importante de las personas sale de la dependencia del Estado, porque la economía ofrece más y mejores empleos, de una manera que es mucho más estable y digna. Qué rápido nos confundimos y se nos olvidaron cosas obvias, como que el objetivo del país no es, por ejemplo, que el Estado pueda pagarles la educación a todos, sino que no sea necesario pagársela a nadie, porque cada persona puede hacerse dueña de su propio destino.
Todo este paquete de medidas va exactamente en beneficio de la clase media. El verdadero desafío de los políticos oficialistas no es pedir medidas de fantasía o abrir la puerta a diferenciar el IVA, para “favorecer” a los que tienen que comprar medicamentos, por ejemplo. La tarea es ir de frente, con buenos argumentos y convicción, de que los verdaderos beneficiados con medidas reactivadoras de la economía es fundamentalmente la clase media. Para ellos es este proyecto en su integridad.
El gobierno del Presidente Kast ha asumido una tarea difícil, no cabe duda, pero es exactamente esto lo que ofreció. Estoy seguro que muchos escuchamos este mensaje disfrutando lo votado.

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