El cambio de gabinete puede leerse de diversas formas, y una de ella es volviendo al exitoso relato que le permitió a José Antonio Kast ganar cómodamente las elecciones: su “ajuste ministerial” fue leído como un mecanismo realizado en medio de una situación de emergencia.
El mismo Kast utilizó el término al comienzo de su discurso, luego de aceptar la renuncia de las entonces ministras Sedini y Steinert. Pero la figura va mucho más allá. El cambio de gabinete fue justamente una jugada en términos de emergencia: en vez de abrir las puertas a nuevos rostros o incorporar figuras externas, optó por reforzar su círculo más cercano, dejando incluso ministros con doble sombrero. ¿Por qué? Porque en momentos de tensión no hay espacio para el aprendizaje. Cuando el margen de error es mínimo, un Presidente necesita refugiarse en quienes conoce de memoria.
El caso más evidente es el de Claudio Alvarado, hasta ahora, su escudero y eficiente Ministro del Interior. Sin perder aquella condecoración, sumará ahora la importante misión de llevar adelante las comunicaciones —no sólo la vocería— y otras tareas insertas en un ministerio tan importante como la Secretaría General de Gobierno.
Y en esto hay que detenerse brevemente: si bien se podría interpretar este movimiento como una pérdida de peso de la Segegob (ya que deja de tener un “jefe propio”), en mi opinión es justamente lo contrario. Más bien, estamos frente a un rebaraje de fuerzas al interior de La Moneda y del comité político. Y en éste, la parcela de poder de Alvarado resulta fortalecida, en desmedro, evidentemente, del Segundo Piso.
Se sabe que, al comienzo del Gobierno, la Oficina de Asesores del Presidente (también conocida como “el Segundo Piso”) fue absorbiendo progresivamente el control político de las comunicaciones, arrebatándole en parte ese espacio a la Segegob. Administrativamente la Secom seguía dependiendo de este Ministerio, pero políticamente recibía órdenes directamente del Segundo Piso. Hoy, en cambio, todo indica que eso podría cambiar. La llegada de Alvarado a la Segegob parece apuntar precisamente a recuperar ese control, lo que le podría devolver a la Secom un rol más articulador, como un brazo armado comunicacional de todo el Gobierno, y no sólo del Presidente.
Pero no es el único que sale empoderado. También aparece fortalecido Martín Arrau, probablemente uno de los hombres de mayor confianza del Presidente. No hay que olvidar que fue su jefe de campaña, y ahora aterriza en un ministerio bastante más complejo, pero también mucho más estratégico y –era que no— pieza clave para el construir el legado del Presidente Kast. Arrau sabe que tiene un camino a cuesta bastante hirsuto, pero al mismo tiempo debe saber que si logra mostrar resultados en una de las áreas más sensibles para la ciudadanía, como es la Seguridad Pública, puede transformarse incluso en una carta de continuidad del proyecto político de los Republicanos.
La tríada de empoderamiento termina con el ministro Louis De Grange. Al hacerse cargo de dos ministerios, ayuda a otro punto del relato: la fusión de ministerios que se asimilan, lo que por un lado permitiría quitarle grasa al Estado, y por otro, evitar las duplicidades de funciones o la falta de coordinación entre distintas carteras. En este caso, el “plan piloto” ha consistido en la unión de Obras Públicas y Transportes (pueden venir otros más a futuro) bajo una sola cabeza, lo que tiene todo el sentido del mundo: infraestructura, conectividad y movilidad aparecen cada vez más integradas en un modelo de gestión pública. Y si bien no es un elemento central en el relato de Kast, puede comenzar a serlo: carreteras, trenes, puertos, micros y colectivos no son sólo políticas públicas; también son símbolos de gobernabilidad e innovación pública.
En política, a veces los cambios de gabinete son simples ajustes políticos. Otras veces son señales. Este parece pertenecer claramente a la segunda categoría. Porque más que hablar de nombres, lo que estamos viendo es a un Presidente intentando ordenar su Gobierno bajo una lógica de gestión, confianza y valor público. Tres elementos que, esperamos, estén presentes en un Gobierno que apenas comienza a caminar.

Excelente