Hemos empleado una acepción chilena del amarillo a modo de título. Ello, para referirnos al reciente manifiesto de Amarillos por Chile dirigido a la Convención Constituyente y a la ciudadanía que repone justificadas esperanzas en la nueva Constitución. También hemos puesto este título al presente artículo porque nos parece que Amarillos por Chile tiene un cierto aroma de humor en su rótulo, a contrapelo de algunas furibundas reacciones que ha provocado. Después de años de ser vapuleados en las redes y calles (recordemos el rayado en La Moneda Chica, donde tildaron al ya electo presidente Boric de amarillo), los exponentes de este color entran a la arena sin complejo alguno de ser amarillos políticos.
Los colores –como las formas, los sonidos, los animales o los elementos naturales– tienen un peso simbólico en el imaginario colectivo. Se debe evaluar siempre qué significados pueden evocar los colores, entendiendo que la percepción de los colores puede concertarse a cuestiones culturales, a la propia experiencia o al uso histórico que se le han dado a determinados tintes. Por ejemplo, en el tránsito vehicular el rojo llama al peligro, mientras que el verde representa vía libre y seguridad, y el amarillo alerta y atención. En este caso, el significado de los colores es claro, pero en otros puede llegar a ser muy confuso.
En política los colores han ido ocupando lugares universales. Al verde del movimiento ecologista, al morado del feminismo, al verde Benetton del pro aborto (nacido en Argentina), o al negro del anarquismo, se les atribuyen reconocidas cargas ideológicas. El rojo –de donde deriva el chilenismo “rogelio”– adquiere su carga política desde la revolución francesa, en donde los republicanos radicales (jacobinos) flameaban banderas rojas en honor al color de la sangre de los mártires caídos en la lucha contra la monarquía. Su consagración como color revolucionario se da en la revolución rusa; de allí en adelante los “rojos” en todo el mundo serán comunistas, socialistas, socialdemócratas, la izquierda en general. En Chile –no sabemos de otros países– el amarillo como rojo desteñido (habría sido más coherente el naranja) como símbolo de tibieza política fue adoptado por la izquierda dura, siempre en clave peyorativa, condenatoria, como sinónimo de traición. Algo así hemos visto en no pocas reacciones desaforadas al “manifiesto amarillo”, provenientes del ala radicalizada del Apruebo, aunque también, como contrapartida, las adhesiones que hasta hoy, 23 de febrero, superaban las 15 mil firmas.
Así pues, si entendemos el amarillo político como versión templada del rojo revolucionario, no es de extrañar que los primeros firmantes impulsores de Amarillos por Chile hayan sido partidarios del Apruebo a la nueva Constitución y que su inspirador, Cristian Warnken (él mismo un hombre de izquierda), haya demarcado la iniciativa como de centro, de izquierda y no de derecha. He ahí el punto doliente de tanta respuesta airada y no exenta de insultos: es que la crítica al rumbo maximalista y sectario de la Convención provino del progresismo, de la misma vereda de izquierda y no de las “oscuras fuerzas reaccionarias” a las que más de alguno ha intentado asimilar en las redes, incluyendo las infaltables tesis conspiracionistas (habría sido una operación montada y financiada por los grandes medios de comunicación, por ejemplo). Aún más, como señal de cercanía al proceso constitucional, en la declaración se advierte, con preocupación, acerca de un resultado incierto en el plebiscito de salida en que el Sí triunfe esmirriadamente o, peor todavía, venza el rechazo a la nueva Constitución en la que Chile depositó tanta ilusión.
Lo cierto es que lo formulado en el «manifiesto amarillo» no es más que la ratificación y sentir de muchos chilenos que, habiendo votado Apruebo y repuesto sus esperanzas en una Constitución unificadora donde cupieran todos y todas, ven con ansiedad la deriva radicalizada y a veces desorbitada del producto que, después de tanto tiempo perdido, va emanando de la Convención. Se repite en la declaración lo que se viene auspiciando por muchos y por mucho tiempo: diálogo de verdad y no simple campanilleo retórico y de “buena onda”; acuerdos con genuina inclusión y no aplastamiento de la minoría que también es parte de Chile; reforma juiciosa de la República y sus instituciones democráticas y no aventuras refundacionales que van directamente a un Estado fallido, como dijera Mario Waissbluth, uno de los voceros amarillos; una Constitución de todos y para todos, y no un remedo hecho a imagen y semejanza de unos pocos, una especie de selfie ideológica.
El amarillo político es la moderación que puede bien encauzar las explosiones que apuran las transformaciones sociales, es la cordura de la gradualidad inteligente que puede siempre corregir rumbos, sin resignarse a los daños irreparables que provocan las ocurrencias políticas poco razonadas y embebidas en sí mismas. Como dijimos en una anterior columna, la moderación es el equilibrio al que Aristóteles atribuía varias virtudes, algo muy deseable en momentos en que la construcción constitucional parece ir a la deriva, tironeada por pulsiones de todo tipo. A propósito de ello, nos parece que en torno a la Convención Constitucional se ha creado una áurea que raya en la intocabilidad y que condena de antemano cualquier crítica, sin examinar su justeza y aunque sea bien intencionada. La nueva Constitución es un proceso que, aunque encomendado a 155 constituyentes (con uno menos), no puede eximirse del control y del escrutinio ciudadano, aunque sea molesto para quienes, más allá de los sufragios obtenidos, se sienten patronos de la sacra verdad.
Bienvenidos los amarillos reformistas a un escenario político en el que la templanza es un artículo de primera necesidad.
*Fredy Cancino es profesor.
