Pocas veces ocurren acontecimientos que a uno le cambian radicalmente la opinión, visión o interpretación que tenía de algo. Me refiero a un cambio grande: en 180 grados, de blanco a negro. Menos común es que a uno le pase eso al leer un libro. Menos todavía que el cambio se refiera a un asunto tan vasto como una organización inmensa, muy antigua y que ha tenido una profunda influencia personal sobre uno mismo y sobre millones de seres humanos. Tal vez miles de millones.
Pues bien; eso me ha pasado con la opinión que he tenido sobre la Iglesia Católica los últimos 20 años hasta leer recién el último libro del escritor español Javier Cercas sobre el Papa Francisco: “El loco de Dios en el fin del mundo”, Random House, 2024, 488 páginas.
Para muchos con quienes he podido conversar del libro se trata de una obra interesante, bien escrita (como lo acostumbra a hacer Cercas), original, pero demasiado larga y algo deschavetada. Tiendo a coincidir, pero para mí ha sido muchísimo más que eso. ¿Por qué?
¿Qué me habrá mostrado Cercas en este libro que me ha hecho cambiar de opinión sobre el Papa Francisco y sobre la Iglesia Católica como un todo? Me parece que son tres cosas principales. No me consta que todo aquello que leí, en que me baso y que comento más abajo sea “verdadero”. Es lo que personalmente me quedó de lo expresado por Cercas a partir de sus múltiples e inteligentes entrevistas con Cardenales, Obispos, altas autoridades del Vaticano, conocidos del Papa, libros, reportajes y lo que observó de viajar con el Papa a Mongolia. Es lo que aprendí y fue novedad para mí de este libro sorprendente.
Primero, que Francisco fue un Papa que realizó cambios importantes en la Iglesia Católica, especialmente en la dirección de buscar hacerla de relaciones más horizontales entre sus diversos miembros. Es decir, menos vertical o autoritaria, donde ya no todo se impone de arriba abajo. En particular, que los fieles, el pueblo o miembros pasen a ser más participantes. Cercas afirma que “Francisco fue un Papa anticlerical; que consideró al clericalismo como el peor problema de la Iglesia; como una enfermedad” (p.154). Sostuvo que los clérigos (obispos y sacerdotes) “no están por encima de los fieles, sino a la misma altura de ellos”. “Están para servir; no para ser un poder al margen o por encima de los laicos”.
Este enfoque además lo habría inspirado en la forma, profundidad e intensidad inédita con que enfrentó los abusos sexuales de sacerdotes y obispos. El pecado o abuso cometido sería entonces no sólo el daño provocado a la víctima (que ya en sí es mucho), sino también el abuso de poder y el pecado de aprovecharse de una situación poniéndose por encima de ella amparado en su investidura y en la ignorancia o inocencia de ella.
Lo segundo que descubrí leyendo este libro de Cercas que me cambió la mirada que tenía de la Iglesia Católica actual es que ella, para Francisco, debe ser esencialmente misionera, entendiendo esto que su actuar debe orientarse por sobre todo hacia afuera, los no creyentes, la periferia, los de fuera del sistema. De allí la locura de visitar una nación tan marginal del sistema mundial como Mongolia, en Asia Central, en que hay sólo 1.500 católicos, un solo obispo (recién nombrado Cardenal a sus 51 años, y con unos curas y monjes misioneros viviendo en el país. Y desde esta inspiración puso como un foco central para la Iglesia volcarse al servicio de los migrantes en el mundo entero. Su primer viaje al exterior fue a visitar los boat people norafricanos que estaban naufragando en el Mediterráneo por intentar entrar a Europa y que eran recluidos en una isla griega.
Lo tercero que me impactó y creo que me lleva a adoptar una opinión distinta de lo que es la Iglesia Católica hoy, fueron las acciones concretas del Papa para reformarla y rejuvenecerla nombrando Cardenales y altas autoridades mucho más jóvenes. Entre quienes eligieron al último Papa en mayo, 31 (el 23%) tenían menos de 65 años, comparado con sólo 12 (el 10%) en la elección del anterior trece años atrás. Más del doble. Además, de entre los electores del nuevo Papa, ahora fueron mayoría los no italianos ni europeos, y quienes no tienen cargos en el Vaticano -la cúpula central- sino que son obispos a cargo de diócesis rurales o recientes sacerdotes a cargo de parroquias populares en campamentos, favelas y poblaciones marginales. Amplió a 70 países los que tuvieron un Cardenal eligiendo al último Papa, con sólo 17 italianos, 3 alemanes y llegando a 7 de Brasil. Trece años antes habían sido 26, 6 y sólo 2 de Brasil. 23 de los recién nombrados Cardenales que fueron electores vinieron de Asia y seguramente son de los más jóvenes.
Lo cuarto que me ha llevado a este cambio en mi opinión de la Iglesia Católica actual y al rol que ha jugado en ella el Papa Francisco se refiere al cambio de una creencia de tipo más religiosa, filosófica o existencial que ha (o había) predominado en ella hasta ahora. Me refiero a la centralidad del ser humano en el universo y en este planeta, vis a vis ser un ser vivo más dentro de todos los seres biológicos y no biológicos que existen en la naturaleza. Me refiero a mucho más que a la introducción de lo ecológico y/o a temas como el calentamiento global en las prácticas y creencias católicas. En esto observo además una convergencia con el budismo, que crece significativamente en Occidente. El espacio no me permite profundizar ahora en esto.
En síntesis, por casualidad, leyendo un libro de interés mediático a propósito de la muerte de un Papa, caí en la sorpresa de encontrarme revisando mi opinión sobre un tema y entidad que creía probablemente destinada a una decadencia irremediable. Y al hacerlo, me ha surgido además la comparación con Chile. La extendida y repetida opinión de tantos (y en la que también caigo a veces personalmente) de que “Chile no tiene vuelta”. Que se entrampó en un sistema político que sirve a quienes viven y lucran de él justificándose en una pretendida intención de servir que ya no convence a nadie. Igual que el clericalismo del cual Francisco estimaba que la Iglesia Católica estaba enferma. Y, sin embargo, en sólo 13 años, parece que eso puede estar empezando a cambiar. Si sigue en esa dirección, muchas cosas pueden empezar a cambiar para bien también en el mundo. Encender una luz de esperanza. ¿Y por qué no podría ocurrir que la actual elección presidencial en Chile inicie la oportunidad de reformas que despierten nuestra esperanza en un país mejor?
