El gabinete designado por José Antonio Kast representa algo similar a la Concertación en el sentido que supo unir transversalmente, en esta oportunidad histórica, a las fuerzas del Rechazo. La unidad es absolutamente necesaria en este momento, sobre todo para la gente.
Desde que se anunció el gabinete, se desató una avalancha de comentarios. Opinólogos, columnistas y analistas han dictado sentencia sin esperar un solo acto de gobierno. Que hay muchos independientes. Que faltan políticos. Que los partidos están subrepresentados. Que este o aquel nombramiento “no tiene calle”.
Pero lo primero que convendría recordar, por higiene democrática, es que no se gobierna por anticipación ni se fiscaliza por prejuicio. Un gabinete puede y debe ser escrutado, por supuesto. Si existen conflictos de interés, antecedentes graves o declaraciones previas incompatibles con el rol a ejercer, corresponde decirlo con claridad. Eso es control republicano.
Lo que no corresponde es otra cosa: la crítica ex ante como reflejo automático, la descalificación como deporte, y el placer casi adolescente de augurar el fracaso antes de que la maquinaria del Estado siquiera se encienda.
La campaña ya pasó. Fue el tiempo de las diferenciaciones y del contraste de proyectos. Hoy estamos en otro momento. Como bien ha señalado el Presidente electo, se gobierna para todos. Y si hay un desvío en el rumbo, será el propio Presidente quien deba corregirlo. Esa es la responsabilidad del mando.
Gabinete de emergencia para un gobierno de emergencia
Porque este no será un gobierno cualquiera. Asumirá con un país agotado, con miedo, con un deterioro institucional y educacional que se arrastra por años y que se ha profundizado, además de una situación fiscal estrecha y un entorno internacional incierto. Y como si eso no bastara, la tragedia de los incendios ha vuelto a mostrar con crudeza lo que muchas veces se intenta ocultar: que el Estado responde tarde, descoordinado, y que la gente queda demasiado sola cuando más necesita autoridad, orden y soluciones. Necesita de todos.
En situaciones de emergencia, además, no se debe dejar de lado un elemento decisivo. La cultura no es un adorno ni un lujo para tiempos calmos. Es cohesión social, sentido compartido y una herramienta concreta para sobrellevar la tragedia y la inseguridad. En medio del miedo, permite recomponer vínculos, recuperar espacios comunes y volver a habitar plazas, escuelas, bibliotecas y barrios con comunidad y esperanza. Porque no se reconstruyen solo casas: se reconstruye convivencia.
Por eso la responsabilidad del gabinete es mayor. No se le puede fallar a Chile otra vez. Y esa exigencia, seria, austera, nacional, debiera desplazar lo que ha contaminado el debate público: el desdén intelectual, la superioridad moral, la estridencia y la agresión hacia quien piensa distinto. El país no necesita más gritos. Necesita conducción. Necesita unidad.
La importancia de la vocería de gobierno
En un gobierno de emergencia, la comunicación es política pública. No es un adorno. Es gobernabilidad. Es confianza. Es calma social. Se observa también un sólido equipo junto a la vocera designada. La función de la vocería es comunicar cómo se van resolviendo las distintas situaciones, ordenar la agenda pública, explicar decisiones complejas con claridad y mantener la autoridad del Estado. El tono, la forma y el contenido son vitales. Cuando la vocería cumple su rol, aporta certeza y conducción; cuando falla, el Estado se vuelve ruido.
El debate real: política y técnica
La controversia sobre “muchos técnicos” o “pocos políticos” es superficial si no se aborda lo central: las decisiones de gobierno son siempre políticas, inevitablemente. Pero las políticas públicas exitosas deben basarse en evidencia, capacidad y diseño técnico. El problema aparece cuando ambos mundos se miran con desprecio: cuando el técnico trata al político de ignorante, y cuando el político mira al técnico como alguien sin sensibilidad social ni olfato territorial.
Chile ya pagó demasiado caro esa guerra fría. Son mundos paralelos que deben convivir, dialogar y corregirse mutuamente. Aquí no hay espacio para descalificaciones. Menos aún para ese argumento pequeño y corrosivo del “cupo político”, como si el Estado fuera botín y no institución.
Partidos debilitados, pero necesarios
También hay una verdad incómoda: los partidos han perdido estatura ante la ciudadanía. No por mala suerte, sino por malas prácticas: indisciplinas, caudillismos, negociaciones pequeñas, migración de díscolos, oportunismos, y episodios donde el ego personal quedó por encima del interés colectivo. Chile lo vio en los retiros. Lo vio en votaciones clave. Lo ve hoy en el intento de “amarres” de último minuto, cuando aún quedan días de administración y se pretende hipotecar al siguiente gobierno.
Sin embargo, una democracia sana requiere partidos fuertes. Pero no fuertes por cuota, sino por mérito. Los partidos deben estar presentes en el gobierno no por reclamo corporativo, sino porque aportan territorialidad, oficio parlamentario, manejo político y construcción de acuerdos. Lo que no puede aceptarse es que esa presencia se exija como “derecho adquirido”.
No corresponde mirar en menos a independientes o técnicos, como si fueran ciudadanos de segunda. Los partidos no se reconquistan exigiendo poder, sino recuperando credibilidad con conducta, consecuencia y servicio público.
Gobernar entre varias oposiciones
El Presidente electo ha mostrado apertura al diálogo y conciencia de que necesitará acuerdos. Eso es un buen punto de partida. Sería un error que el país constate, por mezquindad o dogma, que el próximo gobierno enfrente tres oposiciones: dos que provienen del oficialismo – la fractura del Socialismo Democrático con el PC y el Frente Amplio y una proveniente de un flanco interno de aliados que actúan con “líneas rojas” como si el deber político fuera bloquear antes que construir. Aquí vale decirlo sin rodeos: la mayor libertad hoy es apoyar lo que Chile necesita, no poner piedras en el camino. La gente espera soluciones, no vetos ausentes de diálogo
Las urgencias no esperan.
Chile necesita que el próximo gobierno logre, al menos, cuatro cosas concretas: bajar la inseguridad y el miedo, reactivar crecimiento e inversión, recuperar calidad educativa y reducir listas de espera en salud.
En vivienda, el desafío será titánico. No solo la reconstrucción por los incendios, sino avanzar por fin al acceso real a vivienda propia y soluciones habitacionales dignas. Exigirá coordinación de un sólido equipo, utilizando política fina, buena comunicación pública, interacción efectiva con actores diversos y capacidad de lograr acuerdos que se traduzcan en resultados. Quien ha sido designado es un especialista y técnico en estas materias.
A la vez, la política exterior tendrá que navegar en un entorno geopolítico hostil, con tensiones arancelarias, redefiniciones comerciales y desafíos migratorios. Se requerirá una Cancillería sólida, capaz de articular política y técnica, y de aprovechar oportunidades para atraer inversiones, recuperar prestigio internacional y contribuir al crecimiento. Expertise en economía, inversiones, geopolítica, comercio, temas consulares, cooperación son parte de un equipo ideal. Chile, país abierto vive de las exportaciones. Ayudar a las pymes exportadoras a diversificar, alertar riesgos es parte importante del crecimiento económico que debe lograr Chile, volviendo a ocupar el lugar internacional que tuvo.
También aquí se repite el dilema: diplomacia de carrera y conducción política deben convivir sin prejuicios, con profesionalismo y sentido país.
Conclusión: menos prejuicio, más República
El país está cansado de la descalificación automática, de la crítica como identidad y de la política entendida como espectáculo.
Este gabinete no merece crítica ex ante. Merece exigencia. Pero exigencia seria: resultados, probidad, eficacia, buen tono y conducción.
Porque al final, en la cancha se ven los pingos. No en el comentario previo. No en el prejuicio. No en la caricatura.
Chile necesita que el próximo gobierno funcione. No por simpatía, sino por urgencia nacional. Y para que funcione, la relación entre política y técnica debe dejar de ser una pelea de estatus y convertirse en una alianza al servicio de la gente.
Al final, a cada gobierno lo definen sus obras.
La unidad y la buena política tienen un rol histórico que cumplir.

Excelente comentario, un aporte real al debate por encima de los agoreros y opinólogos del Armagedón
Muchas gracias. Buena semana
Excelente columna, gracias