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Hace 12 años, en 2014, Chile se posicionaba entre las 40 naciones de “muy alto desarrollo humano” de acuerdo con el Reporte de Desarrollo Humano del PNUD. Y, lo que no deja de ser notable, superaba a Portugal que se ubicaba una posición por debajo de nuestro país, mientras que Polonia nos precedía inmediatamente más arriba en el ranking. Nos situábamos a la par de naciones europeas, pero con el correr del tiempo esa elogiable cercanía se ha esfumado. Los países antes referidos han mejorado al tiempo que Chile ha retrocedido. Existe ahora una creciente distancia con economías con las que no hace tanto nos comparábamos favorablemente. Aunque nuestro desarrollo humano sigue siendo todavía el mejor de América Latina -esto no debe olvidarse-, países como Croacia y Lituana nos han desplazado, situándose por encima de nosotros.

¿Cómo se explica esto? ¿Es que se trata de países europeos que tienen las ventajas de la localización geográfica y las de la integración al mercado común europeo, de las que Chile no goza en modo alguno? Esas mismas ventajas, y por cierto la inalterable geografía que nos sitúa lejos de los centros de actividades, existían intactas hace doce años cuando nuestro país se posicionaba a la par de naciones aventajadas por la vecindad europea.

Ese mismo año 2014 fue el primero del segundo gobierno de Michelle Bachelet, que cómo es sabido culminaría su mandato con el crecimiento promedio más bajo desde la recuperación de la democracia en 1990, un escuálido rendimiento que se repitió casi calcado en el gobierno del Presidente Gabriel Boric. Entre esos dos gobiernos se interpuso el segundo mandato de Sebastián Piñera, asolado por el estallido social y la pandemia. Fue así como la economía chilena, después de décadas de gozar de un crecimiento sostenido, se dirigió con paso firme al valle del estancamiento en el que nos encontramos entrampados ya por más de un decenio.

Nuestro retroceso no ha sido accidental, ni ocasionado por una debacle en los términos de intercambio de la economía chilena. Tampoco, como señaló en una entrevista reciente el exministro Nicolás Eyzaguirre, es debido a una “desaceleración del comercio mundial”. En el mismo período que la economía chilena se frenaba a ojos vista, las exportaciones de Portugal crecían vigorosamente, al punto que la intensidad exportadora de ese país es ahora un 50% superior a la nuestra.

No, nos hemos adentrado en el valle del estancamiento eligiendo propuestas políticas que ponían al crecimiento económico en un lugar secundario o, peor todavía, convencidos que las políticas públicas que lo entorpecen no producirían ese efecto previsible. Como afirmaba Sebastián Edwards hace diez años “esta es una desaceleración hecha en casa” (La Tercera, 16 de abril, 2016). Lo mismo podría haberse dicho en el inicio del gobierno anterior cuando arreciaban las dislocadas propuestas de la Convención Constitucional que espantaron a la inversión y al capital como no se había visto en medio siglo.

Pero no todo fueron malas noticias en ese año 2014. La generación dorada, cómo olvidarlo, nos puso en la mejor posición del ranking de la FIFA de nuestra historia -en el cuarto lugar- superando también a Portugal, vaya coincidencia, entre las diez mejores selecciones nacionales de fútbol del mundo. Ese año Chile jugó en el campeonato mundial de Brasil y de no mediar un tiro de Mauricio Pinilla que dio en el travesaño pudo haber eliminado a la selección local en los octavos de final de la Copa del Mundo. Fue la última vez que participamos en el mundial de fútbol. Y mientras Portugal se mantiene entre las diez mejores selecciones nacionales del mundo y tiene serias aspiraciones en la justa que se inicia en unas semanas, Chile ha retrocedido a la posición #54.

Afortunadamente nuestro retroceso ha sido mucho menos abrupto en materia de desarrollo humano. Pero ha sido retroceso al fin y sus peores efectos recaen sobre todo en los chilenos menos aventajados. Entretanto, hemos tomado conciencia de los enormes costos que tiene transitar con paso cansino por el valle del estancamiento y de lo empinado que se pone el camino para salir de ese marasmo. Son dos formidables desafíos, entre otros, los que tenemos los chilenos por delante: recuperar el crecimiento económico sostenido y volver a participar en un campeonato mundial de fútbol.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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