Las elecciones de medio término en los Estados Unidos la semana pasada no fueron la ola roja que se esperaba, pero sí hubo una marea republicana considerable en términos del voto popular, aunque no se haya visto reflejada en la cantidad de escaños obtenidos en el Congreso. Los republicanos estarían ganando por más de cuatro millones y medio de votos. Cuando esto sucede con los demócratas, como en las elecciones de 2000 y 2016 para presidente, los medios bombardean con la idea del fallido sistema democrático americano; dados los resultados favorables al Partido Demócrata, esta vez, en cambio, el silencio es total.
Todavía quedan votos por contar -en gran parte debido a California, paradójicamente la capital tecnológica del mundo- y el número final puede cambiar, pero tal como está, los republicanos lideran el total en las 435 carreras de la Cámara por alrededor de 51,5% a 47% en el voto popular.
En las elecciones de 2020, los votos demócratas en la Cámara superaron a los republicanos en 3 puntos porcentuales. Si los números de este año se mantienen, eso representa una oscilación en el margen de casi 8 puntos. A modo de comparación, en 2018, informado como una gran derrota de los republicanos y un repudio del presidente Trump, la oscilación bipartidista fue de 9,5 puntos. Aquella vez los demócratas ganaron 41 escaños; esta vez, el triunfo republicano se limita, al momento, a 11.
Dicho de otro modo, en las últimas dos ocasiones en las que los republicanos consiguieron entre el 51% y el 52% de los votos de la Cámara en una elección de medio término, obtuvieron 242 escaños en 2010 y 247 escaños en 2014, con mayorías de 49 y 59 escaños. Este año, con un porcentaje de votos similar, pueden terminar ganando 219 o 220 escaños y una mayoría de 3 o 5.
Los cambios demográficos en la composición del voto republicano pueden estar haciendo que el desempeño electoral del partido sea menos eficiente que en el pasado. Dado los avances entre los votantes hispanos y negros, la participación del partido podría haber aumentado significativamente en los distritos urbanos de color azul oscuro, donde todavía estaban muy por detrás de los demócratas.
Ahora bien, si los estadounidenses parecen haber votado de manera contundente para que los republicanos retomen la Cámara de Representantes y bloqueen la agenda progresista del presidente Biden, los candidatos negadores del resultado electoral del 2020 y los acólitos de Trump fueron derrotados. El desempeño diferencial entre los candidatos trumpistas para el Senado y los candidatos para gobernadores que no lo son en Ohio y Georgia, por ejemplo, y las fuertes derrotas de los candidatos a gobernador pro Trump en Pensilvania, Michigan y Wisconsin son demasiado llamativos para ser ignorados. Incluso J.D. Vance, un candidato respaldado por Trump en Ohio que ganó su carrera al Senado por más de 6 puntos, quedó muy por detrás del margen de victoria de más de 25 puntos del gobernador republicano Mike DeWine. Ello sugiere que, si bien el apoyo del expresidente podría resultar de gran ayuda en una primaria republicana, sería un ancla en la elección general.
Estos y otros ejemplos apoyan el consenso que la elección probablemente habría sido una ola roja si Donald Trump no hubiera sido un factor. Le hizo muy bien a los conservadores en 2016 y tuvo muchos éxitos en su gobierno: impuestos y desregulación, seguridad energética, jueces, los Acuerdos de Abraham, la corrección de las ilusiones sobre Irán, entre otros -pero ahora pareciera una carga. Los fanáticos de MAGA no pueden aceptarlo; sin embargo hoy hay un número decisivo de estadounidenses que votarían por los republicanos, e incluso votarían por políticas trumpistas, pero no por Trump ni por los candidatos que lo acompañen.
Las batallas de los ganadores
La otra lección que parecen dejar estas elecciones no pasa tanto por las pérdidas de los republicanos a los que Trump había respaldado, como Mehmet Oz en Pensilvania, sino observar qué republicanos ganaron y qué estrategia usaron.
Ron DeSantis, quien asumió como gobernador de Florida en 2018, ganó la reelección por 20 puntos, además de hacerse con la mayoría latina en el condado de Miami-Dade por primera vez en veinte años. Esta fue una victoria alentadora que todos los republicanos vitorearon. Pudo ganar el 60% de los votos, después de lograr el triunfo por escaso margen hace cuatro años, porque no rehuyó las grandes peleas de alto perfil sobre temas candentes de guerra cultural, como la teoría crítica de la raza y el adoctrinamiento transgénero. Fue DeSantis precisamente el único candidato republicano que hizo del escándalo de las leyes trans un problema. Y resultó el ganador electoral indiscutido.
Glenn Youngkin también dio la batalla cultural en noviembre pasado para dar la sorpresa en la carrera por el cargo de gobernador de Virginia. Y Mike DeWine de Ohio y Brian Kemp de Georgia pelearon en el mismo sentido en esta elección obteniendo márgenes sólidos.
Son un grupo variado. DeWine mantuvo las restricciones de covid más tiempo, y DeSantis y Kemp han sido más duros con las corporaciones woke, en particular el gobernador de la Florida y su comentada batalla contra Disney. Pero lo que tienen en común es un conservadurismo centrado en las prioridades de los votantes: todos son pro-vida -los tres firmaron nuevas restricciones sobre el aborto- y todos han recibido y buscado el apoyo de los votantes de la clase trabajadora que se unieron al partido en los años de Trump.
No debiera llamar la atención. Los demócratas han estado alejándose de los trabajadores durante mucho tiempo. El histórico partido estadounidense de la clase trabajadora sigue perdiendo su apoyo y no solo entre los votantes blancos. Su elección de temas atrae más a los votantes socialmente progresistas con educación universitaria que a su base tradicional de apoyo. Esta es la historia de los principales partidos de izquierda en todo Occidente: se han desprendido de su base de clase trabajadora y se han convertido en propiedad de los graduados de clase media alta. El resultado final son partidos, como los demócratas, que genuinamente no pueden entender por qué los trabajadores quieren mayor seguridad económica, menos crimen y una buena educación para sus hijos en lugar de propaganda de género fluido.
Por ello, los candidatos republicanos deben apoyarse en la guerra cultural y no disculparse por sus posiciones, incluso en temas polémicos como el aborto. Luchar contra la izquierda es lo que muchos votantes de derecha quieren de los republicanos. Y dedicarse a solucionar los temas que de verdad importan a la gente, como desempleo, crimen y el precio de los combustibles que se ha disparado por la agenda verde de los izquierdistas y su lucha fanática contra los combustibles fósiles.
Es un análisis que resulta inspirador para todo el conservadurismo moderno, no solo el americano. Si algo se puede aprender en el actual estado de nuestras sociedades es que quienes defienden las ideas de la libertad y los principios republicanos ya no pueden contentarse con victorias o políticas defensivas. Esos discursos son perdedores. Para ganar poder político y lograr el crecimiento de los países, única manera de salir de la pobreza, hay que pasar a la ofensiva, presentar una visión convincente para el futuro y abordar temas de guerra cultural como el aborto y la teoría crítica de la raza sin disculpas. Cuando se hace eso, se gana.
*Eleonora Urrutia es abogado, máster en Economía y Ciencias Políticas.
