Boric

Este domingo 1 de junio de 2025, el Presidente Gabriel Boric pronunciará su último mensaje ante el Congreso Pleno. Tras poco más de tres años en La Moneda, hay mucha distancia entre hoy y el Chile en el cual comenzaron a gobernar el Frente Amplio y el Partido Comunista hace poco más de tres años.

En primer lugar, por el clima de la época, es decir, por el momento histórico que vivía Chile a comienzos de 2022. La elección misma de Boric estuvo dominada por representar el último viento de la revolución de octubre de 2019, con todo lo que ello implicó: las demandas de un cambio radical del orden existente, el inicio del proceso constituyente, la polarización del país y la organización de una Convención Constitucional radicalizada y refundacional. En segundo lugar, por lo que representaba Gabriel Boric y su equipo en ese verano e incluso al comenzar el gobierno. En esos tiempos “eran” el futuro, como mostraba un joven comité político que integraban Izkia Siches, Giorgio Jackson y Camila Vallejo, entre otros. Por último, porque entonces el juicio sobre el gobierno estaba suspendido y existía un horizonte de posibilidades, que iban desde cambiarlo todo a iniciar una nueva era en la historia de Chile. Después de todo, era el primer gobierno tras el “fracaso” de los 30 años.

A todo lo anterior se suma otro aspecto que es necesario considerar: en el país existía un conjunto vital de ideas que hablaban de más Estado, existía una lógica que privilegiaba a los pueblos originarios, las instituciones estaban venidas a menos y una anomia extendida se había apoderado de muchos lugares y circunstancias. Como resultado, se decía “Chile cambió”, con todo lo que ello implicaba. En la práctica, todo ello exigía una modificación relevante: generacional, de sectores gobernantes, de grupos políticos en el gobierno, cambio no sólo de personas, sino también de los grupos gobernantes, así como de los sectores sociales que debían ocupar más espacios.

El último mensaje del Presidente Boric se presentará en un clima distinto. El ambiente de revolución y cambio constitucional ha virado hacia un país que valora más la seguridad y el progreso económico; Carabineros y la PDI están entre las instituciones mejor evaluadas y fueron rechazados dos proyectos constitucionales durante esta administración. Es difícil que los chilenos recuerden actualmente muchos nombres de los ministros de Estado, en un gabinete que en cualquier caso ha aumentado su promedio de edad. Por otro lado, ahora el gobierno puede ser evaluado por lo que ha hecho o dejado de hacer, por sus logros y fracasos históricos, y ya no por sus simples promesas de un futuro mejor.

A todo lo anterior se suma una realidad muy perceptible, de carácter político y, en menor medida, cultural. Se trata de una mezcla entre derechización del país y cambio de eje, incluso etario, sobre los liderazgos políticos. Los mejor aspectados para un próximo gobierno parecen ser Evelyn Matthei o José Antonio Kast, ambos de derecha y de una generación mayor. Los distintos candidatos, en un claro cambio de eje conceptual, se esfuerzan por explicar la necesidad de seguridad y de combatir la delincuencia, cualquiera hubiera sido su posición en el pasado. La dialéctica política cambió: si antes era muy fácil atacar al Presidente Piñera -el «peor gobierno de la historia», decían los entonces jóvenes rebeldes- hoy las exigencias se dirigen al Presidente Boric, que debe responder por sus promesas y acción de gobierno, al que muchos califican como «¡el peor gobierno de la historia!».

Ese es el contexto en el cual se inscribe la Cuenta Pública del Presidente de la República. Si el primer discurso de cada gobernante es de promesas y anuncios de un futuro mejor, los años intermedios representan esencialmente la administración, con avances y algunas otras cosas. El último discurso, en cambio, se trata de un balance, con toda la responsabilidad que ello implica y también con el evidente sentido histórico que tiene. El Presidente Boric, este domingo 1 de junio, deberá hacer un barrido sobre lo que ha sido el gobierno en su conjunto, incluyendo el programa, las promesas y los fríos y siempre difíciles números: de crecimiento económico e inflación, de empleo y oportunidades, de delincuencia y seguridad, y tantos otros temas en que las noticias no son positivas.

Algunas cartas ya están jugadas. La nueva Constitución, presentada como una condición de posibilidad para el éxito del gobierno, fracasó y tuvo un rechazo del 62% de los votantes; el crecimiento económico no se acercó al 3,5% anual como alguna vez anunció el entonces candidato Gabriel Boric; la delincuencia ha continuado, se ha agravado y ha tenido una escalada de muerte y destrucción, que ha implicado una grave sensación de inseguridad en la población. Por otra parte, el país es más estable que en 2022, la región de La Araucanía está más tranquila y la cuestión constituyente se resolvió dentro de un relativo orden. En estos días, otros problemas aparecen como parte de la discusión: el aborto amplio, las relaciones con Israel y alguna otra cuestión, mezcla de temas ideológicos con circunstancia política.

Sin perjuicio de todo lo anterior, es preciso considerar algunos aspectos cruciales. El primero es que, en términos generales, el juicio sobre el gobierno ya está formado, y no cambiará sustancialmente por el mensaje presidencial. En otras palabras, hoy es muy fácil medir la opinión sobre el gobierno, semana a semana y mes a mes, a través de numerosas encuestas. Adicionalmente, existen otras formas de comprobar la mayor adhesión o rechazo hacia una administración y el juicio ciudadano hacia su gestión. Para ello no hay mejor medición que las elecciones intermedias -la de la Constitución en septiembre de 2022 y las de alcaldes, concejales, gobernadores y cores en 2024- a lo que se sumará en noviembre próximo la elección de Presidente de la República y de Congreso Nacional. Podríamos parafrasear: esos son los momentos en que los discursos callan y la gente habla.

El segundo se refiere a los problemas de fondo que enfrenta Chile. Ellos no se pueden resolver ni explicar en el marco de un mensaje presidencial, que busca causar ciertos efectos, alinear a las huestes y provocar adhesión en la opinión pública. Pero Chile sigue teniendo problemas profundos, de carácter social y cultural, de naturaleza económica y política, de proyecto de país y precariedad de su población. El tema es grave y la forma de enfrentarlo no es fácil: requiere que despierten las energías dormidas, exige liderazgos potentes y en diversos ámbitos, necesita de ciertos acuerdos fundamentales y no acepta continuar con la mediocridad con la que ha languidecido el país en los últimos años. Temas como la falta de vivienda, la escasa natalidad o los resultados de la educación no pueden imputarse a un gobierno o a una candidatura, y quizá por eso los gobernantes y los candidatos no se preocupan mayormente de ellos. Sin embargo, parece claro que no se puede seguir así, que el transcurrir histórico de Chile merece más y que el camino escogido debe revisarse con rigor.

Nada de eso saldrá de este último discurso del Presidente Boric. Casi con certeza las autoalabanzas tendrán su contrapartida en las críticas opositoras. Eso es parte de la política y no se puede esperar algo radicalmente distinto. Pero no se juega ahí el futuro de Chile, porque el problema es más profundo y existe un cierto aletargamiento intelectual y moral. Al país no le basta prometer un cambio más o menos relevante: debe despertar. Tras ello, podrá surgir una nueva etapa, que sólo puede enfrentarse con éxito si hay inteligencia, sacrificio y esperanza.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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