La semana comenzó con una noticia triste: el domingo 13 de abril falleció Mario Vargas Llosa, en Lima. Murió en el mes del libro y la lectura, lo que es una feliz coincidencia que marca el fin de un largo camino en el mundo de las letras, no mucho después de anunciar su retiro de la escritura.

Se han dicho muchas cosas en estos días: que fue un escritor notable, un intelectual público de gran nivel y un hombre interesado en la política de las ideas, pero también en la actividad misma de la lucha por el poder. En todas esas actividades destacó por su inteligencia, por su compromiso decidido y una capacidad de trabajo encomiable, por su amplia cultura y un sentido de misión. Una cosa es clara: con su partida se marcha también el último gran miembro del boom latinoamericano, ese movimiento literario y político que cambió la historia del continente en el ámbito las letras.

En sus Memorias, Jorge Edwards recuerda que en París le tocó conocer a “un joven peruano que había leído mucho, pero que era un poco sistemático y rígido en sus ideas”, es decir, que “pertenecía a los sectores dogmáticos, altamente ideologizados de la extrema izquierda de aquellos tiempos. ¡Estupendo lector, sin embargo, y brillante expositor!” (en Esclavos de la consigna. Memorias II, Lumen, 2018). Era la década de 1960. Por cierto, dicha posición cambiaría con el tiempo, decepcionado de la Revolución Cubana -fue clave en esto el famoso y vergonzoso caso Padilla-, que lo llevó abandonar la fascinación comunista que lo había acompañado en su primera juventud.

A su cambio también contribuyeron las lecturas. Se convirtió en demócrata y liberal, como sintetizó en su discurso del Premio Nobel (2010), “gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china”.

Pero, como es obvio, no todo era ideas y política. Vargas Llosa fue, esencialmente, un gran lector y un escritor de los grandes. Desde niño comenzó a leer autores franceses y norteamericanos (ciertamente también de otras nacionalidades), disfrutó de la creación de mundos nuevos y se transportó a ellos. Aprendió a leer a los cinco años: “Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio”, resumió con emoción al comenzar su discurso de Estocolmo, que se difundió con un título muy bien escogido: “Elogio de la lectura y la ficción”.

De lectura nació su vocación: ser escritor. No solo fue una forma de seguir su camino, sino también una rebelión, que contó con la oposición decidida de su padre y con algunas vacilaciones propias. Sin embargo, la decisión se consolidó con su viaje a Francia, y específicamente a París, ciudad que admiraba y con la que había soñado muchas veces. Su primera concepción literaria era deudora precisamente de un escritor de ese país: Jean Paul Sartre, quien pensaba “que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia”. Por cierto, no fue su única fuente, puesto que en esa trayectoria habían aparecido autores como Flaubert y Faulkner -figura decisiva para muchos autores del boom-, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, Camus y Orwell.

Lo anterior nos muestra una característica que ya había destacado Luis Harss en su libro sobre el boom, titulado Los nuestros (1966, con edición en Alfaguara, 2012). Vargas Llosa combinaba “una extraordinaria sensibilidad con la integridad y el profesionalismo”. En otras palabras, el escritor peruano era tanto un hombre creativo y talentoso, como un trabajador infatigable, un estudioso de los temas que luego convertiría en sus novelas, una persona que sabía que la intuición y la creatividad nacen en el trabajo y no desde el ocio.

El Vargas Llosa lector era también un escritor en paralelo. Los libros que leía muchas veces los pensaba y discutía, hacía de ellos una nueva obra de crítica literaria y de comentarios para que podamos acercarnos a la literatura. Así quedaba expresado muchas veces en el diario El País, de España, donde algunos domingos se refería a nuevas publicaciones con esa agudeza que a muchos nos llevaba a sumar nuevos textos para nuestras propias lecturas. Su obra La verdad de las mentiras (Alfaguara, 2002) se refiere a obras y libros de más de treinta grandes autores de los más diversos países del mundo: tras leer estas reseñas, resulta mucho más fácil acercarse a los textos comentados por Vargas Llosa. En la misma línea, pero con una profundidad mayor, aparece La tentación de lo imposible (Alfaguara, 2004), que es el análisis que Vargas Llosa realiza sobre la gran obra del francés Víctor Hugo, Los miserables, un libro sublime y con personajes entrañables.

Como suele ocurrir en estos temas, es posible y necesario discrepar, por muy grande que haya sido el escritor peruano y por muchos premios que haya recibido. Unos están distanciados de Mario Vargas Llosa por su posición política, otros por algunas declaraciones y muchos porque no les gustan algunas de sus novelas o sencillamente prefieren otro autor. Eso no solo es legítimo, sino que resulta perfectamente explicable. Adicionalmente, en la política práctica no tenía todos los talentos necesarios, aunque tuviera una vocación parcial y un interés permanente. Leer El pez en el agua (1993) no solo es como adentrarse en una novela de la vida del autor –en sus dimensiones literaria y política– sino que permite conocer momentos específicos y especiales, como sus pasiones de juventud, su carrera literaria inicial y la candidatura presidencial de 1990, en la que fue derrotado. En otras palabras, es una autobiografía imprescindible.

Con todo, la partida de Vargas Llosa nos permite recordarlo como un intelectual brillante y un escritor de los grandes. Era un adversario temible en su argumentación, pero leal, inteligente, culto e informado. Asimismo, era un amigo que siempre estaba presente en las luchas más diversas por las causas en las que creía. Era un conversador amable incluso con aquellos que no lo conocíamos mayormente, pero pudimos compartir con él. Y era una persona que nos permitió gozar de la pasión compartida por los libros, por la lectura y por las maravillas y dolores, de la ficción y de la realidad.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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