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Cuando en octubre de 2020 los chilenos acudimos a los locales de votación para sufragar en el primer referéndum en treinta años -el llamado plebiscito de entrada-, no podíamos imaginar siquiera que visitaríamos las urnas en otras siete ocasiones en poco más de tres años. Ningún país en el mundo se acerca siquiera a estos números.
Veamos. Después de pronunciarnos mayoritariamente por el reemplazo de la Constitución de 1980, elegimos dos organismos constituyentes para hacer la tarea: la Convención y el Consejo. Dos veces fuimos a emitir nuestro sufragio para aprobar o rechazar el texto propuesto por cada uno de ellos. Como sabemos ninguno logró el voto mayoritario del electorado. Entremedio, como estaba previsto, acudimos a los locales de votación a elegir a las autoridades municipales y regionales, y pocos meses después nos pronunciamos en primera vuelta por los candidatos presidenciales que aspiraban a pasar al balotaje, momento en el cual además elegimos a los diputados y senadores correspondientes a los distritos donde residimos. ¡Ocho elecciones entre octubre de 2020 y diciembre de 2023! Es todo un récord mundial.
No olvidemos que las primeras contiendas electorales se realizaron, además, cuando la pandemia del coronavirus nos contagiaba y ponía en peligro nuestras vidas, como ninguna en casi un siglo, una emergencia sanitaria que obligó a postergar la realización de algunos de esos actos electorales. No deja de ser extraordinario que mientras solemos convencernos que todo empeora a nuestro alrededor, con un Estado que se vuelve fallido a ojos vista, estos ejercicios democráticos hayan sido realizados con una pulcritud más propia del primer mundo que del subdesarrollo donde sentimos que nos desenvolvemos. Más de 70 millones de votos fueron emitidos por los chilenos en menos de lo que dura un mandato presidencial, a un promedio de más de una veintena de millones de votos por año.
Pero no es todo: las urnas nos esperan en octubre próximo para elegir alcaldes, concejales, gobernadores y consejeros regionales. Y en 2025 volveremos dos veces ahí donde ya se ha vuelto costumbre, para sufragar por undécima vez en un quinquenio -por el gobernante que sucederá al Presidente Boric y por los futuros parlamentarios.
Con toda razón la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist ha calificado a la democracia chilena en el selecto grupo de naciones, son 24, que gozan de una democracia plena. El intenso itinerario electoral, al que hemos dado cumplimiento con escrupulosa puntualidad, ratifica esa cualidad. No es improbable que, incluso, la posición de Chile mejore en ese prestigioso ranking.
Pero no es sólo que hemos sido capaces de dar cumplimiento a un exigente calendario de contiendas electorales. Es también, y esto es lo más importante, que las pulsiones del grave estallido de 2019 encontraron la salida institucional que por momentos pareció esfumarse en el caos de la violencia y los incendios de ese entonces. En más de algún sentido el vértigo de las elecciones, una tras otra, permitió ir dejando atrás la violenta revuelta que amenazó con poner fin a la gobernabilidad democrática. Esas verdaderas ceremonias populares que movilizaron a millones de electores nos devolvieron paulatinamente a la paz y a la normalidad, devastadas por el estallido social.
Es el triunfo de la democracia que se impuso al embate destituyente del octubrismo, aunque alguien piense que ha sido sobre todo procedimental, porque algunos de los grandes problemas que agobian a la sociedad chilena se mantienen sin resolución. Pero como escribe Eugenio Tironi esta semana “el resultado del domingo no fue un fracaso de la política, como se ha dicho: fue su victoria”. Nunca ha sido más cierto aquello de que los problemas de la democracia se resuelven con más, y no con menos, democracia. “Congratulémonos” es la invitación del sociólogo y columnista. A la luz de lo que hicimos los chilenos en este tiempo, se justifica plenamente.
