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Lograr algo solos nos da un orgullo enorme. En su justa medida, es sano. Sin embargo, pretender que sea el estándar es absolutamente contraproducente. 

Ser libre se ha traducido en no necesitar a nadie. Ni en el trabajo, ni en la crianza ni en el amor. En el caso de las mujeres, se nos llama “empoderadas” cuando podemos hacer todo solas, mientras cargamos con una tremenda mochila en los hombros, que no soltamos jamás y nos tiene con fatiga crónica, problemas de sueño y los nervios de punta. Pero lo hemos normalizado, como si fuese algo esperable con lo que debemos lidiar a diario y, por supuesto, solas. A los hombres, se les insta a disfrutar la vida sin “ataduras”, pues acceder a más dinero, más entretención y por supuesto a más placeres, es más fácil estando solo. En ambos casos, seguir estas directrices prometen mayores niveles de felicidad para ambos. Sin embargo, los indicadores de Pharmaceutical Market/ Consumption of Antidepressants de la OCDE, muestran que entre 2015 y 2022 Chile tuvo un explosivo aumento de 103% en el consumo de antidepresivos, pasando de 46,5 a 94,3 dosis diarias por cada mil personas. Esta cifra se ve aún peor cuando vemos que en los 2000 éramos el segundo país con menor consumo de antidepresivos en toda la OCDE, con apenas 13 dosis diarias a principios de los 2000 y hoy son más de 90, situándonos como el quinto país con mayor consumo de la OCDE tras dos décadas. 

¿No se supone que “a menos cargas, más felicidad”? Algo no cuadra. Vemos anuncios que nos invitan a comprar, viajar y tener fama, como si imitando ese estilo de vida, nos fuésemos a ver igual de sonrientes que el modelo de la foto. Pero la realidad nos está mostrando algo completamente opuesto. Si bastarse a sí mismo fuese motivo de mayor felicidad, el consumo de antidepresivos debería bajar, no aumentar exponencialmente. 

Según la filosofía, la libertad puede ser vista desde dos perspectivas: Negativa o de interferencia, que se entiende como la ausencia de obstáculos externos, es decir que nada ni nadie nos impida ejecutar nuestra voluntad. Y positiva o de autodeterminación, que se enfoca en la capacidad de elegir el bien, puesto que hacer lo que se quiere cuando se quiere, implicaría ser esclavo de nuestros instintos, lo que sería una anulación de la misma libertad.  

La libertad de hacer lo que quiero cuando quiero, es la que nos venden como ideal y ya hemos visto sus efectos. Es justamente la que nos está provocando esta epidemia de vacío interior y soledad forzada. En cambio, la libertad para elegir el bien es la única que construye algo duradero, algo que nos apoye cuando todo se derrumba: los lazos. 

Imagina que tienes un día muy exitoso, lleno de reuniones, llamados telefónicos, cierras ese negocio que llevaba meses trabado y recibes palmaditas de felicitaciones en la espalda de todo el mundo. Estás contento, te sientes poderoso. Ahora, ¿dónde prefieres terminar el día? ¿En un departamento vacío, con las luces apagadas donde metes comida a calentar en el microondas para comer mirando la televisión mientras posteas lo orgulloso que te sientes? ¿O en una casa que te recibe con abrazos y risas de alegría porque llegaste, para sentarte a una mesa con comida caliente que se disfruta conversando del día de todos? 

Es urgente que abramos los ojos y reconozcamos el valor de la comunidad, de la familia, de las relaciones humanas basadas en la interdependencia y el tener una red de apoyo que aplauda los logros y acompañe los fracasos. Saber que contamos con alguien que estará en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza. 

Ser autosuficiente no exige nada, pero lo quita todo. En cambio, la familia sí exige: exige tiempo, dedicación, paciencia. Pero también entrega lo más valioso: nuestra red de apoyo. Ahora, ¿a quién le vas a contar todos estos datos?

Abogado y estratega cultural. Su trabajo se centra en la familia y las redes de apoyo comunitario como respuesta frente a la crisis de soledad y fragmentación social

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