El rodeo chileno tiene raíces coloniales. Surge en los siglos XVI y XVII como una práctica funcional asociada a la vida hacendal: reunir, seleccionar y contabilizar ganado. Estas “corridas” se realizaban inicialmente en espacios abiertos -plazas o potreros- con una finalidad eminentemente práctica, hasta que progresivamente se estructuraron en recintos semicirculares, las actuales medialunas.

Durante el siglo XIX se consolida como práctica rural organizada y, en el siglo XX, se formaliza mediante reglamentos y competencias. En 1962, el Consejo Nacional de Deportes y el Comité Olímpico de Chile, por medio del oficio 269, reconocieron oficialmente al rodeo chileno como disciplina deportiva, dotándolo de jurado, reglas y premios. Desde entonces, su institucionalización ha ido de la mano de una narrativa identitaria: el caballo corralero, el huaso y su vínculo con el mundo rural.

El Champion de Chile, realizado en Rancagua entre el 25 y el 27 de marzo, constituye hoy su máxima expresión competitiva y simbólica. Sin embargo, pese a su larga tradición, el rodeo continúa siendo objeto de cuestionamientos, principalmente por los efectos que genera sobre el bienestar animal.

La evidencia disponible muestra que los novillos experimentan estrés y riesgo de daño físico. Para quienes nunca han presenciado un rodeo, basta observar en qué consiste la destreza del jinete y su caballo: acorralar al animal contra las tablas de la medialuna. El novillo es sometido a persecución, confinamiento y ruido intenso, situaciones que desencadenan respuestas claras de estrés agudo. Los bovinos tienen una marcada reacción de huida, por lo que estos contextos provocan aumentos en cortisol, frecuencia cardíaca y conductas de escape, como ha sido documentado en estudios etológicos y veterinarios.

A esto se suma el riesgo físico producido por la collera cuando embiste al novillo contra las quinchas. Reportes veterinarios -tanto observaciones en terreno en Chile como literatura comparada sobre manejo intensivo de ganado- describen contusiones, lesiones musculares y, en algunos casos, fracturas costales.

Reconocer estos antecedentes no implica desconocer que el rodeo forma parte de la tradición rural chilena ni que muchos lo consideran patrimonio cultural. En el Champion esa dimensión simbólica es evidente: generaciones enteras, vestidas con sus mejores aperos huasos, vibran no sólo con la atajada, sino también con el manejo de la rienda y la estética del despliegue ecuestre. Desde esta mirada, su prohibición suele entenderse como una desvalorización del mundo campesino frente a sensibilidades mayoritariamente urbanas.

Pero tampoco podemos ignorar un dato central: los animales tienen capacidad de sufrir, y ese sufrimiento importa moralmente. La discusión, entonces, no se agota en determinar si el daño es extremo o excepcional, sino en preguntarse si resulta justificable infligir daño evitable a animales con fines principalmente recreativos. Este mismo cuestionamiento se ha planteado respecto de otras prácticas tradicionalmente defendidas -como las corridas de toro o las peleas de gallos-, donde la apelación a la tradición ya no parece suficiente.

Estamos, así, frente a un dilema real: preservar prácticas culturales o avanzar hacia estándares más exigentes de bienestar animal. Sin embargo, este dilema no tiene por qué resolverse en términos absolutos. Al menos por ahora, es posible pensar en caminos intermedios: regulaciones más estrictas, modificaciones concretas que disminuyan el impacto sobre los novillos y estándares de bienestar claros, medibles y transparentes. Esto permitiría un debate público más honesto y menos ideologizado.

Porque, al final del día, la pregunta sigue siendo incómoda: ¿por qué necesitaríamos de un novillo atrapado entre un caballo y una pared para sentirnos chilenos?

Docente-Investigadora en Bioética, Universidad del Desarrollo

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6 Comments

  1. Discrepo de su columna. La autora no entiende lo que significa el rodeo para los huasos chilenos de Arica a Punta Arenas. Más sufrimiento que el que experimentan los novillos, es el que sufren miles de perros encerrados en departamentos en espera de que el “amo” regrese de su trabajo. Las mascotas reemplazan a los hijos y eso requiere más preocupación que unos pocos novillos afectados dentro de centenares de rodeos. La Federación de Rodeo de Chile ha evolucionado en lo referente al bienestar animal tanto de los novillos como de los caballos. La fiesta del rodeo chileno tiene cada día más adeptos y a pesar de los temores de la columnista, continuará representando una fiesta nacional. El rodeo tiene unos pocos detractores, la mayoría de los cuales no han ido nunca a un rodeo. Las carreras de caballos, la equitación, el enduro, el polo y muchos deportes exigen a los caballos, a lo mejor en contra de su voluntad. Chile tiene otras prioridades hoy como el bienestar de los presos, el abandono de los adultos mayores y la baja natalidad. Dejemos tranquilo al rodeo. Orgullo de Chile y del mundo campesino.

  2. Muy de acuerdo con Andres Montero. Creo que mucho más sufren, y una sola vez, ya que mueren, los fetos con procedimientos abortivo. Más sufren los niños y jóvenes que no se les entrega disciplina y rigor para ser personas íntegramente desarrolladas. Qué lata este trasvasije de valores.

  3. Muy de acuerdo con los dos comentarios anteriores, dejen las tradiciones tranquilas. Si la autora quiere dar una pelea en serio, preocúpese de tanta mascota encerrada que ni siquiera camina, los pasean en cochecitos, los someten a vuelos encerrados en la bodega del avión o en jaulas para ir de vacaciones a Europa o el Caribe con sus “padres adoptivos”, algunos hasta los visten con botas, impermeables u otras excentricidades totalmente contrarias a su naturaleza, por algo tienen pelaje y dientes para masticar y en vez alimentarlos con comida sintética procesada. Así como vamos hasta cabalgar lo prohibirán, todavía deben quedar carretas tiradas por bueyes, arrieros que arriba del caballo suben a la cordillera… ahh y no olviden lleva una lupa para ver qué pisan, pueden estar asesinando hormigas, arañas o babosas

  4. Puede parecer una descalificación, pero me imagino que la Universidad del Desarrollo tiene cuestiones más relevantes de estudiar, analizar o responder.

  5. *El rodeo chileno: tradición, regulación y evidencia, no maltrato.”

    El artículo parte de una premisa que confunde prácticas ganaderas históricas con deporte regulado. El rodeo chileno actual no es una «corrida» colonial a campo abierto. Es una disciplina normada desde 1962, con reglamento, jurado, veterinarios obligatorios y un Manual de Bienestar Animal fiscalizado por el SAG. Reducirlo a «un novillo atrapado entre un caballo y una pared» es desconocer 60 años de institucionalización.

    *1. Sobre el estrés y el daño físico: los datos no respaldan el relato*

    El artículo afirma que los novillos experimentan «estrés y riesgo de daño físico» como regla general. Sin embargo, los estudios de campo disponibles muestran otra realidad. En la investigación publicada en Scielo sobre competencias oficiales, se evaluaron 234 novillos: 0,85% presentó heridas o sangrado. Ningún animal fue retirado por lesión.

    Respecto al estrés agudo, toda interacción con humanos genera cortisol en bovinos: desde un arreo en fundo hasta una vacunación. El punto clave es si ese estrés es manejable y momentáneo. En el rodeo, el novillo corre máximo 3 atajadas de segundos cada una, luego descansa. Se usan novillos sobre 300 kg, sanos y con descanso obligatorio entre series. Comparado con el estrés del transporte a feria o matadero, que dura horas, el impacto es acotado y supervisado.

    La cifra entregada por las federaciones es 0,003% de siniestralidad sobre más de 1 millón de novillos anuales. Incluso si se cuestiona esa cifra, los datos independientes no muestran el «daño extremo» que se sugiere.

    *2. La apelación a la tradición no es un argumento vacío: es cultura viva*

    El texto plantea que «la apelación a la tradición ya no parece suficiente». Pero confunde tradición muerta con cultura activa. El rodeo mueve más de 2 millones de asistentes al año y tiene 26.000 socios federados. Es la segunda disciplina con más deportistas después del fútbol. Hay escuelas de rodeo, criaderos de caballo chileno, artesanos de aperos y familias completas que viven esa cultura.

    Pretender que todo eso se resume en «fines principalmente recreativos» es reduccionista. El Champion de Rancagua es también una feria agrícola, un espacio de transmisión de oficios rurales y el único evento donde el caballo chileno muestra su función zootécnica real. Prohibirlo no es solo quitar un espectáculo: es desarticular una cadena cultural y económica del mundo rural.

    *3. El falso dilema: o cultura o bienestar animal*

    El artículo termina con una pregunta retórica: «¿por qué necesitaríamos de un novillo atrapado… para sentirnos chilenos?». La pregunta es tramposa porque asume que el rodeo se trata de hacer sufrir. Nadie se «siente chileno» por ver sufrir un animal. La identidad está en el manejo de la rienda, la destreza del caballo chileno, el trabajo en collera y la competencia.

    Y ese dilema que plantea entre «preservar prácticas o avanzar en bienestar» ya se resolvió hace años con regulación. El Manual de Bienestar Animal firmado en 2023 exige: veterinario en medialuna, novillos de peso mínimo, quinchas acolchadas, prohibición de golpes a la cabeza, picana eléctrica regulada y sanciones deportivas. Es decir, ya existen «estándares claros, medibles y transparentes».

    Pedir «caminos intermedios» cuando esos caminos ya existen demuestra desconocimiento de la normativa vigente.

    *Conclusión*

    El rodeo chileno no está anclado en el siglo XVII. Tiene reglas, fiscalización y tasas de lesión medibles que no avalan la narrativa de maltrato sistemático. Se puede discutir y mejorar, pero desde la evidencia, no desde la caricatura. Desmantelar una práctica regulada, con arraigo social y económico rural, basándose en el supuesto de un «daño evitable» no probado, es imponer una visión urbana sobre un mundo que funciona con otros códigos.

    Si el estándar es «cero estrés animal», entonces también habría que prohibir la ganadería, el transporte y la veterinaria. Para qué decir de la tenencia de animales en las áreas urbanas. Perros galgos, pastores y de grandes tamaños encerrados en departamentos. Si el estándar es «daño evitable bajo supervisión, con beneficio cultural», el rodeo cumple.

  6. Fernando Mandiola Parot.
    En Chile, el rodeo no es un espectáculo importado ni una invención moderna que pueda evaluarse fuera de contexto. Es una práctica que nace con la propia formación del país, en los siglos XVI y XVII, cuando la economía rural dependía del manejo del ganado, no respondían a la entretención, sino a una necesidad productiva concreta: reunir, seleccionar y controlar animales en un territorio vasto y poco urbanizado. Con el tiempo, esa práctica se estructuró, se reglamentó y terminó por consolidarse como una expresión cultural profundamente ligada a la identidad campesina chilena.

    Durante el siglo XX, el rodeo avanzó hacia su formalización institucional, siendo hoy una disciplina con reglas claras y es hoy un símbolo de continuidad histórica: el huaso, el caballo corralero y la medialuna representan una relación entre ser humano, animal y territorio que no puede reducirse a una lectura superficial o exclusivamente urbana.

    Hoy, sin embargo, el rodeo enfrenta cuestionamientos crecientes, principalmente desde el ámbito del bienestar animal. Se argumenta que el novillo experimenta estrés, riesgo de lesiones y sufrimiento innecesario. Estos elementos, desde luego, no deben ser ignorados. La evidencia veterinaria muestra que los bovinos, como cualquier animal de producción, reaccionan ante situaciones de presión, ruido y confinamiento. Pero presentar esto como una excepcionalidad del rodeo es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una deshonestidad intelectual. El manejo intensivo de ganado —desde el transporte hasta procedimientos sanitarios habituales— también implica estrés y riesgo, y forma parte de sistemas ampliamente aceptados por la misma sociedad que hoy cuestiona selectivamente esta práctica.

    El punto de fondo, entonces, no es si existe o no estrés animal —porque existe en múltiples ámbitos—, sino si una tradición arraigada, regulada y perfeccionable debe ser descartada en lugar de mejorada. En este sentido, el rodeo chileno sí ha mostrado capacidad de adaptación: incorporación de normas, fiscalización, y un creciente espacio para la medicina veterinaria en la supervisión de su desarrollo. Pretender que la única respuesta ética posible es su eliminación no solo desconoce estos avances, sino que instala una lógica binaria que empobrece el debate.
    En la experiencia comparada, prohibir puede que no sea un error en sí mismo, pero sí revela algo más inquietante: que una tradición puede desaparecer no por un análisis equilibrado, sino por la presión de una narrativa dominante que simplifica una realidad compleja.

    Chile enfrenta hoy una disyuntiva similar. Pero a diferencia de otros contextos, aquí el rodeo sigue siendo una práctica viva, con arraigo territorial real y no meramente simbólico. Reducirlo a un problema ético aislado, sin considerar su dimensión histórica, social y económica, implica desvalorizar el mundo rural y profundizar la brecha entre el país urbano y el campesino.
    El rodeo es una tradición relevante que puede y debe evolucionar sin ser eliminada. Defender el rodeo significa también rechazar la idea de que la identidad cultural es prescindible o reemplazable sin costo.

    Porque al final, la pregunta no es solo qué hacemos con el rodeo. La pregunta es qué tipo de país queremos ser: uno que dialoga con su historia y la transforma responsablemente, o uno que la descarta bajo la presión de estándares que no siempre se aplican con la misma rigurosidad en otros ámbitos.

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