Michelle Bachelet volvió. Después de ver frustradas sus expectativas para ser electa secretaria general de Naciones Unidas, una candidatura derechamente testimonial, la ex Presidenta despejó cualquier duda sobre su futuro: “A quienes pensaban que después de esto me iba a ir para la casa, les tengo una mala noticia: esto no va a pasar”, señaló en su acto en La Pintana. La frase importa por la pregunta que le sigue: a qué vuelve. ¿Vuelve para opinar? ¿Para ser una figura de referencia de la izquierda? ¿Ordenar a una oposición que quedó devastada después del gobierno de Gabriel Boric? ¿O vuelve, derechamente, a preparar una tercera aventura presidencial?

La exmandataria no lo ha dicho con claridad y es esa ambigüedad la que debe preocuparnos. Y es que, gracias a cierta prensa que a estas alturas podemos llamar “Bacheletlover” los chilenos olvidamos demasiado rápido que el gobierno de Boric no fue el primer experimento de la izquierda con un proyecto refundacional. Bachelet ya había hecho el suyo. Y en varios aspectos llegó bastante más lejos. Bajo su segundo mandato la frase del entonces vocero de esa nefasta Nueva Mayoría, Jaime Quintana, se hizo carne en las instituciones y el ethos nacional: “Nosotros no vamos a pasar una aplanadora, vamos a poner aquí una retroexcavadora, porque hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura”. Y lo lograron.

El segundo gobierno de Bachelet no fue solamente el comienzo de la debacle económica. Bajo su gestión se aprobaron reformas que hundieron al país en las ciénagas de una crisis generalizada. La reforma tributaria de 2014 modificó profundamente el sistema impositivo. En educación la tómbola logró destruir el consenso hegemónico en torno al mérito haciendo realidad el sueño igualador de Eyzaguirre: les quitaron los patines a los niños. En el mapa político Bachelet incorporó al Partido Comunista creando la Nueva Mayoría y abrió las alamedas a la generación de la izquierda progresista que continuaría, bajo el mandato de Boric, con el proyecto de su antecesora. Fue con Bachelet que se empoderó a los sectores más violentos del mapa político, se inició la crisis migratoria y se desmanteló el sistema de inteligencia. Un escándalo para la Fiscalía y el Poder Judicial fue no haber investigado la relación entre comunistas y miembros de las Farc para entrenar guerrilleros chilenos que luego se visten de la causa indigenista. Además, fue ella la primera en firmar la Agenda 2030 que abrió las puertas de nuestro país al globalismo y a la pérdida de soberanía.

Como si con todo lo anterior no bastara, también fue la expresidenta quien inició la debacle institucional. Con el proceso constituyente abierto impulsó un experimento constitucional que contó con la participación de ciudadanos en Encuentros Locales Autoconvocados y cabildos. Cinco días antes de dejar el cargo, la exmandataria presentaría al país una propuesta cuyo modelo era muy similar al estado social y democrático de Derecho que fracasó en los dos procesos constituyentes. La discusión que se reactivó formalmente durante el golpe de Estado del 18-O con el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, fue legado de Bachelet.  

Un extranjero que supiese todo lo anterior, aún sin mencionarle el caso Caval, pensaría que la expresidenta no tiene chances de volver a La Moneda. El asunto es que Bachelet tiene una gracia, que otros líderes de izquierda no tienen. Hablamos de un cierto magnetismo para encantar desde el PC a la derecha tradicional, apareciendo frente a la ciudadanía, los actores políticos y empresariales como una figura “moderada”, capaz de llegar a acuerdos y mantener la paz social. Pero, detrás de la sonrisa amable, los gestos cordiales, las cumbias y los eslóganes, Bachelet “no está contigo”. Basta una rápida mirada sobre su gestión, no solo nacional, sino internacional, para entender que su amor por la extrema izquierda es el eje rector de sus ideas políticas. Botón de muestra fue su visita a Cuba en 2009; la primera de un presidente chileno desde Allende en 1971. ¿Cuál fue su impronta como Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU?

Tras su visita a China, Bachelet fue criticada por lavar la imagen del gobierno usando el discurso oficial para referirse a los campos de concentración de uigures en Xinjiang como «centros de educación y formación profesional». Esta forma de proceder fue la tónica de su gestión: mientras no dudaba en emitir rápidos y severos comunicados públicos contra democracias occidentales por problemas migratorios o sociales, ante regímenes atroces como los de Irán, Corea del Norte, Rusia o Cuba se expresaba con moderación. Incluso en el caso de Venezuela, si bien sus informes técnicos terminaron reconociendo la gravedad de la crisis, sus declaraciones políticas siempre carecieron de la fuerza y la frecuencia que la tragedia humanitaria exigía.

La verdad es que Bachelet salió por la puerta trasera de la ONU. No se recuerdan casos tan bullados como el suyo. Entonces la pregunta es, ¿por qué pensaba que podía ser electa secretaria general? Porque tras ella los hilos del poder constituyen una red sólida e inexpugnable. La misma que podría asegurarle el éxito en su próxima candidatura a la presidencia de nuestro país para terminar por destruir lo poco que sobrevivió a su retroexcavadora.

PhD en Filosofía y en Ciencia Política

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4 Comments

  1. La expresidente Michelle Bachelet no tenía posibilidad alguna de ser nombrada Secretaria General de la ONU.
    El propósito de su candidatura era mantenerla vigente en el debate político; como una figura capaz de unir a la izquierda; de presentarla como candidata en la próxima elección presidencial; y a fin de que estuviese disponible para asumir el liderazgo en caso de que tuviese éxito un próximo “estallido social” como el del año 2019 —que en realidad fue, como lo dijo el presidente Sebastián Piñera, un “golpe de Estado no tradicional”—; asonada revolucionaria que estaría gatillada por la desastrosa situación económica y laboral actual, que tuvo su origen en las pésimas reformas económicas y tributarias adoptadas por la expresidente durante su segundo mandato.
    Adolfo Paúl Latorre

  2. Aparte de su desastrosa gestión política, económica, social e institucional, debemos recordar que la presidente Bachelet condecoró a tres exdirigentes sindicalistas de la empresa Rolls Royce que se negaron a trabajar y a entregar los motores de los aviones Hawker Hunter de la FACH enviados a Gran Bretaña para su reparación; y que también condecoró al senador Edward Kennedy por impulsar la enmienda que prohibía la venta de armas estadounidenses a Chile, en circunstancias que nuestra patria estaba amenazada de guerra por Argentina.
    Adolfo Paúl Latorre

  3. Kaiser convierte cronología en causalidad: reúne reforma tributaria, migración, 18-O, proceso constituyente y Frente Amplio, y de la sucesión obtiene una culpable. Luego invoca una «red sólida e inexpugnable» capaz de devolver a Bachelet a La Moneda, aunque incapaz de llevarla a la ONU.
    La retroexcavadora existe, pero está en la columna: retira causalidad, contrafactuales y evidencia hasta que, por fin, los hechos dejan de estorbarle a la tesis.

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