El Presupuesto 2027 llegó al Congreso con el ruido habitual de las tijeras. Los gobernadores regionales calculan lo que pierden, el mundo de la cultura mide su rebaja y Educación descubre que crecer en el papel puede significar encogerse frente a la inflación. Cada partida tiene su doliente y cada doliente su micrófono. Sin embargo, la decisión más importante del proyecto no aparece en ninguna partida, no tiene doliente con cifra y no ahorra un solo peso. Hacienda, sencillamente, no pidió a los ministerios que miraran sus programas con “perspectiva de género”. Nadie lo anunció. Se supo porque alguien en una cartera lo comentó a la prensa. Es el recorte más barato de la historia fiscal chilena, y quizá el más difícil de digerir para quienes construyeron lo recortado.
Para entender por qué, hay que saber qué se dejó de hacer. Desde 2022, cada servicio debía identificar qué programas contribuían a cerrar las brechas entre hombres y mujeres. Desde 2024, la Dipres además los etiquetaba, con instructivo metodológico y capacitaciones incluidas. El resultado fue asombroso: el 22,5% del presupuesto de 2025, unos 18,5 billones de pesos repartidos en 22 ministerios, “contribuía a la igualdad de género”. Para 2026 la proporción subió al 23%. Un lector desprevenido creería que el Estado chileno dedicaba casi la cuarta parte de su gasto a la causa. Nada de eso. El dinero iba a lo mismo de siempre. Lo que cambió fue el color del cristal.
Porque la perspectiva de género, en materia presupuestaria, nunca fue un gasto. Fue un par de anteojos. Quien se pone lentes rosados no compra un mundo rosado; sólo lo ve así. El propio informe de Hacienda lo confesaba con candor. De ese 22,5%, apenas el 1,31% era contribución directa, como la atención a víctimas de violencia o las campañas de prevención. El 21,2% restante era “indirecto”. Dicho de otro modo, de cada dieciocho pesos con perspectiva de género, diecisiete eran pesos destinados a otra cosa, pero mirados con perspectiva de género. El Programa de Recuperación de Barrios entraba en la cuenta porque tenía un eje “de género y cuidado”; un programa de Sercotec, porque incluía contenidos sobre autonomía económica femenina. La plaza seguía siendo plaza y el curso seguía siendo el curso, pero un funcionario debidamente capacitado los había contemplado con el ceño adecuado, y así quedaban bautizados y contabilizados.
El método tiene la virtud de no conocer límite. Con una perspectiva etaria descubriríamos que buena parte del gasto sirve a la vejez. Con una perspectiva del peatón hallaríamos que también le contribuyen las veredas, y lo mismo valdría para el ciclista, el zurdo o el vecino de regiones. Sumadas todas, el presupuesto contribuiría al trescientos por ciento de algo. Hay, en cambio, una sola etiqueta bajo la cual todo el gasto público cabe legítimamente al cien por ciento, y es justamente la que este sistema había olvidado: el bien común. Un presupuesto no necesita que le añadan perspectiva, porque ya tiene una, la del bien de todos y cada uno, el bien de la persona en sociedad. La anteojera de género no la enriquece, la reemplaza. Donde había un pueblo con necesidades espirituales y materiales, instala un libro de combate contable de dos columnas, con saldos, déficits y acreedores.
La Dipres defendía el etiquetado en nombre de la transparencia, pues permitiría a la ciudadanía comprender y seguir las políticas de igualdad. Es una curiosa transparencia la que tiñe la cuarta parte del gasto, porque no ilumina, encandila. Cuando todo es política de género, nada lo es, y lo que verdaderamente protege a la mujer queda sepultado bajo un veinte por ciento decorativo. Ahí estaba la injusticia más fina del sistema: usaba el bien real de unas pocas partidas como aval para el prestigio de moda de todas las demás. Proteger a una mujer del golpe es justicia sin apellido. No necesita perspectiva; necesita policías, fiscales y casas de acogida.
Hay algo más. La categoría de “brecha de género” supone que toda diferencia entre hombres y mujeres es una deuda que el Estado debe saldar. Pero la justicia no consiste en que todos tengan lo mismo, sino en que cada uno reciba lo suyo. La igualdad que exige la justicia distributiva es de proporción, no de planilla ideológica. La perspectiva de género no puede verlo, porque su cristal tiene un punto ciego exactamente del tamaño de la familia. Mira individuos sexuados en competencia y nunca ve esposos, ni padres, ni hijos. Bajo esa mirada, la madre que decide quedarse con sus niños pequeños aparece en el registro como una cifra de participación laboral por corregir, y la mayor brecha del país resulta ser, en definitiva, la maternidad. El sistema no necesitaba decirlo; le bastaba con contarlo. Y un Estado que mira a la madre como un déficit acabará, con toda buena voluntad, financiando su ausencia.
Celebro, entonces, la sensatez del Gobierno. Pero la sensatez silenciosa tiene un defecto: es reversible sin costo. Lo que se deja de hacer sin razones se vuelve a hacer sin esfuerzo, y una ideología destronada por omisión regresa por decreto el primer día de la administración siguiente, con el instructivo intacto y las capacitaciones ya diseñadas. Lo que se abandonó por descuido no se puede defender; lo que se abandonó por convicción, sí. Hace un año, en la discusión del presupuesto anterior, la crítica de la entonces oposición a esta perspectiva fue de prioridades y de costo: cuánto se gastaba en esto y a quién se contrataba. Es una objeción razonable, pero insuficiente. Si el etiquetado hubiese sido gratuito, el error habría sido idéntico. El problema nunca fue el precio de los anteojos, sino lo que hacían ver. El Ejecutivo haría bien en decirlo, no en un comunicado altisonante, sino con la sobriedad con que se corrige una mala contabilidad.
Quitarse los anteojos no es ver menos. Es volver a ver lo que siempre estuvo ahí: hombres y mujeres que no se deben nada como adversarios y se lo deben todo como prójimos, niños que no son una carga en la cuenta de nadie, matrimonios y familias que no son un obstáculo para la igualdad sino el lugar donde se fragua el bien común. El Presupuesto 2027 no gastará un peso menos por haber dejado el cristal ideológico en el cajón. Gastará, eso sí, a ojos descubiertos. Y no hay mejor perspectiva que esa.

Excelente