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La derecha es un sector amplio y heterogéneo. Hasta ahora, el reconocimiento de esta realidad ha hecho que líderes y partidos se adapten a la necesidad de mantener una relación que ha aprendido a conservar normas de respeto mutuo.

Es esta diversidad, cuidada y que busca expandirse, la que ha hecho competitiva a la derecha en su conjunto, pero los ganadores puntuales de la última elección presidencial están buscando cambios permanentes en su funcionamiento. El resultado busca volverla más homogénea, dotada de un centro conductor y más radical en su orientación de lo que nunca ha sido.

Ya se observa un modo de ejercer el liderazgo que altera de modo apreciable las relaciones al interior del sector y entre sus partidos.

Este estilo tiene características inéditas: un presidencialismo reforzado, un amplio margen de libertad táctica y una relación desigual entre socios que deja como ganador neto a republicanos.

Ahora que se dan los primeros pasos de la futura administración Kast, los partidos de la centroderecha están descubriendo que no es lo mismo ser invitados a ser parte de un gobierno que contarse entre los que toman las principales decisiones.

Estamos ante un presidencialismo reforzado. Se ejerce el poder sin contrapeso porque se evita la influencia de conglomerados con autonomía suficiente como para formar su propio juicio, hacer sugerencias e intentar influir en las decisiones.

Pronto se verá la importancia que tiene el hecho de que Kast venga de haber forjado su liderazgo nacional como líder de un partido único que valora altamente la dirección centralizada y la disciplina de equipo.

Esta forma vertical de mando es la que ha empezado a aplicar. Kast se ha negado a que se intente conformar una coalición. El equipo de gabinete que está formando se ajusta a sus necesidades. Nada parecido a un gobierno de conglomerado.

La participación de cada colaborador es resuelta en una relación directa y personal, no importando su militancia. Cada uno llega a su puesto sin la mediación de nadie, y mejor resulta si es independiente porque su vinculación con la política proviene de su nexo con el mandatario y sin esa condición deja de tener poder y vigencia.

El “gobierno de emergencia” sirve solo para la campaña

Las campañas se ganan imponiendo pocos conceptos que convenzan a muchos. Hay una hipersensibilidad ciudadana en seguridad, migración y crecimiento. Kast sintonizó con el sentir ciudadano y ganó.

Todo bien a excepción de que alguien consuma demasiada publicidad de campaña y se le ocurra que se puede tener un “gobierno de emergencia” y que este concepto se pueda convertir en una guía de la acción de gobierno.

Tenemos problemas que nos agobian, pero que no superen la capacidad nacional de respuesta. En muchas áreas de interés es más cierta una normalidad a mejorar que una crisis que presagie un inminente desastre.

Basta mirar los acontecimientos de la semana para saber que los ciudadanos no dejarán de exigir mucho en muchas áreas.

La Casen dice que hay menos pobreza, pero que seguir reduciéndola requiere superar la fragilidad del crecimiento. El Congreso Futuro es una muestra elocuente de que el interés por la ciencia y la tecnología no se puede abandonar. La atención de emergencia de la madre de la ministra de Salud nos recuerda las listas de espera y la atención preferente. Un inaceptable festejo en el SLEP de Atacama nos dice que la educación pública tiene que estar en buenas manos.

Lo sorprendente es que el margen de maniobra del nuevo gobierno es muy amplio, porque la campaña se concentró en pocos temas y compromisos adquiridos. Una gestión pragmática puede conseguir muchos logros, pero eso requeriría convocar a amplia colaboración que es siempre producto del diálogo. Sin embargo, el equipo de Kast hace un sinónimo de “acuerdo nacional” con “acuerdo en la derecha” y tampoco en este reducido campo el equilibrio entre socios parece la nota dominante.

Por favor, llene la segunda columna

Nada justifica y, al final, a nadie le sirve que la derecha pierda la institucionalidad que ha ido forjando con mucha dedicación a lo largo de décadas.

Puede ser grato ver como un estilo autoritario de conducción de campaña se impone a los adversarios con pocas explicaciones y mucha rotundidad, pero es menos agradable cuando ese estilo se aplica a los aliados al conformar gobierno.

Los sectores más duros de la derecha se representan en dos partidos separados, cada uno con liderazgos fuertes. Su dinámica de funcionamiento no cambia con Kast en La Moneda. Los partidos más chicos no sueñan con contrapesar nada y están felices de estar incorporados.

Cuando una administración se niega a funcionar en base a conglomerados y el único que existe con esas características es Chile Vamos, lo que se está diciendo es que el gobierno se va a comportar como si se hubiera disuelto y que está haciendo lo posible para que ello ocurra.

La centroderecha puede acoger esta gentil invitación a multiplicarse por cero y tentados están algunos. Las condiciones para adormecerse están presentes, porque este cuatrienio parte con dos años sin elecciones y tener que medirse es lo que activa las alarmas en los partidos. Pero algo les dice que no lo hagan.

El extraño y oblicuo debate que se da a raíz de la posible nominación de Rodolfo Carter han encendido las alarmas. En este caso, la vinculación de confianza con el Presidente electo parece primar, hasta ahora, por sobre la prudencia política.

Responder a la confianza de una región dejando un puesto en el Senado sin asumir, no tiene presentación. No obstante, es demostrativo de cómo se establecen las prioridades, sea que se concrete o no la nominación.

En política no hay que recordarle a nadie que su subsistencia depende de sí mismo y que nadie más está interesado en garantizarla.

Por sus hechos los conoceréis. Kast dejó la militancia republicana al asumir que sería Presidente. Es un gesto de apertura. Otros pensarán que ahora es un militante que ha dejado de pagar las cuotas. Especular no sirve.

Solo hay que hacer dos columnas para guiarse. En la primera, hay que poner las iniciativas u omisiones de Kast que favorece a republicanos y, en la segunda, las acciones que le hacen la vida más fácil a Chile Vamos.

Si la segunda columna parece quedar en blanco, se sugiere que en el Parlamento se active una fuerte y coordinada influencia de la centroderecha, en el estilo dialogante que le es más propio. Lo único seguro de un gobierno en democracia es que, así como tiene fecha de inicio, la tiene de término y ambas no están distantes.

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