El próximo domingo 24 de noviembre se disputará la segunda vuelta de las elecciones de gobernadores en Arica y Parinacota, Antofagasta, Atacama, Coquimbo, Valparaíso, la Región Metropolitana, O’ Higgins, Maule, Biobío, La Araucanía y Los Lagos. En la práctica, será un verdadero plebiscito para el gobierno de Gabriel Boric, al tratarse de elecciones a dos bandas, donde en general se enfrentan sus partidarios contra los candidatos de la oposición.
La oposición, en buena medida, ya logró un triunfo relativo en la primera vuelta, considerando que en los comicios de 2021 las derechas solo obtuvieron un gobernador, en la Región de La Araucanía. En todo el resto de las regiones, los elegidos fueron de centro izquierda o izquierda, en una victoria apabullante en la inauguración de estas nuevas autoridades. En la primera vuelta de octubre de 2024 la situación fue diferente: las izquierdas obtuvieron cuatro victorias (en Tarapacá, Ñuble, Los Ríos y Magallanes), en tanto, las derechas lograron una victoria en Aysén.
Por ello, es casi seguro que la oposición tendrá razones para celebrar, al menos parcialmente, considerando que los resultados de octubre permiten prever un resultado favorable para Chile Vamos o Republicanos este 24 de noviembre, lo cual necesariamente es un crecimiento respecto de la desastrosa situación anterior de las derechas. Por su parte, el Frente Amplio, el Partido Comunista, el socialismo democrático y la izquierda “independiente” también tendrá resultados positivos en algún lado, lo que llevará a sus personeros a destacar esos apoyos.
Dentro del gobierno o de las candidaturas favorables a la actual administración, se suele repetir que la elección del domingo 24 de noviembre no es un plebiscito, sino que son comicios regionales que tienen su propia lógica y ubicación geográfica. ¿Es verdad? ¿De dónde viene la tesis del plebiscito y por qué negarla? Se trata de un tema internacional, como ocurre con las elecciones a mitad de período presidencial en los Estados Unidos –que se conocen como “mid term”– en que suele cambiar la mayoría en la Cámara. En la práctica, cada elección que se desarrolla durante un gobierno es un plebiscito –no legal, sino simbólico y político– que define los apoyos y rechazos que tiene.
En Chile esta tesis plebiscitaria tiene reminiscencias históricas. Por ejemplo, en 1967, cuando la oposición –de derecha y de izquierda– rechazó en el Senado el viaje del presidente Eduardo Frei a los Estados Unidos. Entonces, tanto el gobernante como el presidente del PDC Patricio Aylwin plantearon que los comicios municipales de abril de ese mismo año sería un verdadero “plebiscito”, en el que se mediría no solo la administración municipal, sino también el apoyo popular al gobierno (ver, por ejemplo, El Mercurio, “Presidente de la República dio carácter plebiscitario a elección municipal”, 25 de febrero de 1967). Posteriormente, y con los resultados en la mano –bastante menos favorables de lo que esperaba la Democracia Cristiana– Aylwin afirmó que había sido un error haberle dado un carácter plebiscitario a esos comicios (ver Política y Espíritu, N° 299, abril-mayo de 1967). Por el contrario, los comunistas afirmaron que “el pueblo chileno votó por los cambios” (Volodia Teitelboim) y que la alianza comunista-socialista se había fortalecido, frente al debilitamiento de la “alternativa burguesa” representada por el gobierno (Luis Covalán) (estos dos análisis en El Siglo, 22 y 24 de abril de 1967). Es decir, hacían una lectura política y nacional.
La situación se repitió en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, cuando nuevamente fue Eduardo Frei quien aseguró que ellas sería un plebiscito, frente al gobierno de la Unidad Popular que sostenía que el curso de la revolución no estaba sometida a esas elecciones: “La elección es un plebiscito ante la historia y ante el pueblo”, afirmaba el discurso del exgobernante al finalizar la campaña, en la que postulaba al Senado por Santiago, obteniendo una contundente victoria (revista Política y Espíritu, N° 341, febrero-marzo de 1973). Como es obvio, el oficialismo no aceptaba el carácter plebiscitario de esa definición, en parte porque esperaban tener menos votos que la oposición de la Confederación Democrática que integraba a la Democracia Cristiana, el Partido Nacional y a otras fuerzas.
Tras el regreso a la democracia en 1990, la situación se ha repetido por parte de los distintos sectores, que afirman que las elecciones municipales han tenido un cierto valor predictivo según sean las fuerzas políticas predominantes antes de las siguientes elecciones presidenciales. Si consideramos solo los comicios anteriores a este 2024, celebrados en 2021, es necesario precisar que fueron particularmente originales. En ellos hubo votación para alcaldes y concejales, pero también de Convención constituyente y, por primera vez, de gobernadores y consejeros regionales. Con todo, es evidente que el resultado se interpretó analizando los que obtuvieron las fuerzas que apoyaban al gobierno y las múltiples alternativas de oposición.
Por ejemplo, Manuel Millones, candidato de Chile Vamos a gobernador por Valparaíso en 2021, dijo tras su derrota en primera vuelta: “No contábamos [con] que los candidatos que representamos a Chile Vamos íbamos a asumir todos los costos y torpezas del gobierno del Presidente Piñera”. Tras la segunda vuelta, la prensa constataba la debacle de la coalición de gobierno, enfatizando que la oposición gobernaría el 93% de las regiones y un porcentaje aún mayor en términos poblacionales. La reflexión del Presidente Piñera tras la primera vuelta observaba: “Piense usted, ofrecimos tiempos mejores y no se pudo cumplir por el estallido social, la pandemia, la crisis económica”, en una lectura claramente plebiscitaria de los comicios (El Mercurio, Reportajes, 23 de mayo de 2021).
Después de la segunda vuelta de gobernadores, el presidente de la Cámara de Diputados, Diego Paulsen, señaló que Chile Vamos había fracasado y que fue arrollado en las elecciones. Sobre la responsabilidad el Ejecutivo en la “debacle electoral”, afirmó: tiene “la misma que nos cabe a todos los parlamentarios de Chile Vamos, porque si no somos capaces de convencer a nuestro Gobierno de que estamos equivocados, y muchas veces somos autocomplacientes con lo que estamos haciendo” (El Mercurio, 15 de junio de 2021).
Por lo mismo, el próximo domingo 24 de noviembre Chile tendrá no solo la segunda vuelta de la votación para gobernadores en diversas regiones, sino también habrá una medición sobre el apoyo o el rechazo que tiene el gobierno del Presidente Boric. No cabe duda de que el Ejecutivo anhela la victoria de los candidatos de las diferentes izquierdas que competirán por ser gobernadores, así como lucha por la derrota de los candidatos de Chile Vamos y Republicanos. En la oposición ocurre exactamente al revés, porque existe la convicción de la proyección que tienen estos comicios, especialmente pensando en la presidencial de 2025.
Se puede dejar para otra vez el análisis de la madre de todas las batallas, la disputa de Claudio Orrego y Francisco Orrego por el Gobierno Regional Metropolitano, sin duda la que concita mayor interés. El primero ganó en 2021 con los votos de derechas, y hoy requiere los de la izquierda unida tras su candidatura. También será necesaria una discusión de fondo sobre la necesidad del cargo de gobernador o tantos otros puestos existentes en el Estado, aunque es previsible que la tendencia a crear ministerios, cargos e instituciones continuará, hasta que la crisis del Estado sea no solo visible sino también de represente una necesidad de solución urgente para los distintos sectores políticos.
