La Real Academia Sueca de Ciencias anunció el lunes pasado la concesión del Premio Nobel de Economía a Claudia Goldin, historiadora económica de Harvard, por su contribución al “entendimiento de los resultados en el mercado laboral de las mujeres”. Goldin, quien obtuvo su doctorado en economía en la Universidad de Chicago en 1972, ha trabajado durante muchas décadas en la “brecha de género” del mercado laboral, tanto en la de empleabilidad como en la de ingresos. Afirma que es el progreso económico producido en los últimos 200 años la causa de la reducción de ambas brechas y sostiene que las empresas no pagan distinto a dos personas por hacer el mismo trabajo porque, si lo hiciesen, “estarían perdiendo dinero y sería estúpido”.
Una de las contribuciones de la Sra. Goldin fue demostrar que las mujeres salieron de la fuerza laboral en el siglo XIX. Al desenterrar y combinar varios conjuntos de datos, demostró que en la primera parte de ese siglo, las mujeres realizaban gran parte del trabajo en las granjas, la fuente dominante de empleo en ese entonces, pero a medida que aumentaba la productividad agrícola e industrial, la participación laboral femenina comenzó a disminuir, presumiblemente porque era difícil conciliar la crianza de los hijos con el trabajo fuera del hogar, y los ingresos de uno solo en el hogar comenzaban a ser suficientes. Esto cambió con la introducción de la píldora anticonceptiva en 1960, lo que llevó a que las mujeres jóvenes obtuvieran una educación formal. Para 2005, las mujeres constituían casi la mitad de los estudiantes de primer año en programas profesionales como derecho, medicina y odontología. Era natural que los ingresos siguieran esta tendencia y que la brecha salarial se redujera.
Pero ¿qué explica la brecha salarial que queda? Porque, en promedio, los hombres ganan 22% más por igual trabajo. Muchos economistas señalan la elección de la ocupación que se refleja en la especialización universitaria. Un estudio de 2008 citado por el comité Nobel encontró que, para las mujeres que tenían una conexión con la fuerza laboral similar a la de los hombres, la elección de la especialización universitaria representaba más de la mitad de la brecha salarial de género: las mujeres están significativamente subrepresentadas en campos STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemática).
Una forma de ajustar la elección de la ocupación es comparar los ingresos de hombres y mujeres en la misma ocupación con la misma o similar formación. Goldin, Katz y Marianne Bertrand de la Universidad de Chicago realizaron esta comparación en un estudio de 2010 y encontraron que el principal factor detrás de las diferencias a largo plazo en los ingresos era la crianza de hijos. Tener hijos afecta, en las propias palabras de Goldin: para los graduados de MBA de la escuela de negocios de la Universidad de Chicago entre 1990 y 2006, los autores no encontraron casi brecha de género en el empleo o en los salarios justo después de la graduación. Sin embargo, diez años después, las mujeres habían tomado un promedio de un año de descanso del trabajo, mientras que los hombres habían tomado solo 1½ meses.
Presumiblemente, la razón es que las mujeres estaban teniendo y criando hijos. Los autores encontraron que los cursos de MBA elegidos y el rendimiento en ellos, el tiempo fuera del trabajo y el número de horas trabajadas, explicaban el 84% de la brecha salarial.
Tiene sentido. En un estudio de 2010, Goldin señaló que las mujeres reciben una penalización salarial por buscar un trabajo lo suficientemente flexible como para ser la “madre de guardia”. Los hombres son más propensos a recibir un aumento salarial por estar dispuestos a ser, en cambio el “empleado de guardia”.
Estas conclusiones son de la máxima importancia. Los políticos a menudo toman decisiones de política presionados por grupos de interés, mientras que Goldin, que ha sido reacia a hacerlo, ha concluido que “hay escasa evidencia de que cualquiera de las leyes sobre acción afirmativa o de derechos civiles haya tenido algún efecto en la brecha de género en los ingresos u ocupaciones”.
Si la brecha salarial no se explica por el sexismo del ambiente laboral como declaman quienes promueven las políticas de género, sino que tiene su causa en algo antropológico y cultural mucho más profundo como es la maternidad y la libre elección en las parejas del cuidado de los hijos, entonces hemos estado buscando soluciones para una causa equivocada. No sólo no cambiaremos la brecha salarial sino que se ha impuesto una agenda cuya extensión y lógica parece ficción y que sólo sirve para apoyar un relato que no concuerda con la realidad y que se revela como una discusión de poder.
En las sociedades evolucionadas el poder ha de tener una resistencia a su dominio. Esta es la verdadera evolución, el verdadero progreso frente a formas primitivas de control. El poder siempre tenderá al absoluto y el verdadero progreso reside en su límite. Sin la libertad que viene permitida por la oposición al poder no hay salida. Las tendencias autoritarias plasmadas en la corrección política, como es el caso de las políticas de género buscan acabar de manera arbitraria con esa libertad, eligiendo un tema moralizante que se suele presentar como progresista, como la meta que ninguna persona se atreva a discutir.
Leyes que van contra la presunción de inocencia, vagones exclusivos para mujeres en el transporte, medidas supremacistas que castigan más a los hombres que a las mujeres por idénticos delitos, reglamentaciones de “discriminación positiva” para que las mujeres cobren más por trabajar menos, organismos internacionales y ministerios para imponer, en fin, la falacia de la brecha salarial y de esa forma intervenir en la vida de las familias, los privados y las empresas es un atropello que hasta ahora no nos hemos animado a discutir pero que bien podríamos empezar a cuestionar en ocasión de la entrega de este premio Nobel.

Excelente, super fundamentado y clara para explicar