Esta semana, tras una larga discusión en sala, se aprobó con 34 votos a favor, 6 en contra y una abstención el proyecto que autoriza la construcción de un monumento en memoria del fallecido ex Presidente Sebastián Piñera. La obra se ubicará en la Plaza de la Ciudadanía, frente a La Moneda, y será financiada mediante erogaciones populares, colectas públicas y aportes privados gestionados por la Fundación que lleva su nombre. Si tuviese que aconsejar a un periodista, historiador o cientista político una instancia para estudiar el mapa de las actuales fuerzas políticas del país, le recomendaría que analizara los discursos y los silencios. Y es que en la sesión del Senado que comentamos quedaron expuestas no sólo las diferentes visiones de nuestro pasado reciente, sino, además, actitudes y modos en que los diversos sectores se relacionan, dialogan y enfrentan. Profundicemos.

Un primer acercamiento al debate nos presenta tres visiones ancladas en distintas posiciones ideológicas. ¿Podríamos decir que el mapa es parecido al descrito por Arturo Valenzuela? En su obra El quiebre de la democracia en Chile (1978) el politólogo analizaba cómo, a principios de los 70, la estructura del sistema político chileno estaba dividida en tres grandes bloques (derecha, centro e izquierda) de una magnitud electoral similar. Su tesis para explicar la crisis del 73 sostenía que esta configuración, sumada a un sistema presidencial fuerte, generó una parálisis institucional y una erosión del centro político que finalmente facilitó el colapso del sistema democrático. Si, lo que observamos en la actualidad es una estructura parecida, alguien podría pensar que basta con desatar las fuerzas centrífugas que radicalizan la polarización destruyendo al centro para que el riesgo aumente y nuestra democracia vuelva a estar en peligro. Analicemos bajo este prisma los planteamientos de los tres bloques.

Ejemplo de una posición de extrema izquierda fue el discurso de la senadora Campillai para quien el 18-O constituye un momento de inflexión en que se violaron los DD.HH. y reprimieron violentamente las protestas pacíficas: “Mírenme, yo soy testimonio vivo de eso”, afirmó para luego agregar “que quede en la historia de esta ley, que en el gobierno del ex Presidente Piñera, se torturó, se mutiló, y se mataron personas por el legítimo hecho de protestar”. Por supuesto, a la presidenta de la comisión de DD.HH. se le olvidó su propio llamado a incendiar el país y sus denuncias de tortura en Baquedano. En la misma línea, la senadora Pascual expuso su posición: “Lo que se busca, precisamente, es reescribir la historia, que es no colocar la condena a las violaciones a los derechos humanos, que sí se produjeron, lamentablemente, en su gobierno. Y quiero decirlo con fuerza, porque aquí puede haber tecnicismos con respecto a si fueron sistemáticas, sostenidas, innumerables, mayoritarias, etcétera, pero nadie niega que las hubo. Y es tanto así que este Congreso tiene dos parlamentarios mutilados en su visión producto de esas violaciones a los derechos humanos”. A nadie le cabe duda de que aproximadamente un tercio del electorado se mantiene fiel al octubrismo.

En el otro extremo podríamos ubicar al senador Ignacio Urrutia para quien el monumento debería ser para Augusto Pinochet. ¿Qué porcentaje de chilenos estaría de acuerdo con su idea? Si miramos la encuesta CERC-MORI (2023) la voz del senador representa, efectivamente, al 36% de los encuestados.

Por otra parte, el centro que perdió con Matthei también tuvo su voz y se terminó por imponer en la defensa del dos veces Presidente con el apoyo de quienes abrazan la etiqueta de “socialismo democrático”. En ciertos momentos fue curioso oír los discursos de sus defensores puesto que algunos de ellos expresaron loas y aplausos tanto para Boric como para Piñera. Sí, leyó bien. Hubo parlamentarios que no sólo defendían a Piñera, sino que al mismo tiempo felicitaban a Boric. ¿Por qué había que destacar la figura del peor presidente que haya tenido Chile desde Allende si se trataba de un monumento para Piñera?

Yo sé lo que muchos me dirán: “es peor que eso, el Presidente Piñera acusó que fue víctima de un golpe de Estado y ¡todos lo vivimos! ¿Acaso no oyeron a Sergio Micco o a Katherine Martorell? Estuvieron a punto de destruir nuestro país apoyados justamente por la izquierda antidemocrática a la que pertenece el expresidente Boric”.

Sabemos que la desconexión de los representantes con la ciudadanía es uno de los peores problemas que aquejan a los políticos en todos los tiempos, pero esto tiene un tono distinto. Quizás realmente aprecian a Boric o, desde otra vereda, podría tratarse de un intento desesperado por calmar los ánimos y evitar otro golpe. En este caso estaríamos ante un centro que cree tener el poder de calmar en la izquierda antidemocrática al criminal perfecto de Albert Camus que Mauricio Rojas nos dice habita en quienes afirman que el fin justifica los medios. Esperemos que no sea esa su receta. La vimos aplicada el 15 de noviembre de 2019 y en el intento de un segundo proceso constituyente. Lo que sí tenemos claro es que hoy estamos ante un escenario distinto al del 73, puesto que en lugar de hablar de polarización tendríamos que pensar en autodestrucción. Ello en vistas a que la receta en cuestión tiene el mismo destino del Titanic. Es hora de darse cuenta y cambiar la correlación de fuerzas entre los tres bloques: Chile necesita que el centro apoye a quienes defienden la República y sus instituciones, no a quienes las quieren destruir.

PhD en Filosofía y en Ciencia Política

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2 Comments

  1. Muy de acuerdo contigo estimada Vanessa.
    Yo estoy dentro del grupo que creo que Sebastián Piñera fue un hombre que falló a su electores en ambos periodos.
    Si hay alguien que merece una estatua es Augusto Pinochet.

  2. Creo que tal como se dieron ejemplos de las posturas a los extremos, faltó claramente dar ejemplos de quienes aplaudieron simultáneamente a Piñera y Boric. Quedó la duda.

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